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ENAMORADO DEL AMANTE.

ENAMORADO DEL AMANTE.

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Matrimonio arreglado / Triángulo amoroso / Completas
Popularitas:8.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Bai Qi

Me convertí en el arma que Caeleen Valkrum usaba para darle celos a su amante secreto. Un amor de años. Un hombre casado. El único que realmente importaba. Yo solo era el profesor tranquilo, el refugio, el que no preguntaba. Pero cuando el juego se volvió real, cuando sus besos dejaron de ser una farsa, el amante contraatacó. Y ahora estoy en medio de una guerra que no pedí, con un hombre que me mira como si yo también pudiera ser su hogar. ¿Y si al final el que termina ardiendo soy yo? ¿O quizás, entre las cenizas de los dos, podemos construir algo que ninguno tuvo nunca?

NovelToon tiene autorización de Bai Qi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CONFRONTACIÓN.

Las peonías se desmoronaron un martes.

Azren las había tocado sin querer, solo para comprobar si aún conservaban algo de vida, y los pétalos cayeron como ceniza. Polvo gris entre los dedos. Eso quedaba de un mensaje que ni siquiera era para él.

Tres días después, el polvo aún manchaba sus manos. O eso le parecía. Lo cierto es que no podía dejar de mirárselas, de frotarlas contra los pantalones, como si pudiera borrar algo que no se veía.

Darius Sotelo. Casado. Con un hombre llamado León Rivas.

No era una relación complicada. Era un matrimonio. Con papeles, con años, con una vida construida. Y Caeleen, el hombre del que Azren no podía dejar de pensar, era el otro. El amante. El que esperaba en la sombra mientras Darius volvía a su casa cada noche.

La palabra le retumbaba: amante. Tenía algo de novela barata, de culebrón. Pero también tenía algo más, algo que le helaba la sangre: significaba que Caeleen no era un héroe trágico. Era un hombre dispuesto a meterse en medio de una vida ajena. Y él, Azren, llevaba días ayudándolo sin saberlo.

El café nuevo era un intento desesperado de tener un sitio limpio. Sin recuerdos. Sin ventanales que dieran a canchas de baloncesto. Solo mesas de madera gastada, luz amarilla y el rumor sordo de otras vidas.

Corregía exámenes. O lo intentaba. Las palabras bailaban, los párrafos se le escapaban, y cuando la sombra cayó sobre la mesa, tardó tres segundos en levantar la vista.

Tres segundos en los que pensó: es él.

No era él.

Era un hombre joven, traje impecable, elegancia discreta. Ojos claros. Y un cansancio tan profundo que parecía venir de otro sitio. De muy atrás. De años de esperar algo que nunca llegaba.

Pero había algo más. Algo que Azren no supo nombrar hasta después. Una fragilidad. Como si ese traje perfecto fuera lo único que lo sostenía en pie. Como si por dentro estuviera hecho de los mismos pétalos secos que Azren había tenido entre los dedos.

Azren lo reconoció al instante. Había visto su foto después de lo de las flores. Había buscado. Necesitaba ponerle cara al "dique". Necesitaba saber qué clase de hombre era el que dormía cada noche junto a Darius mientras Caeleen se consumía de celos.

León Rivas. Abogado. El esposo.

El que sabía desde la adolescencia lo que Caeleen sentía por Darius. El que se había sentado con él en unos escalones y le había dicho, sin rodeos: "Sé cómo lo miras."

Y ahora estaba aquí, sentado frente a él, con una taza de café humeante entre las manos y una expresión que no era de rabia. Era de derrota. Como si hubiera perdido tantas batallas que ya ni siquiera recordaba cómo se ganaba una.

—Perdone —dijo Azren, y su voz sonó normal. Asombrosamente normal—. ¿Nos conocemos?

León levantó la vista. Sus ojos claros, increíblemente claros, tenían ese brillo húmedo de quien ha llorado recientemente pero ha hecho un esfuerzo por disimularlo.

—No —dijo. Y su voz era suave, educada, pero había algo roto en ella. Algo que no encajaba con su aspecto impecable—. Pero sé quién es usted.

La frase cayó como una piedra en un pozo seco. Azren esperó el eco. No llegó.

—Sé que fue usted quien recibió las flores. Las peonías. Las que Darius envió a la clínica de Leo Valdez para Caeleen.

El nombre de Leo. El de la clínica. Lo sabía todo.

—¿Cómo…?

—Darius me lo contó. —León tomó la taza con las dos manos, como si necesitara agarrarse a algo—. No todo, claro. Nunca me cuenta todo. Pero sí eso. Dijo que había un profesor. Alguien nuevo. Alguien que Caeleen había encontrado. No dijo su nombre, pero…

Dejó la taza. Y entonces Azren vio que le temblaban las manos. Un temblor mínimo, casi imperceptible, pero real. El traje perfecto, la elegancia discreta, el abogado impecable... y las manos le temblaban.

