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Los Que No Huelen

Los Que No Huelen

Status: Terminada
Genre:Omegaverse / Mundo de fantasía / Héroes / Completas
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

historia de Alfas, omegas y betas

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8 — Santa Fe

El chofer cumplió. Nos bajó en la circunvalación, atrás de una estación YPF que parecía abierta pero tenía los baños clausurados. “De acá en más no los conozco”, dijo sin mirarnos. Tiró la puerta y el camión se perdió entre los colectivos con el olor a naranja podrida.

Santa Fe olía distinto. No a pan y tierra mojada como El Trébol. Olía a río, a nafta, a fritura de los carritos y, debajo de todo, a gente apurada. Nadie bajaba la vista por un brazalete rojo. Nadie la levantaba por uno gris.

Valenti caminó hasta un banco de cemento y se sentó como si pesara cien kilos más. Se sacó el brazalete rojo y lo giró entre los dedos. Sin él, no era Capitán. Era un tipo con cicatriz y ojeras.

—Tenemos que sacarnos esto —dijo—. Acá los controles son electrónicos. Pasan el lector y salta todo: nombre, estado, vínculo, Censo. Los DNI falsos sirven para un humano con sueño, no para una máquina.

Elián se tocó el blanco del omega. No se lo había sacado desde que Lía se lo dio.

—Si me lo saco, huelo. Si huelo, me huelen.

—Si te lo dejás, te leen —contestó Valenti—. Y aparece “Rinaldi, Elián — Ceremonia 12/03 — Lazzari”.

—Entonces no me lo saco hasta que estemos lejos.

—Ya estamos lejos —dije, y los dos me miraron.

No lo decía por los kilómetros. Lo decía porque en Santa Fe había carteles de alquiler escritos a mano, pibes en bici sin brazalete, una chica con el pelo teñido de azul discutiendo con un kiosquero. En El Trébol eso no pasaba. En El Trébol todo tenía lugar y el lugar tenía folleto.

Valenti guardó los tres brazaletes en la bolsa de lona y la cerró.

—Necesitamos un lugar para pasar la noche y una terminal que no pregunte. Conozco a alguien en Barrio Sur. Beta. Ex del Centro, como vos —me señaló con el mentón—. La echaron por “inestabilidad emocional”. Leía los archivos en voz alta.

Caminamos. No en fila. Al lado. Tres brazaletes menos y tres nombres que no estaban en ningún padrón.

El departamento era un segundo piso sin ascensor, puerta de chapa verde, calcomanía despegada de “Prohibido estacionar”. Abrió una mujer de unos cuarenta, pelo corto, sin brazalete. Nos miró y dijo:

—Capitán. Pensé que ya te habían matado.

—Casi —contestó él.

Ella se llamaba Maris. Beta. Trabajó en Depuración de Datos hasta que pidió traslado y le dieron la calle. Nos hizo pasar sin preguntar por Elián ni por mí. Adentro olía a café instantáneo y a libros viejos. Tenía una compu de escritorio prendida y carpetas apiladas contra la pared. En una decía “Censo 2038-2042”.

—Ustedes no son los primeros —dijo mientras ponía agua—. Pero sí los primeros que llegan con un beta que no mira el piso.

Me ardieron las orejas. No contesté.

Maris enchufó el pendrive en la compu sin pedir permiso. La pantalla se llenó de carpetas. Abrió la mía. 0427-B. La leyó en silencio. Después abrió la de Elián. Después una que no habíamos visto: “Proyecto Silencio”.

—No es oficial —murmuró—. Es un subprograma. Empezó hace siete años. Buscan betas con respuesta feromonal baja pero presente. Los marcan como error y los siguen. Quieren saber si el “fondo” puede dejar de ser fondo sin romper el sistema.

—Y si puede —dijo Elián.

—Lo rompen ellos antes —contestó Maris.

Valenti se apoyó en la mesa. —¿Tenés salida de la ciudad?

—Tengo contacto en el puerto. Barcaza que lleva fruta a Corrientes. Sale mañana a las cinco. No preguntan si pagás.

—¿Cuánto?

—Todo lo que tengan y algo más. O un archivo que valga más que plata.

Elián la miró. —¿Este sirve?

Maris abrió “Proyecto Silencio”. Leyó dos minutos. Después cerró todo y se frotó la cara.

—Sirve para que nos maten más rápido. Pero sí. Sirve.

Esa noche comimos fideos con aceite. Dormimos en el piso, con frazadas que olían a lavandina. Elián en el medio otra vez, yo de un lado, Valenti del otro. No hablamos. No hacía falta. El tac de la gotera lo reemplazaba el ventilador de la compu.

A las tres me desperté porque Elián temblaba. No de frío. Tenía la frente transpirada y los labios apretados. Supresores vencidos. Cuerpo pidiendo lo que le enseñaron a odiar.

—Damián —susurró, sin abrir los ojos.

—Qué.

—¿Vos olés algo ahora?

Tragué. Sí. Limón amargo y chapa mojada. Más fuerte que en el camión. No dulce. No invitación. Dolor.

—Sí —dije.

—Bien —dijo él—. Entonces no estoy loco.

Valenti se incorporó sin ruido. Nos miró a los dos en la penumbra.

—Falta poco para las cinco —dijo.

No era consuelo. Era dato. Como en el folleto. Solo que esta vez el dato era nuestro.

Me volví a acostar. No dormí. Pensé en El Trébol, en Mariela diciendo “nadie te va a dar medalla”, en el cajón de las medias, en el gris del brazalete sobre la mesa de Maris.

No quería medalla. Quería que la próxima vez que un beta abriera un archivo y leyera “error de medición”, no lo archivara. Que lo subrayara.

A las cuatro y media Maris nos despertó con café negro.

—Se van —dijo—. Y no vuelvan.

Nos fuimos. Con los DNI falsos, sin brazaletes, con el pendrive en mi bolsillo y con un olor a limón amargo que ya no me parecía ajeno.

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luma
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