Belleza fría y fuerza divina se entrelazan en una alianza que decidirá el equilibrio entre reinos que nunca dejaron de vigilarse.
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Capítulo 10: Más Allá de la Muralla
Las campanas no dejaban de sonar.
Guardias cruzaban los jardines.
Antorchas comenzaban a encenderse aunque aún era de día.
La orden era clara:
Capturar a la princesa.
Detener al Santo de la Espada.
Victoria corría junto a Rafael por el ala oeste, donde las murallas eran más antiguas y menos vigiladas.
—Nos están rodeando —dijo ella entre respiraciones agitadas.
Rafael evaluó las torres.
Los arqueros ya comenzaban a posicionarse.
No había tiempo.
Sin advertencia…
La tomó.
Un movimiento firme.
Un brazo bajo sus rodillas.
El otro sosteniendo su espalda.
Victoria abrió los ojos con sorpresa.
—¡¿Qué estás haciendo?!
—Optimizando tiempo.
—¡Bájame!
Intentó soltarse.
Pero Rafael ya estaba en movimiento.
Un impulso.
El suelo se agrietó bajo su pie.
Y el mundo se volvió borroso.
El viento golpeó el rostro de Victoria.
Las torres pasaron como sombras.
Los guardias ni siquiera pudieron seguir el movimiento con la vista.
En un parpadeo…
Ya no estaban en el jardín.
Estaban arriba.
Sobre la muralla.
Victoria dejó de forcejear.
Miró a su alrededor.
El castillo entero se extendía debajo.
El patio.
Las torres.
Los soldados corriendo como hormigas.
Sus ojos se abrieron lentamente.
—¿Cómo…?
Rafael la sostuvo con firmeza, como si el viento no existiera.
—Velocidad sobrehumana.
Lo dijo con la misma calma con la que habla del clima.
Victoria lo miró.
Luego miró el vacío al otro lado de la muralla.
—Eso… no es normal.
—Correcto.
Flechas comenzaron a silbar desde abajo.
Rafael giró el cuerpo, usando su espalda como escudo.
Las flechas ni siquiera rozaron su capa.
—Rafael… eso es demasiado alto.
Abajo había bosque.
Pendiente empinada.
Rocas.
Una caída que rompería a cualquier persona.
Rafael evaluó el ángulo.
El viento.
La distancia.
—Confíe en mí.
Ella sostuvo su mirada un segundo.
Solo uno.
Asintió.
Eso fue suficiente.
Rafael dio un paso atrás.
Flexionó ligeramente las rodillas.
Y saltó.
El mundo cayó.
El viento rugió en sus oídos.
Victoria instintivamente se aferró a su uniforme.
El impacto llegó.
Pero no fue destrucción.
Rafael aterrizó con una sola rodilla en tierra.
El suelo se hundió bajo él formando una grieta circular.
Polvo.
Tierra.
Silencio.
Victoria abrió los ojos lentamente.
Seguía en sus brazos.
Intacta.
Respirando.
Rafael se levantó como si nada hubiera pasado.
—Ya puede protestar ahora —dijo con calma.
Ella lo miró.
Todavía procesando.
—Eso… fue una locura.
—Era la opción más rápida.
Desde la muralla comenzaron a sonar órdenes.
No podían disparar más sin arriesgar que él desapareciera entre los árboles.
Rafael la bajó finalmente al suelo.
Victoria dio unos pasos tambaleantes.
Luego lo miró fijamente.
—¿Desde cuándo puedes hacer eso?
—Desde siempre.
—¿Y pensabas decírmelo cuándo?
—No era necesario.
Ella se acercó un paso.
—Cargarme sin permiso tampoco era necesario.
—Discrepo.
Silencio.
La tensión no era de pelea.
Era de adrenalina.
Victoria respiró hondo.
El castillo ahora se veía distante.
Hostil.
—Ya no podemos volver —dijo en voz baja.
—No.
—Nos llamarán traidores.
—Ya lo hicieron.
Ella levantó la vista hacia él.
—¿Te arrepientes?
Rafael la miró directamente.
Sin titubeo.
—No.
El bosque se movía con el viento.
El reino que conocían había quedado atrás.
Delante solo había incertidumbre.
Victoria cerró los puños.
—Entonces descubriremos quién mató a mi padre.
Rafael asintió.
—Y limpiaremos su nombre.
Ella lo miró de reojo.
—Nuestro nombre.
Pequeña pausa.
Rafael inclinó levemente la cabeza.
—Nuestro.
A lo lejos, cuernos de caza comenzaron a sonar.
Habían soltado rastreadores.
La persecución apenas comenzaba.
Rafael ajustó la empuñadura de su espada.
—Tenemos que movernos.
