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16: el día del anillo
El el día de la boda, amaneció perfecto en Tokio. Cielo despejado, brisa suave, el Santuario Meiji envuelto en una luz dorada que parecía bendecir la ceremonia. Sauching Lee y Minji Takahashi se casaron frente a trescientas personas. Él de esmoquin negro impecable, expresión serena y distante. Ella, una diosa de seda blanca y encaje, velo largo que flotaba con cada paso, sonrisa radiante que capturó todas las cámaras.
Los votos fueron pronunciados con voz firme. Los anillos se deslizaron en los dedos sin titubeos. El beso fue breve, protocolar, suficiente para las fotos. Aplausos. Confeti. Brindis. Todo salió según el guion.
Sauching no pensó en Yougmin ni una sola vez durante la ceremonia.
No había ido al apartamento 3801 en varios días, Ni un mensaje. Ni una llamada. Nada. El trabajo, la familia, las reuniones finales, los protocolos… todo lo había absorbido. Yougmin había quedado en silencio. En espera. En el olvido temporal.
Mientras tanto, en el apartamento del Eclipse Residences, Yougmin estaba solo.
La botella de whisky barato que había comprado en la licorería de la esquina estaba a medio terminar. Se había sentado en el suelo junto al ventanal, espalda contra la pared, rodillas flexionadas. El traje de mesero seguía puesto, arrugado, sin corbata. La televisión estaba apagada. No necesitaba verla para saber qué estaba pasando en ese momento.
Se sirvió otro vaso. Bebió de golpe. El ardor le subió por la garganta, pero no calmó el nudo que tenía en el pecho desde hacía días.
—Se casó. Ya es oficial. Y yo sigo aquí. Solo.
Bebió más. Las luces de la ciudad se volvieron borrosas. La cabeza le pesaba. Se recostó en el suelo, botella en la mano, y cerró los ojos.
La recepción terminó pasadas las once. Sauching y Minji fueron llevados en limusina al penthouse principal. Minji aún llevaba el vestido de novia, aunque se había quitado el velo. Entraron en silencio. Ella sonreía, expectante. Él… nada.
Minji se cambió en el vestidor mientras Sauching atendía una llamada en el pasillo.
Era Taeyong.
—Felicidades, hermanito. Ya eres hombre casado. ¿Cómo se siente llevar el anillo?
Sauching miró el aro de platino en su dedo.
—Se siente como un contrato más.
Taeyong rio bajo.
—Siempre tan romántico. Cuida a tu esposa.
Sauching colgó sin responder.
Cuando volvió a la habitación principal, Minji ya estaba en la cama. Lencería negra de encaje sexy, sostén que apenas contenía sus pequeños pechos, tanga mínima, medias de liga. Se había maquillado de nuevo, labios rojos intensos. Se recostó de lado, apoyada en un codo, mirada seductora.
—Ven, esposo mío —susurró, voz melosa—. Es nuestra noche de bodas.
Sauching la miró. No se movió.
—No.
Minji parpadeó.
—¿Qué?
—Duermes en la habitación de invitados.
Ella se sentó de golpe.
—¿Estás bromeando? Soy tu esposa. Esta es nuestra cama.
Sauching se quitó la chaqueta con movimientos lentos.
—No es nuestra. Es mía. Y no tengo ganas de esto.
Minji se levantó, furiosa.
—¿No tienes ganas? ¡Hoy nos casamos! Todo el mundo nos vio besarnos, todos esperan que…
—No me importa lo que espere todo el mundo —la interrumpió él, voz fría—. No te quiero aquí. Vete a la habitación de invitados.
Minji empezó a gritar. Palabras de frustración, de humillación, de años de espera. Sauching no respondió. Solo la miró. Sin interés. Sin ira. Sin nada.
La discusión lo agotó más que cualquier reunión de negocios.
Sin decir una palabra más, tomó su chaqueta y salió del penthouse. Minji quedó sola, gritando al vacío, el eco rebotando en las paredes de cristal.
Sauching condujo directo al Eclipse Residences. Aparcó en el garaje subterráneo. Subió al piso 38. Abrió la puerta del apartamento 3801 con su llave maestra.
El olor a whisky lo golpeó de inmediato.
Yougmin estaba en el suelo, botella vacía a un lado, ojos vidriosos, mejillas sonrojadas por el alcohol. Intentó sentarse cuando lo vio, pero se tambaleó.
Sauching se acercó. Se arrodilló frente a él.
—Estás borracho.
Yougmin lo miró. Lágrimas frescas en los ojos.
—No viniste… en varios días. Ni un mensaje. Nada.
Sauching suspiró.
—Tuve trabajo. La boda…
—Te casaste —lo interrumpió Yougmin, voz rota—. Y yo estuve aquí. Solo. Esperando. Como un idiota.
Sauching lo tomó por los brazos, intentando levantarlo.
—Ven a la cama.
Yougmin se soltó con fuerza.
—No. Vete con tu esposa. Déjame en paz.
Sauching sintió la frustración acumulada de semanas explotar. Lo levantó de un tirón, lo empujó contra la pared. Yougmin jadeó, pero no se resistió del todo. Sauching lo besó con brutalidad, manos sujetando su rostro, cuerpo presionando contra el suyo.
Yougmin lloró contra su boca.
—No… no quiero…
Pero Sauching no paró. Lo arrastró al dormitorio. Lo tiró sobre la cama. Le arrancó la camisa del uniforme. Yougmin seguía llorando, maldiciendo entre sollozos, pero su cuerpo respondía por inercia. Sauching se quitó la ropa con furia contenida. Lo giró boca abajo, lo sujetó por las caderas.
Fue brutal. Sin preparación larga. Sin palabras. Solo embestidas profundas, rápidas, implacables. Yougmin jadeaba, lloraba, maldecía su nombre entre gemidos ahogados. Las lágrimas mojaban la almohada. Sauching no paraba. Cada movimiento era una liberación de frustración: el trabajo, la boda, Minji, el anillo que quemaba en su dedo.
Cuando terminó, se derrumbó sobre él, respirando pesado. Yougmin temblaba debajo, exhausto, borracho, vencido.
Sauching se apartó despacio. Lo cubrió con la sábana. Se tendió a su lado. No lo abrazó. Solo miró el techo.
Yougmin se durmió casi de inmediato, el alcohol y el agotamiento venciendo todo.