Ella es de la Dea se infiltra en la mafia para buscar un arma química llamada Error 44 Pero nada será tan fácil, la corrupción la mafia y el jefe mafioso obsesionado con ella
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Capitulo 19
Esa madrugada Sloan estaba ebrio. Tomó el informe que Ciro le dio, el que solo había visto por encima.
Por miedo a lo que iba a encontrar, no lo vio todo.
Entonces se cayó una fotografía de ella de pequeña.
Él reconoció ese rostro. Era una niña que llevaba tiempo buscando.
Alguien que conoció cuando era un huérfano.
— No puede ser, es ella la niña que estuve buscando toda la vida — dijo con la fotografía en sus manos temblorosas
MUCHOS AÑOS ATRÁS
—Tendré una reunión con el padre —dijo el padre de Renata.
—Tienes prohibido acercarte a mi hija, ¿entendido? —le dijo.
En el orfanato, los curas traficaban a los niños y los vendían a la mafia para ser soldados, o los hacían pelear en peleas callejeras.
Sloan era el mejor niño que peleaba. Tenía alrededor de 12 años recién cumplidos.
La sangre goteaba por su rostro y su ropa.
El padre de Renata entró a su habitación.
—Tengo una reunión de negocios. Tienes prohibido salir de tu habitación —ordenó él.
—Está bien, papi —dijo ella mientras abrazaba su conejo de peluche.
Pero ella siempre tuvo un alma rebelde.
Así que salió lentamente y bajó las escaleras.
Entonces lo vio a Sloan.
Ella abrió los ojos de par en par. Se impresionó al ver la sangre caer de él.
Nunca había visto a alguien tan lastimado. El rostro de Sloan estaba amoratado, la ceja partida, el labio hinchado. La sangre le goteaba por la barbilla y manchaba su ropa, que no era más que harapos.
Su primer impulso fue llamar a su padre. Él sabría qué hacer. Él siempre sabía.
Pero luego recordó que le había prohibido salir de su habitación.
Si le decía, él sabría que desobedeció. Y entonces se enfadaría. Y ella no quería que su padre se enfadara. No porque le tuviera miedo. Sino porque cuando él se enfadaba, todos a su alrededor terminaban pagando las consecuencias.
Así que decidió hacerlo sola.
Fue a la cocina. Buscó un recipiente pequeño y lo llenó de agua. Luego fue al baño, abrió el botiquín y sacó el ungüento que su mamá le ponía cuando ella se cortaba o se raspaba las rodillas.
Su mamá ya no estaba. Pero su medicina seguía ahí.
Volvió a la habitación. Sloan seguía en el suelo, apoyado contra la pared, con la mirada perdida en algún punto del techo.
Ella se acercó a él. Dio un paso. Luego otro.
Pero él giró la cabeza.
—No me toques —dijo, y su voz sonó grave, rota, como la de un animal acorralado.
Ella no retrocedió.
—Déjame ayudarte —respondió, con una firmeza que no era de su edad.
Él miró hacia otro lado. No podía verla. Porque si la veía, si la miraba a los ojos, tal vez se ablandaba. Y él no podía ablandarse. En su mundo, ablandarse era morir.
En esta época, Sloan solo sentía odio y rencor. En la actualidad también, pero al menos ahora tenía el poder y la fuerza para defenderse.
Ahora solo era un niño abandonado. Un niño usado al antojo de los demás. Un niño al que nadie ayudaba sin pedir algo a cambio.
Ella lo miró. Sintió tristeza al verlo tan pequeño, tan solo, tan lastimado.
Pero luego frunció el ceño.
—¡Idiota! —dijo, y su voz cortó el silencio como un latigazo—. Ven aquí. Es una orden.
Sloan levantó la cabeza, confundido. Nadie le daba órdenes así. Nadie lo llamaba idiota y esperaba que obedeciera.
Ella no esperó a que decidiera. Dio un paso adelante, se arrodilló frente a él y, sin ningún miedo, le tiró de las orejas.