Victoria dio el primer paso hacia el bosque.
Esta vez…
No la cargó.
Caminó a su lado.
Pero si el mundo volvía a caer…
La volvería a sostener.
Capítulo 10
Parte 2 — El Camino que Nadie Toma
Los cuernos de caza resonaban cada vez más cerca.
Perros rastreadores.
Escuadrones montados.
El reino entero se movía.
Rafael observó el horizonte un segundo más y luego habló con firmeza:
—Victoria, sígueme. El lugar más fácil para perderlos es el bosque.
Ella se giró bruscamente.
—¿Estás loco? Ahí hay monstruos. Criaturas. Nadie cruza ese bosque sin escolta.
El bosque al oeste no era común.
Era antiguo.
Espeso.
Demasiado silencioso.
Se decía que cosas extrañas vivían bajo su sombra.
Rafael ya caminaba hacia él.
—Conozco un camino.
Victoria lo alcanzó.
—¿Desde cuándo?
—Entrené allí.
Ella se detuvo un segundo.
—¿Entrenaste… en ese bosque?
—Sí.
Como si estuviera diciendo “en el patio”.
Los cuernos sonaron otra vez.
Más cerca.
Victoria miró atrás.
Vio destellos metálicos entre los árboles lejanos.
No tenían tiempo.
Suspiró con frustración.
—Si muero devorada por algo… será tu culpa.
—No lo permitirá.
No era arrogancia.
Era promesa.
Entraron al bosque.
La temperatura cambió al instante.
La luz del sol apenas atravesaba el techo de hojas.
El suelo era irregular.
Raíces gruesas.
Humedad.
Silencio denso.
Demasiado denso.
Victoria caminaba alerta.
—¿Qué tipo de criaturas hay aquí?
—Lobos de sombra. Jabalíes acorazados. Algún que otro ogro errante.
Ella se detuvo.
—¿Algún que otro ogro?
—No suelen acercarse al borde.
Crujido.
Algo se movió entre los árboles.
Victoria llevó la mano instintivamente a la daga que escondía en la cintura.
Rafael no desaceleró.
—No corras —murmuró—. Si corremos, nos verán como presa.
Otro crujido.
Un gruñido bajo.
Entre los matorrales apareció una figura.
Grande.
Pelaje oscuro.
Ojos brillantes.
Un lobo de sombra.
Más grande que un caballo común.
Victoria dio medio paso atrás.
—Rafael…
Él no desenvainó.
Aún no.
El lobo mostró los colmillos.
Rafael dio un paso adelante.
Su postura cambió.
No agresiva.
Dominante.
Los ojos del lobo se encontraron con los suyos.
Silencio absoluto.
Ni viento.
Ni hojas.
Solo tensión.
El lobo gruñó una vez más…
Y retrocedió.
Desapareció entre la vegetación.
Victoria parpadeó.
—¿Qué… hiciste?
—Nada.
Ella lo miró incrédula.
—Eso no fue nada.
Rafael retomó la caminata.
—Las criaturas reconocen fuerza.
—¿Y eso significa…?
—Que no les interesa pelear si no tienen oportunidad.
Victoria lo observó de reojo.
—Eres más aterrador que el bosque.
—Es práctico.
Caminaron varios minutos más.
El sonido de los cuernos comenzó a desvanecerse.
Los perros no podían seguir el rastro entre raíces y humedad.
El bosque los tragaba.
Victoria respiró más tranquila.
—Entonces este es tu “camino”.
Rafael apartó unas ramas densas.
Detrás había un sendero apenas visible.
Estrecho.
Antiguo.
—Pocos lo conocen.
—¿A dónde lleva?
—A una vieja torre de vigilancia abandonada.
—¿Abandonada?
—Sí.
—Eso no suena tranquilizador.
Rafael la miró de reojo.
—Es segura.
Ella cruzó los brazos mientras caminaba.
—Definitivamente estás loco.
—Probablemente.
Un sonido distante resonó más profundo en el bosque.
Más pesado.
Más grave.
Victoria se detuvo.
—Eso no era un lobo.
Rafael también se detuvo.
Su expresión cambió apenas.
Evaluando.
—No.
Los árboles crujieron a lo lejos.
Algo grande.
Muy grande.
Victoria tragó saliva.
—Dime que tu “camino” no pasa por ahí.
Rafael ajustó la empuñadura de su espada.
Esta vez…
La desenvainó lentamente.
El sonido del acero fue limpio.
Sereno.
—Pasa cerca.
Victoria lo miró.
—Rafael…
Él dio un paso al frente.
—Mantente detrás de mí.
En la oscuridad del bosque, algo enorme comenzó a moverse entre las sombras.
Y esta vez…
No retrocedía.