Olivia Grimaldi lo tiene todo… excepto libertad.
Heredera de una de las familias más poderosas de Estados Unidos, su vida está cuidadosamente diseñada: un matrimonio arreglado, una imagen perfecta y un futuro donde el amor no tiene lugar. Hasta que una noche decide romper una sola regla… y conoce a Alexander Rozanov.
Rico, influyente y peligrosamente seguro de sí mismo, Alex no cree en límites ni en promesas. No persigue mujeres comprometidas, no se involucra y no repite errores.
Hasta que Olivia se convierte en su excepción.
Lo que comienza como una chispa prohibida se transforma en un juego de deseo, poder y control, donde cada encuentro los empuja más cerca de una línea que no deberían cruzar… y que, en el fondo, ambos desean romper.
Porque él no quiere salvarla.
Quiere que sea ella quien elija caer.
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Capítulo 7
Alex
La ciudad se extiende bajo los ventanales de mi oficina como un tablero de ajedrez que ya gané hace años, desde mi nacimiento a decir verdad y la cual logré poner bajo mis pies desde que tomé el control de todo.
Desde que soy el dueño absoluto, todo está bajó mi control y cada cosa se ha vuelto predecible, todo y todos, excepto ella.
Sonrío mientras giro el teléfono entre los dedos con la pantalla encendida y el chat abierto.
Sin respuesta, otra vez.
Señorita Grimaldi puede ignorar mis mensajes todo lo que quiera, pero no puede evitar leerlos. Lo sé. Las personas como ella siempre miran, aunque se prometan no hacerlo y ese pequeño acto de desobediencia, me divierte más de lo que debería.
Planeaba dejar que todo quedara en el lago. Cuando la vi en la fiesta captó mi atención. Iba a dejarla pasar y me iría a mi casa como si nunca la hubiese visto, pero, como cosa del destino, me la vine a encontrar en el estacionamiento y pues tampoco soy hombre que se haga de rogar. Esa mujer estaba gritando en silencio que se la follarán y eso iba a hacer.
Una buena cogida y cada quien seguiría su rumbo. Después de todo, va a casarse. Su vida está escrita con tinta dorada y márgenes estrechos. No suelo coleccionar mujeres que pertenecen a vitrinas familiares.
Pero maldita sea, desde esa noche no logro sacarme de la cabeza su mirada.
La forma en que me sostuvo los ojos, sin vergüenza, sin fragilidad. No era una niña asustada haciendo algo prohibido. Era alguien hambrienta… tratando de convencerse de que no lo estaba y luego la bofetada.
Suelto una risa baja. Cualquiera pensaría que me ofendió, pero lo único que hizo fue encender las alarmas que tengo en la cabeza, las cuales no me dejan ser una persona normal.
Su cara de "debí hacer esto”… dicho por una mujer que claramente quiso hacerlo.
Olivia Grimaldi no es correcta, ni obediente. No es la muñeca de porcelana que sus padres exhiben. Está partida por la mitad, entre lo que debe ser y lo que se muere por probar. Y yo siempre he tenido debilidad por las líneas que no deben cruzarse.
Apoyo la espalda en la silla y vuelvo a mirar la conversación.
Sé que la estoy perturbando de una u otra forma y el que no haya bloqueado mi numero me deja en claro que disfruta en el fondo de mi acoso, mientras intenta ser buena. Buena hija, buena prometida y buena heredera.
Pero también sé algo más. Cuando alguien vive en una jaula de oro, no necesita que le abran la puerta, solo necesita que alguien le muestre lo que hay afuera.
Y yo no quiero arruinarla. quiero que ella misma decida caer.
Miro mi teléfono una vez más cuando la puerta de mi oficina se abre sin que nadie se moleste en tocar.
Solo una persona hace eso. Francis entra como si el edificio también llevara su apellido. Traje perfecto, gafas oscuras aunque estamos bajo techo, y con esa energía suya de escándalo caro que le sale natural. Sin pedir permiso, se deja caer en la silla frente a mi escritorio.