No fuerte. Pero lo suficiente para que él parpadeara, incrédulo.
—¿Qué crees que haces? —preguntó él, con la voz entrecortada por la sorpresa.
—Te estoy regañando —respondió ella, con las manos en las caderas—. Ahora siéntate. Le ordenó.
Sloan se quedó mirándola un momento. Era la cosa más absurda que le había pasado en su corta vida. Una niña con vestido blanco y trenzas le estaba diciendo qué hacer.
Y, por alguna razón que no entendía, obedeció.
Se sentó en el suelo. Se quedó quieto. No porque le tuviera miedo. Sino porque ella había despertado algo en él.
Una extraña curiosidad.
Nadie lo había tratado así. Nadie lo había regañado como si le importara. Nadie lo había mirado como si él no fuera un monstruo.
Ella se arrodilló a su lado. Tomó el trapo húmedo y comenzó a limpiarle la sangre del rostro.
Sloan se tensó al principio. No estaba acostumbrado a que lo tocaran con suavidad. Las manos que lo tocaban siempre eran para golpearlo.
Pero ella era diferente.
Sus dedos eran pequeños, cuidadosos. Le limpió la ceja, el pómulo, la comisura de los labios. Luego tomó el ungüento y lo aplicó sobre las heridas con una delicadeza que él no sabía que existía.
—Así está mejor —dijo ella, y sonrió.
Esa sonrisa iluminó la habitación oscura. Sloan sintió algo extraño en el pecho. Algo que no podía nombrar.
Miró para otro lado. Tímido.
No sabía cómo responder a la bondad. No sabía cómo responder a una sonrisa que no pedía nada a cambio.
Ella se puso de pie. Recogió el agua, el ungüento, los trapos.
—Me tengo que ir —dijo, mirando hacia la puerta—. Si mi papá me ve...
—Vete —respondió él, sin mirarla—. Y no vuelvas cuando yo esté aquí
Ella lo miró un momento. Quiso decirle algo. Algo importante. Pero las palabras no le salieron.
Salió corriendo. Subió las escaleras. Llegó a su habitación justo antes de que su padre saliera de la suya.
Cerró la puerta. Se apoyó contra ella. Apretó el conejo de peluche contra su pecho.
Y sonrió.
Había conocido a alguien. Alguien que la miró como nadie la había mirado antes. No como la hija de Lorenzo Montes. No como una niña rica y mimada. Solo como ella.
Renata.
Esa noche, Sloan volvió al orfanato.
Los curas lo encerraron en su celda. Le dieron un pedazo de pan y agua sucia. No le preguntaron cómo estaba. No le preguntaron si le dolía algo.
Pero él no pensaba en el pan. No pensaba en el agua. No pensaba en los curas.
Pensaba en ella.
En sus trenzas. En su vestido blanco. En su sonrisa. En sus manos pequeñas limpiándole la sangre.
En que lo había llamado idiota y le había tirado de las orejas.
Y por primera vez en mucho tiempo, Sloan durmió sin pesadillas.
Soñó con una niña que lo miraba sin miedo.
Y esperó volver a verla.
PRESENTE
Sloan seguía mirando la fotografía. La niña de las trenzas. La del vestido blanco.
—Te busqué —susurró, con la voz ronca por el alcohol y la emoción—. Durante años te busqué. Pero tu padre me sacó de ahí. Me llevó lejos. Y nunca pude volver.
Pasó los dedos por el rostro de la niña en la foto.
—Ahora sé quién eres. Ahora sé cómo te llamas.
Guardó la foto en el bolsillo de su camisa, junto al corazón.
—Y voy a encontrarte, Renata. Porque esa noche, cuando me limpiaste la sangre... me salvaste la vida.
Cerró los ojos. Y por un momento, volvió a ser ese niño de doce años, sentado en el suelo, mientras una niña con vestido blanco le sonreía.
Esa sonrisa lo había acompañado siempre.
Ahora sabía a quién pertenecía.