Forzada a un matrimonio por conveniencia, Keyla encuentra en un amor prohibido y con el, la fuerza para romper las cadenas de una vida de mentira.
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La primera traición.
La celebración comenzó justo después de la ceremonia, como si nada faltara, como si todo fuera perfecto. La música llenó la enorme mansión Montenegro, las luces brillaban sobre los candelabros de cristal y las copas chocaban una contra otra en brindis interminables.
—¡Por los recién casados! —gritó alguien.
Los aplausos volvieron a estallar.
Keyla sonrió por pura inercia. Sentía el rostro tenso, como si llevara una máscara demasiado pesada. Andrés, a su lado, mantenía una postura impecable, elegante, distante. No la miraba. No la tocaba más de lo necesario, medio sonreía a quien se acercaba a felicitarlos.
Cuando anunciaron el baile de los novios, Keyla sintió un leve nudo en el estómago.
—¿Bailamos? —preguntó ella con voz suave, casi insegura.
Andrés la miró por primera vez desde la ceremonia. Sus ojos no reflejaban emoción, solo cansancio.
—Supongo —respondió.
La tomó de la mano y caminaron al centro del salón. La música comenzó a sonar lenta, romántica, cuidadosamente elegida para una boda soñada. Andrés colocó una mano sobre la cintura de Keyla; ella apoyó la suya sobre su hombro. Estaban demasiado cerca… y aun así, parecían a kilómetros de distancia.
—Puedes soltarme un poco más —susurró ella, incómoda—. No voy a huir.
—No es eso —respondió él con frialdad—. Solo no estoy acostumbrado.
Keyla asintió, tragándose cualquier comentario. Bailaron en silencio, rodeados de miradas admiradas. Desde fuera parecían la pareja perfecta; desde dentro, eran dos desconocidos compartiendo un espacio que no deseaban.
Cuando terminó la canción, llegaron los aplausos. Después vino el baile de los padres, sonrisas fingidas, fotografías, discursos cargados de palabras bonitas que hablaban de amor, unión y futuro.
Keyla escuchaba todo como si estuviera bajo el agua.
Al finalizar los bailes, los novios regresaron a la mesa principal. Keyla se sentó con cuidado, acomodando su vestido. Andrés se sirvió una copa de whisky.
—¿No brindas? —preguntó ella, intentando romper el hielo.
—No me apetece —respondió seco.
El silencio volvió a instalarse entre ellos.
Pasaron algunos minutos hasta que Andrés se levantó de repente.
—Debo atender algo —dijo sin mirarla—. Vuelvo enseguida.
Y se fue.
Keyla lo siguió con la mirada mientras se perdía entre los invitados. Nadie pareció notar su ausencia. Nadie parecía notar tampoco que la novia estaba sola, rodeada de gente.
Sintió un mareo leve.
—Necesito ir al baño —murmuró para sí misma.
Se levantó con cuidado y comenzó a caminar por los pasillos de la mansión. El lugar era enorme, elegante, lleno de puertas idénticas.
Buscó un baño, pero no encontró ningún letrero claro.
—Disculpe —le dijo a una empleada—, ¿el baño?
—Al fondo, señora —respondió—, a la derecha.
Keyla siguió caminando. Llegó a una puerta entreabierta y, pensando que era el baño, empujó suavemente.
Lo que vio la dejó paralizada.
Andrés estaba allí.
No estaba solo.
Estaba besándose con otro hombre.
Un beso lento, íntimo, cargado de confianza. Andrés tenía una mano en la cintura del joven, que lo abrazaba sin miedo, sin culpa. El mundo de Keyla se detuvo en ese instante.
—¿Qué…? —su voz salió casi sin sonido.
Ambos se separaron de inmediato. Andrés giró el rostro hacia la puerta. Sus ojos se encontraron con los de Keyla, pero no mostró sorpresa. Solo una leve molestia.
—Keyla… —dijo el otro hombre, nervioso—. Yo…
Keyla no escuchó el resto. El impacto fue demasiado fuerte. Acababan de casarse hace apenas minutos y ya estaba siendo traicionada.
Sintió un nudo en la garganta, una mezcla de rabia, vergüenza y humillación.
—¿En serio? —dijo, entrando a la habitación y cerrando la puerta tras ella—. ¿Así empieza nuestro matrimonio?
Andrés suspiró, como si aquella escena fuera una molestia menor.
—No deberías estar aquí.
—¡Soy tu esposa! —exclamó ella—.
¡Acabamos de casarnos y te encuentro besándote con otro hombre!
El joven dio un paso atrás.
—Yo me voy… —dijo incómodo.
—No —respondió Andrés, tomando su mano—. Quédate.
Keyla sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó con la voz temblorosa—. No te reclamo por celos… ni siquiera te conozco. Pero esto… esto es una humillación.
Andrés la miró con frialdad.
—No veo por qué tendría que darte explicaciones.
—¡Porque soy tu esposa! —repitió ella—.
Porque acepté este matrimonio pensando que al menos habría respeto.
Andrés soltó una breve risa irónica.
—¿Respeto? —negó con la cabeza—. Keyla, no seas ingenua.
Tomó con firmeza la mano del joven y la levantó ligeramente.
—Él es Darío. Mi novio.
Keyla sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Tu… novio? —susurró.
—Sí —respondió Andrés sin titubear—. El hombre al que amo.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Entonces yo qué soy? —preguntó ella—. ¿Una broma?
—Eres parte del trato —respondió él con frialdad—. Nada más.
Keyla dio un paso atrás.
—¿Sabes lo que siento ahora? —dijo con la voz quebrada—. No es celos. Es vergüenza. Es dolor. Me siento usada.
—No te engañé —replicó Andrés—. Nunca te prometí amor.
—Pero tampoco me advertiste que me humillarías el mismo día de la boda.
Darío bajó la mirada.
—Andrés, quizá deberíamos…
—No —lo interrumpió—. Ella tiene que saberlo.
Volvió a mirar a Keyla.
—Bienvenida a nuestro matrimonio de farsas, querida esposa.
Cada palabra fue como un golpe.
—Esto es una mentira —susurró Keyla—. Todo.
—Exacto —respondió Andrés—. Una mentira conveniente para todos.
—¿Y tus padres? —preguntó ella—. ¿Lo saben?
—Claro que lo saben —respondió sin dudar—. Todo está acordado.
Keyla sintió ganas de llorar, pero no lo hizo. No frente a ellos.
—Entonces… ¿qué esperas de mí? —preguntó con dignidad—. ¿Que finja? ¿Que sonría mientras tú…
—Mientras yo hago mi vida —completó él—.
Exactamente.
Soltó la mano de Darío y se acercó a ella.
—Tú tendrás comodidades, estatus, dinero. Yo tendré libertad. Nadie sale perdiendo.
Keyla lo miró fijamente.
—Te equivocas —dijo—. Yo ya perdí.
Sin decir nada más, dio media vuelta y salió de la habitación. Caminó por el pasillo sin mirar atrás, conteniendo las lágrimas, sintiendo que el vestido blanco pesaba toneladas.
La música seguía sonando. La fiesta continuaba.
Y nadie sabía que el matrimonio perfecto acababa de romperse…