NovelToon NovelToon
FANTASÍA REAL

FANTASÍA REAL

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Amor eterno / Romance / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

"Mis padres se fueron en un segundo, dejándome un vacío que quemaba. Pero el destino, con un sentido del humor retorcido, decidió llenarlo instalándome en la habitación de al lado del hombre que protagonizaba mis diarios desde los doce años. Ahora, sus pasos en el pasillo son la única música que me distrae del silencio de mi casa vacía."

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 5

La lluvia no era una simple llovizna; era una cortina de agua gris que golpeaba los cristales de la casa de los Martínez con una insistencia maníaca. El cielo se había desplomado sobre la ciudad, borrando los horizontes y obligando a todo el mundo a refugiarse tras paredes de ladrillo y cristales empañados. Pero para mí, las paredes ya no eran un refugio. Se habían convertido en las fronteras de una jaula dorada donde el aire empezaba a faltar.

Me miré al espejo del pasillo antes de bajar. Llevaba unos vaqueros oscuros y un jersey de cuello alto color crema. Quería cubrirme, desaparecer bajo capas de lana, pero el espejo me devolvía la imagen de alguien que estaba despertando a algo peligroso. Mis mejillas tenían un rubor que no era de salud, sino de la fiebre silenciosa que Julián me provocaba. Escuché sus pasos. No eran los pasos ligeros de Sofía, sino un caminar firme, rítmico, que hacía vibrar el suelo de madera.

Él apareció al final del pasillo, con su chaqueta de cuero negro en la mano y las llaves del coche tintineando entre sus dedos. No me sonrió. Se limitó a inclinar la cabeza, analizándome con esa mirada de arquitecto que parece estar calculando la resistencia de los materiales antes de decidir cuánta presión aplicar.

—¿Lista para ir a la biblioteca, Elena? —preguntó. Su voz rebotó en las paredes del pasillo vacío. Los padres de Sofía estaban en el jardín cubierto y ella ya se había ido al entrenamiento. Estábamos, una vez más, en ese limbo de soledad compartida.

—Sí. Cuanto antes vayamos, antes terminaremos —respondí, tratando de que mi voz no temblara.

—No tengas tanta prisa por terminar las cosas que apenas han empezado —murmuró él al pasar por mi lado. El roce de su hombro contra el mío fue deliberado, una descarga eléctrica que me recorrió la columna.

Caminamos hacia el garaje en silencio. El olor a humedad y asfalto mojado inundó mis sentidos cuando abrimos la puerta. Subí al asiento del copiloto de su coche, un espacio que olía exclusivamente a él: tabaco, cuero y ese perfume de madera que se me estaba quedando grabado en la pituitaria como una adicción. Julián rodeó el coche y se sentó al volante. Antes de arrancar, se quedó mirándome.

—Ponte el cinturón, Elen. No quiero que te pase nada mientras estés conmigo.

Sus palabras de "protector" siempre llevaban ese filo de doble sentido. Me puse el cinturón con manos torpes, y él, sin previo aviso, se inclinó sobre mí para ajustarlo mejor. Su rostro quedó a centímetros del mío. Podía ver los poros de su piel, la sombra de la barba que empezaba a crecer y la dilatación de sus pupilas. Me quedé sin respirar. El clic del cinturón sonó como un disparo en el silencio del garaje.

—Gracias —susurré.

—De nada —respondió él, pero no se alejó de inmediato. Su mano se quedó apoyada en el respaldo de mi asiento, atrapándome—. Sabes que la biblioteca está a veinte minutos, ¿verdad? Veinte minutos de lluvia, tú y yo en este espacio tan pequeño. ¿Crees que vas a poder aguantar sin decirme lo que realmente estás pensando?

Arrancó el motor antes de que pudiera responder.

El trayecto fue una tortura sensorial. Los limpiaparabrisas marcaban un ritmo hipnótico: clac-clac, clac-clac. Fuera, el mundo era un borrón de luces rojas y grises; dentro, la tensión era tan espesa que sentía que podía cortarla con la mano. Julián conducía con una mano relajada sobre el volante, mientras la otra descansaba sobre la palanca de cambios, peligrosamente cerca de mi rodilla.

—Sofía dice que quieres retomar las clases de literatura —dijo él, rompiendo el silencio—. Siempre te gustó perderte en historias de otros, ¿no? Es más fácil vivir en un libro que enfrentar lo que tienes delante.

—A veces la realidad es demasiado pesada, Julián. Los libros no te decepcionan. Los personajes no mueren de repente en un accidente —mi voz se quebró un poco al final. El luto, ese fantasma que Julián lograba ahuyentar por momentos, regresó con fuerza.

Él apretó el volante. Vi cómo sus nudillos se volvían blancos.

—Lo siento —dijo, y esta vez su voz era genuinamente suave—. No quería recordarte eso. Pero Elena, no puedes usar tu dolor como un escudo contra todo lo demás. No puedes culparte por seguir viva. Ni por desear cosas que te hagan sentir viva.

—Es que no son "cosas", Julián. Eres tú. Eres el hermano de mi mejor amiga. Estamos viviendo bajo el mismo techo porque mis padres murieron. Si ellos estuvieran aquí, yo no estaría en tu coche, ni tú me estarías mirando así. Se siente... sucio. Como si estuviera aprovechando su muerte para cumplir una fantasía estúpida de cuando era niña.

Julián frenó bruscamente ante un semáforo en rojo y se giró hacia mí. Sus ojos estaban cargados de una furia contenida, pero también de una verdad abrasadora.

—Escúchame bien. Tú no elegiste que ellos se fueran. Pero tampoco elegiste que yo volviera a esta ciudad justo ahora. El deseo no pide permiso a la muerte, Elena. Ha estado ahí durante años, cocinándose a fuego lento entre nosotros. Lo de ayer en el balcón no fue "aprovecharse". Fue inevitable. Y si crees que es sucio, es porque todavía te ves a ti misma como esa niña que me pedía ayuda con los deberes. Pero yo no veo a una niña. Veo a una mujer que me está volviendo loco de remate.

El semáforo cambió a verde. Julián aceleró, pero no hacia la biblioteca. Se desvió por una calle lateral, bordeando el parque de la ciudad, un lugar desierto bajo la tormenta.

—¿A dónde vas? La biblioteca está hacia el otro lado.

—La biblioteca puede esperar. Nosotros no.

Aparcó bajo un árbol enorme cuyas ramas golpeaban el techo del coche como dedos esqueléticos. Apagó el motor. El silencio que siguió fue atronador, solo interrumpido por el golpeteo rítmico de la lluvia. Julián se desabrochó el cinturón y se giró completamente hacia mí.

—Mírame, Elena.

Lo hice. No podía evitarlo. Su mirada era una orden y una súplica al mismo tiempo.

—Dime que no quieres que te toque. Dime que prefieres que me comporte como un hermano mayor aburrido que te lleva a la biblioteca y te pregunta por tus notas. Dímelo mirándome a los ojos y te juro que arrancaré este coche y nunca volveré a acercarme a menos de un metro de ti.

Mi mente gritaba "dilo", "protégete", "salva tu amistad con Sofía". Pero mi cuerpo... mi cuerpo era una traición constante. Mis manos buscaban el calor, mi piel recordaba el roce de sus dedos en el balcón. La fantasía real estaba ahí, palpitando entre los dos, más fuerte que el luto, más fuerte que la culpa.

—No puedo decirlo —susurré, y sentí que una lágrima de pura frustración corría por mi mejilla.

Julián soltó un suspiro largo, como si hubiera estado conteniendo el aliento durante días. Se acercó a mí, invadiendo mi espacio, y me tomó la cara con ambas manos. Sus pulgares limpiaron mis lágrimas con una ternura que me dolió más que su arrogancia.

—Entonces deja de luchar, pequeña —murmuró.

Se inclinó y me besó. Esta vez no hubo duda, no hubo tabaco ni prisas. Fue un beso profundo, lento, posesivo. Sabía a lluvia y a una verdad que me aterraba. Mis manos se enredaron en su chaqueta de cuero, tirando de él hacia mí, queriendo desaparecer en su fuerza. El coche, ese pequeño cubículo de metal, se convirtió en nuestro universo privado.

Su mano bajó por mi cuello, su piel caliente contrastando con la frialdad de mis miedos, y se detuvo justo encima de mi corazón, que latía con una violencia salvaje.

—Siente esto —dijo él contra mis labios—. Esto no es luto. Esto es vida. Y es mía, Elena.

Nos quedamos así durante lo que parecieron horas, abrazados en la penumbra del coche mientras la lluvia nos aislaba del resto del mundo. Por un momento, el peso de la pérdida se sintió más ligero, sustituido por el peso de un deseo que amenazaba con consumirlo todo.

Finalmente, Julián se separó un poco, aunque mantuvo su mano entrelazada con la mía.

—Ahora, vamos a esa biblioteca. Vamos a sacar esos libros y vamos a fingir que somos personas normales que hacen cosas normales. Pero cuando volvamos a casa, cuando estemos de nuevo en ese pasillo... quiero que recuerdes cómo te sientes ahora mismo.

Arrancó el coche y retomó el camino. Yo me quedé mirando por la ventana, viendo cómo las gotas de agua se deslizaban por el cristal. Sabía que la biblioteca solo era una excusa. Sabía que cada paso que dábamos nos acercaba más a un punto de no retorno. La mirada en el pasillo, esa que compartiríamos al volver frente a su familia, sería nuestro secreto más oscuro y brillante.

La fantasía se había vuelto real, y la realidad... la realidad nunca había sido tan peligrosa.

1
Margelis Izarra
si después de esto a caraja vuelve a tener sexo con el tipo, no leo más
Margelis Izarra
me parece muy maleable esta protagonista...no me termina de gustar
Rs
.
Blanca Fernandez
ella se sienta acostada por el por qué en este momento tan frágil no está preparada está confundida y el no le deja respirar obtener su duelo está sola ni con la amiga Abla lo que le pasa 🧐🧐
Rocio Raymundo
veremos a qué lleva todo esto
Rocio Raymundo
solo estar un mes en su casa el después que se irá y Elena si acepta solo lo tendrá un mes
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play