—Lo siento —murmuró León, y se frotó las manos como si pudiera quitarse el temblor a base de voluntad—. Es que... no duermo bien últimamente.

Sacó el teléfono. Lo desbloqueó con dificultad —las manos, otra vez—, pulsó dos veces, y deslizó el móvil sobre la mesa.

Azren miró la pantalla.

Era él. En la puerta del instituto. Con una pila de exámenes bajo el brazo. La foto era reciente, de días atrás.

—No es difícil encontrar a alguien cuando sabes dónde buscar —dijo León, y su voz sonaba mecánica, como si estuviera recitando un manual—. Especialmente cuando ese alguien trabaja en el mismo sitio desde hace tres años y tiene su foto en la página web del departamento.

Azren sintió que la sangre se le helaba. Pero no era miedo. Era otra cosa. Algo más cercano a la compasión.

—¿Qué quiere? —preguntó. Y esta vez su voz no sonó normal.

León lo miró. Y por un momento, todo el esfuerzo, toda la fachada, toda la dignidad, pareció desmoronarse. Sus ojos se llenaron de algo que no eran lágrimas todavía, pero estaban cerca.

—No lo sé —admitió—. Llevo una semana dándole vueltas. ¿Qué quiero? ¿Qué puedo querer? ¿Que usted desaparezca? ¿Que él deje de mirarlo? ¿Que Caeleen se canse de una puta vez y nos deje en paz? —Se rió, pero era una risa amarga, sin alegría—. Nada de eso va a pasar.

Azren no supo qué decir.

—Hablar —continuó León, como si se obligara a sí mismo a continuar—. Quería hablar con alguien que... que esté fuera. Que vea esto desde fuera. Porque yo ya no sé lo que veo. Llevo tanto tiempo dentro que todo me parece normal. Y no es normal. Nada de esto es normal.

—¿Por qué conmigo? —preguntó Azren—. Podría haber hablado con cualquiera. Un terapeuta. Un amigo.

León lo miró. Directo. Y en sus ojos había una honestidad brutal, desnuda.

—Porque usted también está dentro. Aunque no quiera. Aunque no lo sepa. Ya está dentro. Y los que estamos dentro somos los únicos que podemos entender esto.

Apoyó los codos en la mesa. El gesto le costó. Como si sostener el cuerpo le exigiera un esfuerzo enorme.

—Darius tiene una sensibilidad exquisita —dijo, y la frase sonó a diagnóstico, a enfermedad crónica—. Es artista hasta los huesos. Ve belleza donde otros solo ven desorden. Y a veces, esa belleza lo atrapa.

Hizo una pausa. Se le quebró la voz.

—Incluso cuando es peligrosa. Incluso cuando es una tormenta. Caeleen es una tormenta perfecta. Darius siempre ha tenido debilidad por ellas.

La palabra "tormenta" no era metafórica en su boca. Era física. Como si hubiera visto los estragos de primera mano. Como si hubiera recogido los pedazos después de cada visita, una y otra vez, durante años.

—Yo no soy una tormenta —continuó León, y su voz se volvió más íntima, más rota—. Soy el dique. El lugar seguro al que volver cuando pasa la lluvia. Le he construido una vida buena, estable. Llena de cosas bellas que no muerden.

Sonrió. Una sonrisa que no llegó a ninguna parte. Y entonces, de repente, la sonrisa se deshizo.

—Pero un dique no es emocionante. No es un relámpago. Y él... él necesita el relámpago. Siempre lo ha necesitado.

Se llevó una mano a la cara. Se frotó los ojos. Cuando volvió a mirar a Azren, su mirada era la de un hombre que ya no tiene nada que perder.

—Yo sabía lo que Caeleen sentía por él. Desde el principio. Antes de que nada pasara entre nosotros. Me senté con él en unos escalones, cuando aún éramos adolescentes, y le dije: "Sé cómo lo miras."

Azren sintió un vuelco. —¿Y él?

—No dijo nada. Caeleen nunca dice nada. Pero yo lo vi. Lo vi en sus ojos. Y aun así seguí adelante. —León se rió, una risa quebrada, sin humor—. Aun así me quedé. Aun así me casé con Darius. Aun así llevo años esperándolo cada noche, sabiendo que ha estado con él, oliendo su perfume en su piel, haciéndome el tonto porque era más fácil que enfrentarlo.

Azren no podía respirar. Este hombre no era un ciego. No era un engañado. Era un testigo. El único testigo de su propio naufragio. Y se quedaba. Se quedaba en el barco que se hundía, noche tras noche, año tras año.

—¿Por qué no se va? —preguntó Azren. La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

León lo miró. Y entonces, por primera vez, una lágrima escapó. Solo una. Rodó por su mejilla y cayó sobre la mesa. Él ni siquiera pareció notarlo.

—Porque lo quiero —dijo. