Isabella Mondragón es una joven que, en su primera vida, crece sin el cariño suficiente de su padre y se enamora de un duque joven y atento. Por descuido y traiciones en la corte, su vida termina trágicamente; su padre, desesperado, usa un hechizo prohibido para retroceder en el tiempo y tratar de salvarla, pagando un precio alto por ese poder. Gracias a ese retroceso, Isabella vuelve nueve años atrás: recupera una edad distinta y la oportunidad de rehacer su destino sin que todos sepan lo ocurrido en su anterior vida.....
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Capítulo 02
La noche en que la guillotina cayó sobre su vida, Isabella recordaba los pocos abrazos que nunca tuvo.
Pero mientras su cuerpo quedaba inerte en el patíbulo, el mundo a su alrededor no se detuvo para llorarla. El caos estalló en la plaza. Viktor Mondragón, el hombre más poderoso del imperio después del Emperador Mario Cylrus, no se derrumbó de rodillas. En su lugar, una columna de llamas negras y rayos de color ceniza brotó de su cuerpo, lanzando a los guardias imperiales por los aires.
—¡Detenedlo! ¡Es un traidor! —rugió el Emperador, pero su voz fue ahogada por un trueno ensordecedor que hizo temblar los cimientos de la capital.
Viktor caminó hacia el cuerpo de su hija ignorando las flechas que rebotaban en su escudo de hielo supremo. Sus manos temblaban mientras recogía lo que quedaba de su mundo. Elisa, que estaba entre la multitud con el rostro empapado en llanto, logró burlar el cordón de seguridad y llegó hasta él.
—¡Viktor, no lo hagas! —gritó ella, reconociendo el círculo rúnico que empezaba a formarse bajo los pies del mago—. ¡Ese hechizo te consumirá el alma! ¡Hay otras formas!
—No las hay, Elisa —respondió Viktor con una voz que no parecía humana, sino el eco de una montaña rompiéndose—. Le fallé. Desde el día en que su madre murió al darle la vida, la condené con mi indiferencia. La vi morir buscando mi aprobación, y yo... yo se la negué por un honor que ahora no vale nada.
Viktor miró a Mathias, quien retrocedía con miedo.
—Tú —dijo Viktor, y un rayo descendió del cielo despejado, calcinando el suelo a centímetros del duque—. Vivirás para ver cómo el destino te aplasta. Pero no hoy. No en este tiempo.
Viktor sacó un tomo encuadernado en piel humana de las profundidades de su túnica: el *Chronos Mortis*. Era un objeto prohibido, una blasfemia contra los dioses del orden. Para activarlo, no bastaba con maná; se necesitaba un sacrificio de esencia vital, una renuncia a la propia existencia en el tejido del presente.
—Viktor, por favor... —suplicó Elisa, agarrando su manga.
—Cuídala, Elisa —le dijo él con una mirada de súplica que ella nunca olvidaría—. En la próxima vida, no dejes que yo sea este hombre de piedra. Oblígame a verla. Oblígame a amarla.
El mago comenzó a recitar los versos prohibidos. El aire empezó a girar en sentido contrario. Las nubes se movían hacia atrás, los pájaros volaban en retroceso, y el sol empezó a descender por el este. El dolor en el pecho de Viktor era indescriptible; sentía cómo sus recuerdos, su juventud y su misma alma eran arrancados de él para alimentar el motor del tiempo. Su piel comenzó a agrietarse, dejando ver una luz blanca y pura debajo.
—¡Por la sangre de los Mondragón, por el fuego que devora y el hielo que preserva! —gritó, mientras su cuerpo empezaba a desvanecerse—. ¡Que las horas se deshagan! ¡Que el hilo se corte y se vuelva a tejer! ¡Devuélveme a mi hija!
El mundo se volvió un torbellino de colores distorsionados. Viktor vio fragmentos de la vida de Isabella pasar frente a él como espejos rotos: Isabella llorando en el jardín, Isabella sonriendo tímidamente a Mathias, Isabella siendo arrestada. Con cada imagen, él golpeaba el flujo del tiempo con su magia, borrando los eventos, empujando la realidad hacia atrás.
El sacrificio era total. El precio de retroceder nueve años era entregar su propia vitalidad. Su cabello, antes negro como la noche, se volvió blanco en segundos. Sus dones, los cuatro elementos supremos, rugieron en una sinfonía de destrucción y creación.
—No dejaré que mueras sola de nuevo —susurró Viktor, mientras sus ojos se cerraban y su conciencia se perdía en el vacío entre los tiempos.
La explosión de energía fue tal que borró la plaza, el estallido de los gritos y la imagen de la guillotina. El vacío lo consumió todo, dejando solo el eco de una promesa desesperada que resonaba en el abismo de la magia prohibida. El destino, esa cuerda tensa que nadie puede romper, se combó y finalmente cedió bajo la presión de un padre que prefirió el infierno antes que la ausencia de su hija.
Su padre, Viktor, buscó un camino prohibido para retroceder el tiempo y recuperar lo perdido.