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DOMANDO A LA BESTIA

DOMANDO A LA BESTIA

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Malentendidos / Romance / Completas
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Él juró protegerla del mundo, pero no sabe cómo protegerse de ella. Entre reglas rotas y secretos compartidos, Alexander descubrirá que su cicatriz no es lo más difícil de sanar, y que, a veces, para ser libre, hay que dejarse domar.
¿Podrá la luz de Isabella iluminar la oscuridad de la Bestia, o terminará ella consumida por sus sombras?

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capitulo 14

Narrado por: Isabella

Desperté en una cama que se sentía demasiado grande y, por primera vez, demasiado vacía. El rastro de Alexander seguía impreso en las sábanas: un aroma a tabaco caro, almizcle y esa intensidad masculina que ahora reconocía como mi único refugio. Me estiré, sintiendo el ligero dolor en mis músculos, un recordatorio delicioso de la ferocidad con la que nos reclamamos. Anoche, la Bestia no solo me tomó; se rindió. Y en esa rendición, encontré mi verdadero poder.

Me levanté y caminé hacia el gran espejo del armario. Mis hombros tenían pequeñas marcas rosadas, y mi cuello lucía la huella de su posesividad. No sentí vergüenza. Me puse una bata de seda negra, pero esta vez la anudé con una confianza nueva. Ya no caminaba por estos pasillos pidiendo permiso; caminaba como quien conoce los secretos de los cimientos.

Salí al pasillo y me encontré con dos guardias nuevos apostados en mi puerta. Se tensaron al verme, pero no me detuvieron.

—¿Dónde está Alexander? —pregunté, mi voz sonando firme, sin el temblor de los primeros días.

—En la sala de mapas, señorita —respondió uno de ellos, evitando mi mirada—. Tiene órdenes de no ser molestado.

—Sus órdenes no se aplican a mí —repliqué, pasando por su lado sin esperar respuesta.

Atravesé la mansión. El ambiente era eléctrico, casi frenético. Hombres armados subían y bajaban cajas de munición, y el sonido de las radios era una constante. La guerra por el puerto de la que hablaban anoche ya no era un rumor; era una realidad inminente.

Llegué a la sala de mapas, una estancia circular en el corazón del ala oeste. La puerta estaba entreabierta. Me detuve a observar. Alexander estaba inclinado sobre una mesa digital iluminada, rodeado por Miller y otros tres jefes de escuadrón. Llevaba una camisa gris marengo con las mangas remangadas, revelando los tatuajes oscuros que se perdían bajo sus puños y las cicatrices de sus antebrazos. Su perfil era una línea de granito, duro y despiadado.

—Si Varga toma el muelle 4, estamos acabados —decía Alexander, su voz vibrando con una tensión peligrosa—. Necesitamos un equipo de distracción en la entrada principal mientras yo entro por el almacén C.

—Es un suicidio, señor —intervino Miller—. Tienen francotiradores en las grúas. No llegará ni a la puerta.

—Entonces moriré intentándolo —sentenció Alexander, golpeando la mesa.

—No tienes por qué morir si dejas de pensar como un mártir y empiezas a pensar como un estratega —dije, entrando en la sala.

Todos los hombres se giraron al unísono. Alexander se irguió, su mirada gris clavándose en la mía con una mezcla de furia y un deseo que no podía ocultar del todo. El aire en la habitación se volvió pesado de inmediato.

—Isabella, te dije que te quedaras en tu habitación —gruñó, aunque sus ojos recorrieron mi cuerpo con una urgencia que me hizo sonreír internamente.

—Y yo te dije que ya no acepto tus reglas —me acerqué a la mesa, ignorando las miradas incómodas de sus hombres—. Conozco ese puerto. Mi padre me llevaba allí de niña. El almacén C tiene una entrada de servicio que da a las alcantarillas antiguas. No necesitan una distracción masiva; necesitan un caballo de Troya.

Alexander se acercó a mí, reduciendo la distancia hasta que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Sus hombres retrocedieron un paso, reconociendo la electricidad que siempre estallaba entre nosotros.

—Este no es lugar para ti —susurró, su mano agarrando mi antebrazo con una firmeza que quemaba—. Esto es sangre y pólvora, no uno de tus bocetos de moda.

—Mi padre murió protegiendo tus intereses, Alexander. Yo estoy protegiendo los míos —le sostuve la mirada, mi rostro a centímetros del suyo—. Y mis intereses son que regreses vivo a esta casa para terminar lo que empezamos anoche.

Vi cómo su mandíbula se tensaba. El recuerdo de nuestra unión cruzó sus ojos como un relámpago. Por un segundo, el líder despiadado vaciló ante la mujer que lo conocía desnudo. Sus dedos se deslizaron por mi brazo, una caricia casi imperceptible que me erizó la piel.

—Salgan todos —ordenó Alexander, sin apartar la vista de mí.

—Pero señor, el plan... —empezó Miller.

—¡FUERA! —rujo él.

La sala se vació en segundos. Alexander cerró la puerta de un golpe y me acorraló contra la mesa de mapas. Sus manos se hundieron en mi cabello, tirando de mi cabeza hacia atrás para que lo mirara. Su respiración era errática, cargada de una pasión que la guerra solo lograba alimentar.

