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Ángel De La Muerte

Ángel De La Muerte

Status: Terminada
Genre:Casos sin resolver / Mafia / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:3.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Jisieli

Una exsoldado llamada Jessica Greys, es contratada para proteger a un genio informático que acaba de hackear al gobierno de Estados Unidos.

¿Qué sucederá en este trayecto tan peligroso?



Hola, espero que disfruten mi nueva novela🤗

NovelToon tiene autorización de Jisieli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 10: El Silencio de las Montañas

La casa apareció entre la niebla como un sueño olvidado. Era una construcción de madera envejecida, con un tejado de chapa oxidada y un porche que se hundía ligeramente por un lado. Las montañas de Virginia Occidental se alzaban a su alrededor, imponentes, cubiertas de bosques que empezaban a teñirse de ocaso.

Jessica aparcó la camioneta robada —habían tenido que cambiar de vehículo tres veces en las últimas veinticuatro horas— detrás de la casa, oculta entre maleza y árboles caídos.

—Bienvenidos a mi refugio —dijo, apagando el motor—. No es mucho, pero es seguro.

—¿Seguro? —Mateo miró alrededor con escepticismo—. Parece que se va a caer.

—Lo hará, algún día. Pero hoy nos mantendrá vivos.

Salieron del vehículo. El aire era frío y limpio, olía a pino y a tierra mojada. Kaeil estiró las piernas entumecidas mientras Elena bajaba a Daniel, que había dormido la mayor parte del viaje. El niño abrió los ojos, miró las montañas y sonrió, ajeno al peligro.

—¿De quién es esta casa? —preguntó Kaeil, acercándose a Jessica mientras ella abría la puerta con una llave oxidada.

—De nadie. La compré hace años con dinero negro. A nombre de una sociedad fantasma que ya no existe. Ni siquiera Mason sabe de su existencia.

Entraron. El interior era espartano pero habitable: un salón con una estufa de leña, una cocina minúscula, dos habitaciones y un baño con agua corriente gracias a un depósito en el tejado. Había latas de conserva en las estanterías, mantas apiladas en un armario, y en una esquina, un generador eléctrico.

—Parece un búnker —comentó Mateo.

—Lo es. Un búnker para cuando el mundo se vuelve demasiado peligroso.

Elena dejó a Daniel en una de las camas y volvió al salón. Tenía una expresión que Kaeil no supo interpretar: cansancio, miedo, pero también algo parecido a la determinación.

—¿Cuánto tiempo tendremos que quedarnos aquí? —preguntó.

—Hasta que Kane publique la historia —respondió Jessica—. He hablado con él por teléfono esta mañana. Está trabajando en ello. Dice que en cuarenta y ocho horas tendrá todo listo.

—¿Y si no lo consigue?

—Entonces tendremos que buscar otro plan. Pero confío en él.

Mateo se dejó caer en un sillón desvencijado, pasándose la mano por el pelo. La herida del brazo, un corte superficial, había sido curada con el botiquín de emergencia que Jessica guardaba en la camioneta.

—No entiendo por qué no nos han matado —dijo de repente—. En la cabaña. Podrían haberlo hecho. Pero solo nos tuvieron allí, esperando.

—Porque querían que nosotros fuéramos —respondió Jessica—. Querían atraernos a una trampa. Matarnos a todos juntos.

—¿Y por qué no lo hicieron? Tenían cuatro hombres.

—Porque no esperaban que yo fuera. O no esperaban que yo pudiera con ellos.

Kaeil la miró. Estaba apoyada contra la pared, con los brazos cruzados, la mirada perdida. Parecía cansada, más cansada de lo que la había visto nunca.

—Deberías descansar —dijo él.

—No necesito descanso. Necesito respuestas.

—¿Sobre qué?

Ella dudó. Luego, con un suspiro, se despegó de la pared y fue hacia la ventana.

—Sobre cómo nos encontraron. Esa cabaña en el lago no era casualidad. Alguien nos siguió, o alguien habló. Y las opciones son pocas.

—¿Crees que fue Kane?

—No lo sé. Puede. O puede que el teléfono de Mateo estuviera intervenido. O el mío. O puede que simplemente tuvieran suerte.

—No creo en la suerte —dijo Kaeil.

—Yo tampoco. Por eso vamos a extremar precauciones. Nadie usa el teléfono. Nadie se acerca a las ventanas. Y si alguien llama, no contestamos.

Mateo asintió. Elena también. Kaeil sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la montaña.

---

La noche cayó rápido entre las montañas. Jessica encendió la estufa de leña y pronto el salón se llenó de un calor seco y reconfortante. Elena preparó una sopa con verduras enlatadas y algo de arroz, y comieron en silencio, sentados en el suelo alrededor del fuego.

Daniel se había despertado y jugaba con unas piedras que había encontrado en el camino, haciéndolas chocar entre sí. Su madre lo miraba con una mezcla de amor y tristeza.

—No habla mucho —observó Kaeil.

—No —confirmó Elena—. Desde que empezó todo esto, se ha vuelto más callado. Creo que nota el miedo.

—Los niños lo notan todo —dijo Jessica en voz baja—. Cuando yo era pequeña, mi madre estaba siempre asustada. Mi padre bebía. Yo sentía el miedo en el aire, como si fuera algo tangible.

