Ella es mejor amiga del chico popular el cual comienza a sentir algo por el Pero los prejuicios por las apariencias complican todo
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Capitulo 2
Mientras extendían las sábanas blancas sobre la cama enorme —tan grande que él pensó que allí podrían dormir todas las personas que conocía—, el ama de llaves murmuró:
—Señora… son muy tiernos.
La madre de Abril sonrió, pero con una tristeza que él no supo reconocer.
—Sí, lo son —dijo ella, bajando la voz—. Me alegra que Abril por fin pueda tener un amigo. Ella sufre tanto…
Él no entendió del todo esas palabras. Solo las guardó. Como quien guarda una llave sin saber qué puerta abre.
Mientras tanto, al otro lado de la habitación, Abril doblaba una cobija con más entusiasmo que técnica.
—Gracias —le dijo él.
Ella alzó la vista, confundida.
—¿Por qué?
—Por ayudarme con esto.
Abril se quedó mirándolo un segundo. Como si él hubiera dicho algo muy obvio y muy triste a la vez.
—Somos amigos —dijo, encogiendo los hombros—. Para eso están.
Y siguió doblando.
Esa tarde limpiaron el piano que nadie tocaba. Barrieron el patio. Fregaron el borde de la piscina. Y luego la madre de Abril les pidió que ayudaran a lavar los automóviles.
Cinco.
—Son cinco —dijo él, contando con los dedos, incrédulo.
—Mi papá colecciona —explicó Abril, como si eso explicara algo.
Para el cuarto auto, Abril estaba sentada en el suelo, con la esponja colgando de una mano.
—Estoy muy cansada —gimió.
Él ni siquiera levantó la vista. Seguía restregando una llanta con una fuerza que no parecía de un niño.
—Falta poco —insistió.
Y siguió.
Porque él sabía que cada auto limpio era una caja de medicamentos. Porque él había aprendido antes que Abril que el cansancio no era una excusa cuando alguien dependía de ti.
Al caer la noche, la madre de Abril los llamó al comedor.
Sobre la mesa había dos sobres.
Uno para Abril. Otro para él.
Cuando él abrió el suyo, sus ojos se hicieron grandes. Muy grandes.
Había muchísimo dinero. Más del que había visto junto en toda su vida.
—Ya es tarde —dijo la madre de Abril, con esa voz que no admitía réplicas—. Vamos a acompañarte a tu casa, pequeño.
Ordenó preparar el automóvil.
Y él, que jamás había montado en uno, subió al asiento de atrás agarrado de la mano de Abril, mirando por la ventana cómo las calles se volvían más oscuras, más estrechas, más suyas.
Le dio las indicaciones en voz baja.
—Ahí —señaló—. Esa es.
La casa pequeña. La luz prendida. Su mamá esperando.
Antes de bajar, la abrazó.
A Abril.
Fuerte. Muy fuerte. Con un nudo en la garganta que no sabía llamarse gratitud, ni vergüenza, ni miedo. Quizá las tres cosas.
Y ella le devolvió el abrazo. Sin preguntar. Sin soltar.
Esa dinámica perduró muchos, muchos años.
Abril siempre apoyó a su amigo.
Económicamente, cuando la beca no alcanzaba o la medicina de su madre subía de precio.
Emocionalmente, cuando el mundo le recordaba que era pobre y que los pobres no merecen soñar.
Él nunca pidió. Pero ella siempre dio.
Y él aceptó.
Porque negarse habría sido dejar que su mamá se enfermara más. Porque negarse habría sido perder el único calor que no le cobraba intereses.
Pero también, en el fondo más oscuro de su pecho, él empezó a odiar esa dinámica sin saberlo.
Odiaba necesitar.
Odiaba que ella lo viera así: roto, dependiente, pequeño.
Y sin embargo, no podía soltarla.
Porque ella era la única persona que lo había abrazado sin preguntar primero cuánto tenía en el bolsillo.
Muchos años después...
—¡Estoy llegando tarde! —gritó Abril desde el segundo piso.
* Abril actualmente con 21 años*
—¡Apresúrate! —gritó él desde abajo, mirando el reloj.
* Milo Actualmente*
Se oyó un tropiezo, una maldición en voz baja, y luego ella apareció en las escaleras con la mochila medio abierta y el cabello aún húmedo.
—¡Ya voy, ya voy! —salió corriendo, casi sin frenar—. Lo siento, lo siento, me quedé dormida.
Él arqueó una ceja, pero ya se notía la sonrisa.
—¿Te quedaste toda la noche mirando una serie?
Ella se llevó una mano al pecho, fingiendo ultraje.
—Tú sabes que sí.
—Bien —dijo él, cruzando los brazos—. Solo espero que no sea la serie que estábamos viendo juntos, o me voy a enojar.
Abril abrió los ojos con exageración.
—¡No te lo prometo!
Él negó con la cabeza, riéndose, y caminaron hacia la entrada de la casa. El coche ya los esperaba. Siempre los esperaba.
Durante el trayecto, ella habló de los personajes, teorizó sobre el final, inventó tramas alternativas. Él la escuchaba. Como siempre. Como desde los ocho años.
Pero cuando el auto giró en la última esquina antes de la universidad, algo cambió en su rostro.
—¿Puedes dejarme aquí? —le dijo al chófer.
La voz era neutra. Amable. Como si pidiera un favor menor.
Abril lo miró.
Y él no la miró a ella.
El coche se detuvo. Él bajó sin despedirse del todo. Un "nos vemos" apurado, una mano levantada sin mirar atrás.
Abril se quedó dentro.
La puerta se cerró.
El coche arrancó de nuevo.
Y ella lo vio caminar hacia la entrada de la universidad. Solo. Ligero. Como si no llevara años de helados compartidos, abrazos en la noche y autos lavados juntos.
Él nunca la bajaba en la puerta.
Siempre pedía que lo dejaran una cuadra antes. O dos. O donde nadie lo viera bajar de un coche que no era suyo, donde nadie lo viera llegar acompañado de ella.
Abril lo sabía.
No se lo había dicho nunca. No lo había reclamado nunca. Porque lo entendía.
Él era pobre. Estaba en la universidad gracias a una beca que dependía de su imagen, de su círculo, de encajar. Y ella… ella era la chica gordita que no encajaba en ningún lado. La amiga rara. La que sobraba en las fotos.
Si lo veían con ella, su popularidad se desplomaba.
Y él necesitaba ser popular. Necesitaba ser visto como uno más. Como alguien que merecía estar ahí.
Así que Abril se quedaba en el coche.
Y lo miraba alejarse por la ventana.
El auto seguía su curso. Sin él.
Y ella pensaba, como tantas otras mañanas, que quizá ese era el lugar que realmente ocupaba en su vida: atrás. Mirando. Esperando.
Pero no lloraba.
Porque llorar sería aceptar que dolía. Y ella había aprendido hace mucho que algunas cosas duelen tanto que es mejor fingir que no.