A los quince años, Ian, un omega con sueños de grandeza, descubrió que su destinado era Eliah, el imperturbable delta y mejor amigo de su hermano. Tras años de rechazo, Eliah finalmente cede al cumplir Ian la mayoría de edad, iniciando un romance entre la estrella en ascenso y el arquitecto.
Sin embargo, a los diecinueve, una traición desgarradora empuja a Ian a huir sin mirar atrás. Cuatro años después, convertido en un ídolo musical de fama mundial, Ian regresa a casa. Eliah, atrapado entre el remordimiento y una obsesión que llama "destino", intentará recuperar lo que el tiempo y el dolor rompieron.
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Capitulo 9 el vacio de la estructura
Para Eliah, los últimos cuatro años habían sido un ejercicio de resistencia. Su nombre figuraba en las portadas de las revistas de arquitectura más prestigiosas, sus edificios eran aclamados como obras maestras de la modernidad, pero él se sentía como una construcción a la que le habían quitado los pilares fundamentales. Se había convertido en un hombre de acero y cristal: brillante por fuera, pero gélido y hueco por dentro.
Había dejado de frecuentar los bares exclusivos. Ya no había más noches de copas con amigos que se burlaban de lo ajeno; la sola idea de volver a "The Vault" le provocaba una náusea física. En su lugar, se encerraba en su estudio de techos infinitos, rodeado de maquetas y planos, buscando en la precisión de las líneas una paz que su instinto de Delta le negaba. Su aroma, antes una tormenta eléctrica imponente, ahora era sutil y amargo, como la madera de cedro que ha estado demasiado tiempo bajo la lluvia.
Lo que más le costó no fue el éxito profesional, sino recuperar un gramo de la confianza de Marc. Eliah sabía que, al fallarle a Ian, no solo había roto un corazón, sino que había traicionado la lealtad de su único amigo verdadero.
Los primeros dos años fueron un desierto de silencios. Marc le devolvía los regalos de disculpa sin abrirlos y colgaba el teléfono en cuanto escuchaba su respiración. Eliah persistió, no con la arrogancia de quien se cree merecedor de perdón, sino con la humildad de quien reconoce su ruina. Empezó enviando disculpas escritas a mano, luego informes técnicos para los proyectos de Marc sin pedir crédito, y finalmente, se limitó a estar presente en los momentos difíciles de la firma de arquitectos, trabajando desde las sombras para ayudar a su antiguo socio.
Poco a poco, Marc empezó a responder con monosílabos. La relación que ahora compartían era una estructura frágil, una cordialidad tensa que se mantenía en pie solo porque Marc sabía que, a pesar de todo, Eliah seguía siendo el mejor en su campo. Pero el nombre de Ian era un territorio prohibido; mencionarlo era invitar al colapso inmediato de su tregua.
Cuando la invitación para el cumpleaños número treinta de Marc llegó a su escritorio, Eliah la observó durante horas. Era un papel elegante, con el sello de la familia Vargas. Ir significaba enfrentarse a los padres de Ian, a los recuerdos que acechaban en cada esquina y, sobre todo, al vacío que el omega había dejado atrás.
— No debería ir —se dijo a sí mismo, frotándose las sienes—. Soy un fantasma en su fiesta.
Sin embargo, a medida que se acercaba la fecha, una sensación extraña empezó a hormiguear en su nuca. No era ansiedad común; era algo más primario. Su glándula de aroma, dormida durante años de supresores y soledad, empezó a pulsar con un ritmo eléctrico. Tenía una corazonada, una certeza irracional de que el aire de la ciudad estaba cambiando. Como si una tormenta masiva se estuviera formando en el horizonte, trayendo consigo algo que él no podía prever en sus planos.
A pesar de que odiaba las multitudes, Eliah sintió que debía estar allí. Era una llamada del destino que su lógica no podía explicar, pero que su instinto de Delta no podía ignorar.
La noche del evento, Eliah entró a la residencia de los Vargas con el corazón martilleando contra sus costillas. Vestía un traje negro impecable, pero se sentía desnudo ante las miradas de los invitados. Marc lo recibió con un asentimiento rígido, un apretón de manos frío y una advertencia silenciosa en los ojos.
— Gracias por venir, Eliah —dijo Marc—. Disfruta de la fiesta.
Eliah asintió y se retiró hacia el jardín, donde la luz de las linternas creaba sombras alargadas sobre el césped. Se quedó cerca de la fuente, observando a la gente reír y brindar. Se sentía como un intruso en un templo. Sus ojos no dejaban de recorrer la entrada, buscando algo que su mente le decía que era imposible.
"Él no va a venir", pensaba Eliah, apretando su copa de vino. "Está en Nueva York, o en París, o en algún lugar donde el mundo lo adora. Él ya no es el chico que te esperaba en la sala".
Pero la corazonada persistía, volviéndose más fuerte con cada minuto que pasaba. El aroma del jardín —flores frescas y tierra húmeda— empezó a verse invadido por algo más: un rastro casi imperceptible de sándalo y electricidad, una fragancia que le resultaba dolorosamente familiar pero que ahora se sentía... diferente. Más oscura. Más poderosa.
Eliah cerró los ojos por un segundo, inhalando profundamente. Su pulso se aceleró. El lazo de destino, esa cuerda que él creía haber cortado con su estupidez hace cuatro años, de pronto se tensó con una fuerza devastadora, como si alguien, al otro lado del mundo, hubiera empezado a tirar de ella para reclamar lo que siempre fue suyo.