—¿Y qué hacías? —preguntó Kaeil.

—Me escondía. En mi habitación, con un libro. Leía para no oírlos.

Hubo un silencio. Luego Elena habló, con voz temblorosa.

—Yo también me escondía. Cuando las pandillas llegaron a nuestro pueblo, en El Salvador. Mi madre me metía debajo de la cama y me decía que no hiciera ruido, pasara lo que pasara. Una vez oí cómo mataban a mi tío. Estaba en la calle, y ellos llegaron y... —se interrumpió, apretando los párpados.

Mateo se acercó a ella y le rodeó los hombros con un brazo.

—Ya pasó —murmuró—. Ya pasó.

—No pasa —susurró Elena—. Nunca pasa. Solo aprendes a vivir con ello.

Kaeil sintió un nudo en la garganta. Miró a Jessica, y vio en sus ojos la misma comprensión. Eran personas rotas, todas ellas, unidas por la violencia y el miedo. Pero también por la esperanza.

—Vamos a ganar —dijo de repente, con una convicción que le sorprendió a él mismo—. Vamos a ganar y vamos a construir algo nuevo. Algo mejor.

Todos lo miraron. Incluso Daniel levantó la vista de sus piedras.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Mateo.

—Porque si no lo creyera, no tendría sentido seguir luchando. Y porque... —miró a Jessica— porque he encontrado algo por lo que vale la pena luchar.

Jessica sostuvo su mirada. Por un instante, el tiempo pareció detenerse.

Luego, Elena sonrió. Una sonrisa pequeña, frágil, pero real.

—Mi abuela decía que la esperanza es lo último que se pierde —dijo—. Pero yo creo que es lo primero que se encuentra. Cuando decides que no te vas a rendir.

El momento se rompió con el sonido del móvil de Kaeil. Todos se tensaron.

—¿No dijiste que lo apagarías? —preguntó Jessica con dureza.

—Lo apagué. Esto es... —miró la pantalla—. Es un mensaje de Kane. Por un canal cifrado que solo él y yo conocemos.

—¿Qué dice?

Kaeil leyó en voz alta:

"Preparado para publicar. Necesito confirmación final. ¿Estáis todos bien? ¿Dónde puedo encontraros para la última entrevista con Mateo?"

Jessica negó con la cabeza.

—No le des la ubicación. Dile que nos reuniremos en un lugar neutral. Mañana. Que espere instrucciones.

Kaeil tecleó la respuesta. El mensaje se perdió en la red.

—¿Crees que podemos confiar en él? —preguntó Mateo.

—No lo sé —admitió Jessica—. Pero ya no tenemos elección.

---

Más tarde, cuando todos se habían retirado a dormir, Kaeil salió al porche. La noche era clara, las estrellas brillaban con una intensidad que no se veía en la ciudad. El frío mordía, pero era un frío limpio, que limpiaba los pulmones.

La puerta se abrió a sus espaldas. Jessica apareció, envuelta en una manta.

—¿No duermes? —preguntó.

—No puedo.

—Yo tampoco.

Se sentaron juntos en el borde del porche, las piernas colgando, mirando las montañas. Durante un rato no hablaron. Solo estaban.

—Tengo miedo —dijo Kaeil al fin.

—Yo también.

—¿Tú? ¿Tú tienes miedo? —la miró con incredulidad—. Tú no le tienes miedo a nada.

—Eso es lo que quiero que crean. Pero no es cierto. Tengo miedo todo el tiempo. Miedo de fallar, miedo de que maten a la gente que quiero, miedo de que esto nunca termine.

—¿Y cómo lo llevas?

—No lo llevo. Solo sigo adelante. Un paso después de otro. Hasta que no pueda más.

Kaeil asintió lentamente. Luego, con un valor que no sabía de dónde venía, deslizó su mano hasta encontrar la de ella.

—No estás sola —dijo—. Pase lo que pase, no estás sola.

Jessica lo miró. En sus ojos, las estrellas se reflejaban como diminutas luces.

—Lo sé —susurró—. Por primera vez en muchos años, lo sé.

Se inclinó y lo besó. Era un beso diferente a los anteriores. No había urgencia, ni desesperación. Solo calma. Solo certeza.

Cuando se separaron, Kaeil sonrió.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Nada. Solo que... estoy contento. A pesar de todo, estoy contento de estar aquí. Contigo.

Jessica apoyó la cabeza en su hombro.

—Yo también —dijo—. Yo también.

Las montañas siguieron mudas, testigos de un momento que ninguno de los dos olvidaría jamás.

Dentro de la casa, Mateo miraba por la ventana, una sonrisa triste en los labios. Luego volvió a la cama donde Elena y Daniel dormían, y los abrazó con fuerza.

El mundo podía estar en su contra, pero esa noche, en esas montañas, había paz.

Una paz frágil, temporal, pero paz al fin y al cabo.

1
Maria Laura Perez
Excelente
magali cangana
Hermosa historia que nace de la Vida, te muestra como un encuentro se transforma en un amor fuerte capaz de superar las adversidades con las que se encuentran en el camino, amistades que se prolongan en el tiempo capaces de transformarse en una gran familia amorosa, fuerte y leal. Felicitaciones autora sigue escribiendo más historias tan atractivas como esta.
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