—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó, su voz bajando a un susurro ronco—. Me estás desafiando delante de mis hombres. Me estás haciendo débil.

—Te estoy haciendo humano, Alexander —respondí, rodeando su cuello con mis brazos, sintiendo la aspereza de su barba incipiente contra mis dedos—. Y un humano con algo por lo que vivir lucha mejor que una bestia que solo busca el final.

Me besó con una desesperación salvaje, una mezcla de rabia y necesidad absoluta. Sus labios reclamaron los míos con una fuerza que me hizo soltar un gemido, mientras sus manos bajaban por mi espalda, apretándome contra la dureza de su cuerpo. La mesa de mapas, con sus luces parpadeantes y sus estrategias de muerte, fue el escenario de una batalla diferente.

Alexander desató el cinturón de mi bata de seda con una urgencia febril. Sus manos buscaron mi piel, recorriendo mis curvas con una familiaridad que me hacía arder. Me subió a la mesa, apartando los planos digitales, y se encajó entre mis piernas. El contraste entre el frío del cristal de la mesa y el calor abrasador de su cuerpo fue una descarga sensorial pura.

—Si te pasa algo en ese puerto, yo misma me encargaré de quemar este lugar —le dije entre besos, mis manos bajando a su cinturón.

—Nada me va a pasar —gruñó él, su rostro enterrado en mi escote, succionando la piel sensible sobre mi corazón—. Porque ahora tengo una razón para volver al infierno y salir de él.

La sensualidad del momento era oscura, ligada intrínsecamente al peligro que nos rodeaba. Alexander me despojó de la seda negra, dejándome desnuda bajo las luces de neón de la sala de guerra. Se tomó un momento para mirarme, su mirada recorriendo cada centímetro de mi cuerpo con una devoción aterradora.

—Eres mi reina —susurró, su voz vibrando en mis muslos—. Mi reina de sombras.

Se deshizo de su ropa con movimientos rápidos. Estaba tenso, sus músculos marcados por la adrenalina del combate inminente. Cuando entró en mí, lo hizo con una embestida profunda que me arrancó un grito que resonó en la sala circular. Me aferré a sus hombros, mis uñas marcando su piel, mientras nos movíamos en un ritmo frenético, una danza de vida antes de la posible muerte.

Cada estocada era una promesa, cada gemido un pacto de sangre. El poder que sentía sobre él era embriagador; el hombre que ordenaba ejecuciones y controlaba imperios estaba a mi merced, gimiendo mi nombre como una súplica. Alcanzamos el clímax juntos, una explosión de sensaciones que me dejó temblando y aferrada a él como si fuera lo único sólido en un mundo que se desmoronaba.

Minutos después, Alexander se apartó con lentitud, recuperando su máscara de líder, aunque sus ojos seguían brillando con una luz diferente. Me ayudó a vestirme, sus manos moviéndose con una delicadeza que contrastaba con la violencia de hace unos instantes.

—Usa la entrada de las alcantarillas —le dije, ajustándome la bata—. Yo estaré en la sala de comunicaciones. Si algo sale mal, sabré qué hacer.

Él se detuvo en la puerta, con su abrigo negro ya puesto, la imagen perfecta del ángel de la muerte. Se giró hacia mí y, por primera vez, vi una sonrisa triste y hermosa en su rostro marcado.

—Marcus tenía razón sobre ti, alegría —dijo—. Eres lo único en esta casa que vale la pena salvar.

Se marchó, y el silencio volvió a la sala de mapas. Pero ya no era un silencio de miedo. Era el silencio de la reina que espera el regreso de su rey del campo de batalla. Caminé hacia la consola principal y empecé a revisar las frecuencias de radio.

La guerra por el puerto empezaría en tres horas. Varga creía que se enfrentaba a la Bestia solitaria. No sabía que se enfrentaba a un hombre que ahora tenía un trono que proteger y una mujer que no permitiría que su luz se apagara.

Me senté en la silla de Alexander, sintiendo el calor que todavía quedaba en el asiento. El Acto estaba alcanzando su punto álgido, y mientras veía los puntos rojos moviéndose en el mapa, supe que esta noche la sangre correría, pero no sería la nuestra.

Porque la Bestia ya no luchaba por deber. Luchaba por amor. Y eso lo hacía invencible.

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Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Te da miedo enamorarte y no lograr protegerla de ti mismo 🤣, esta muy buena 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Hay bestia, tu serás el domado por Isabella, estas muy seguro de que ganarás 🤣👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Tanto miedo le tienes a Isabella que no quieres ni que te mire, eres un blanducho no mas 🤣👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Tu derribaras las barreras de ese corazón de hielo 👏👏👏
Delfina Del Carmen Henriquez Ruiz
Comenzó muy buena, pero triste para Isabella, ciando se entere 👏👏👏
Edith Hernandez
muy bonita la novela
Ivis Medina
muchas cosas no tienen sentido pero aquí de paso, como va a dejar una carta el Marcus protegiendo al fénix ? el fénix no existía antes de su muerte,
Ivis Medina
muchas cosas no tienen sentido pero aquí de paso, como va a dejar una carta el Marcus protegiendo al fénix ? el fénix no existía antes de su muerte,
Susy
Excelente historia me encantó♥️♥️♥️
Susy
Que capítulo 😈
Susy
Triste 😔
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