El dolor fue el puente. En un segundo, el Capitán de la Unidad de Élite sentía el frío del asfalto tras un tiroteo mortal. Al siguiente, sentía el peso sofocante de un cuerpo sudoroso y el hedor a rancio de una habitación cerrada.
-¡Quédate quieto de una puta vez!- rugió una voz ronca sobre él.
El policía abrió los ojos. No estaba en la morgue ni en el hospital. El techo estaba manchado de humedad y la luz de una bombilla desnuda oscilaba sobre su cabeza. Un hombre de hombros anchos y rostro desencajado por la ira lo inmovilizaba sobre un colchón mugriento.
En ese instante, una descarga de recuerdos que no le pertenecían inundó su mente como torrente de agua helada. Se vio a sí mismo o mejor dicho, al dueño de ese cuerpo, como un ser roto. Un omega llamado Ren, cuya existencia se reducir a cuatro paredes, golpes, y el miedo constante a un esposo alfa que lo trataba como ganado. Ren acababa de morir... (ambientado con el estilo staempunk)
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La joya más cara
Para Ren, los días de fiebre quedaron atrás y estar encerrado en esa habitación, se sentía como una celda.
Por eso, en cuanto sus piernas dejaron de temblar, el omega exigió acceso al gimnasio privado de la mansión.
El ambiente olía a aceite de máquinas, cuero y cera. Había sacos de boxeo, pesas, estantes con espadas de práctica y armas de juegos cortas desmanteladas.
Vestía camiseta de algodón y pantalones deportivos. Se veía delgado, sí, pero sus movimientos tenían una precisión que desconcertada a los guardias que vigilaban la entrada.
-Uno, dos... respira. Tres, cuatro... golpea.- Susurraba Ren para sí mismo, mientras castigaba a la bolsa de boxeo.
El omega no usaba solo la fuerza; usaba el peso de su cuerpo. La memoria muscular de más de veinte años de entrenamiento policial.
-Tienes una técnica inusual para alguien de tu... casta.- la voz del mafioso interrumpió la concentración de Ren.
El policía lanzó su último gancho derecho que hizo crujir la lona antes de girarse. Valerius estaba apoyado en una columna de hierro, con un cigarrillo apagado entre los dedos. Observa a Ren con una intensidad que lo incomodaba.
-Mi "casta" no tiene nada que ver con lo que mis manos pueden hacer, Volkov.- respondió Ren, limpiándose el sudor de la frente con el dorso del brazo.
Valerius caminó hasta él manteniendo una distancia prudente, pero lo suficiente para que su aroma a bosque y tormenta invadieran el espacio de Ren.
-He visto a muchos omegas intentar defenderse mordiendo, arañando o gritando. Pero tú... tú golpeas. ¿Quién te enseñó a pelear así, Ren?-
Ren sintió una pulsada de irritación. No podía decirle la verdad: que en su mundo original él era un alfa entre los alfas, que le gustaban las mujeres, que tenía una placa y que nunca en su vida se había sentido pequeño hasta que despertó en ese cuerpo.
-Aprendí a sobrevivir.- dijo con frialdad -Cuando el mundo intenta venderte como un objeto, aprendes rápido como golpear para que no se levanten.-
El alfa se acercó un paso más, sus ojos brillando con una curiosidad peligrosa.
-Me pregunto como se sentirá tener esa fuerza dirigida a mí.-
Ren retrocedió de inmediato, su rostro endureciéndose.
-No te equivoques Volkov. No estoy interesado en tus juegos de seducción. En mi mundo... las cosas no funcionan así.-
Para Ren el acercamiento del mafioso no era "exitante" como dictarían los instintos de un omega normal. Para el policía era una invasión de su espacio personal. Él era heterosexual, y ver a otro hombre, por un atractivo y poderoso que sea, tratando de marcar territorio sobre él, por el momento despertaba su instinto de combate, no de sumisión.
-Todo lo que hago, lo hago por Leo.- Ren, señaló la planta de arriba -Si acepto tus reglas, es para que mi hijo tenga un futuro. No esperes más de mí.-
-El amor es una motivación poderosa. Pero el cuerpo a veces dice cosas que la mente intenta callar.- sonrió de la manera depredadora que Ren tanto odia.
-Mi mente siempre ha mandado sobre mi cuerpo, Valerius.- Sentenció Ren, recogiendo su toalla.
Esa noche, la mansión se transformó. El mafioso había convocado a sus socios más importantes: hombres que controlaban el carbón, el acero y las rutas de contrabando en la región.
Volkov obligó a Ren a vestir con un traje de seda azul noche. Era elegante, pero lo suficientemente ajustado para resaltar su belleza.
-Solo mantente a mi lado.- le había ordenado antes de bajar -No necesitas hablar. Tu sola presencia enviará el mensaje.-
Cuando entraron al salón el silencio fue instantáneo. Todas las miradas posaron sobre Ren. Los alfas presentes, rudos y cargados de feromonas agresivas, no creían lo que veían. Valerius Volkov, el lobo solitario, llevaba del brazo a un omega, que no bajaba la cabeza, los miraba con desprecio gélido y cuya postura era más a la de un guardaespaldas que al de un acompañante.
-Señores.- retumbó la voz del mafioso -Les presento a Ren Masson, mi socio personal... y la razón por la que el Ministro Weber ya no es una preocupación para nosotros.-
Ren, detestaba ser exhibido, detestaba que estos hombres lo miraran como si fuera una joya cara en la corona de Volkov. Pero entonces recordó a su hijo. La cuna segura, la leche tibia y la protección de la mansión.
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Durante la cena, la mente de policía trabajaba a mil por hora, recolectando inteligencia mientas fingía ser el adorno de Valerius. El mafioso, por su parte, no dejaba de tocar a Ren o acercarse a su oído para susurrar cosas innecesarias. No era atracción, solo estrategia de supervivencia.
Cuando el último invitado se marchó, Ren subió a la habitación de su hijo.
El bebé estaba profundamente dormido, con un pequeño peluche en sus brazos. Ren se sentó en el suelo, junto a la cuna. Se desbrochó los primeros botones de la camisa y suspiraba. Estaba agotado mentalmente.
-Todo por ti, pequeño.- Susurró y lo acarició.
Ren se acomodó en la alfombra y el sueño lo invadió ahí mismo. Su orgullo de hombre, su identidad de policía y su heterosexualidad estaban siendo pisoteado por este mundo, pero por Leo, él pagaría cualquier precio.
Valerius entró a la habitación silenciosamente. Estaba cansado, pero sus ojos se iluminaron al ver la escena.
Sintió ternura que lo desarmaba. Observó a Ren mientras dormía. Se veía joven, casi frágil, muy lejos del asesino que había incendiado un almacén esa noche.
El mafioso simplemente se quedó allí sentado en la oscuridad, observando como el policía protegía al niño y jurándose a sí mismo que, tarde o temprano, lograría que Ren dejara de mirar al pasado y empezara verlo a él como su único presente.
En esa habitación, el lobo y el fantasma compartían un silencio que empezaba a parecerse, muy peligrosamente, a una familia.
Horas antes... la noche era perfecta para un fantasma. Ren vestía ropa oscura y ceñida, llevaba capucha para esconder su cabello. Llevaba herramientas para el siguiente trabajo.
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En el almacén, el inspector Vane, custodiaba un maletín, con los documentos que incriminaban a Valerius Volkov.
Desde una viga, Ren observó al inspector. Estaba sentado, una lámpara de aceite lo iluminaba. Se veía cansado. Ren sintió una punzada de respeto, pero una voz se interpuso: el objetivo es la misión.