Dejo el móvil a un lado.
—Tienes que ir a ver a la abuela— Dice de inmediato. —Creo que ya se volvió loca.
Lo miro sin emoción.
—¿Qué sucedió ahora?
Se quita los lentes y los deja sobre mi escritorio, inclinándose hacia adelante con dramatismo puro.
—Creo que quiere que nos casemos.
Suelto un bufido.
—Francis, dime algo nuevo. La abuela quiere eso desde que cumplimos dieciocho.
—No, no entiendes— Insiste. —Esta vez es distinto. La escuché mientras estaba en una de esas tardes de té con sus amigas. Hablaban de nosotros como si fuéramos carne en una vitrina. Ofreciéndonos a sus hijas, sobrinas, nietas…
Me paso los dedos por el puente de la nariz.
—En caso de que fuera cierto, ¿cuál es el problema? Aunque eso sea lo que quiere, no puede arrastrarnos al altar.
Vuelve a recostarse en la silla, pero la tensión no se le va.
—¿Tú crees? La abuela da miedo cuando se propone algo. Ni mi madre es capaz de contradecirla.
Estoy por contestarle cuando llaman a la puerta.
—Adelante.
Mi secretaria entra y se gana una buena mirada de reprimienda por parte de mi primo.
—Señor Rozanov, ya tengo lo que me pidió investigar.
Francis resopla.
—Disculpa, pero estamos en medio de una reunión familiar importante.
—Callate Francis— Le digo sin mirarlo, y con un gesto le indico a ella que pase.
Me entrega la carpeta. La tomo y de inmediato se va al ver que mi primo comienza a seguir enojado cada uno de sus movimientos.
La puerta se cierra y el chismoso que tengo en frente no tarda en hablar.
—¿Qué es eso?— Pregunta.
Abro el sobre y leo la información basica que hay en el. Perfil familiar, estudios academicos, rutinas, entorno. En conclusión, la aburrida vida de Olivia Grimaldi.
Su foto formal me devuelve la mirada a la primera hoja. Perfecta e intocable. Ja, una completa mentira.
—Sospecho que no estás trabajando— Murmura mi primo.
—Siempre estoy trabajando.
—Esa no es tu cara de negocios. Esa es tu cara de “voy a hacer algo muy malo”.
Paso la página.
—No sabía que ahora también eras mi psicólogo.
Intenta inclinarse para ver.
—¿Quién es?
Cierro la carpeta.
—Nadie.
Eso lo hace sonreír.
—Ah… entonces es alguien.
Me levanto y camino hacia el ventanal con la carpeta aún en la mano.
—¿Recuerdas la fiesta de los Grimaldi?
—Claro que sí. De las noches más locas que pude tener— Dice, al parecer recordando algo divertido.
—Conocí a alguien.
—¿Y?
—Está comprometida.
Se ríe.
—Vaya, con que mi primito tiene gustos prohibidos.
No sonrío.
—No es eso.
Miro la ciudad abajo.
—No es una mujer que busque problemas… pero está llena de ellos.
Siento su mirada sobre mí.
—¿Te gusta?
—No.
—Entonces, ¿qué quieres?
No dudo.
—Ver qué pasa cuando alguien como ella deja de obedecer.
Francis niega con la cabeza.
—Estás mal. No solo quieres arruinar un matrimonio, también quieres llevar al lado oscuro a la novia.
—Es solo por curiosidad— Digo, tranquilo.
—Bien— Dice poniendose de pie. —Pero ya que me lo comentaste, más te vale que me cuentes como resulta todo. Cada cochino y retorcido detalle— Lo veo acomodarse el traje mientras respira profundo. — Y por lo que más quieras, ve a ver a la abuela antes de que me quede calvo por la angustia.
Francis Lancaster Rozanov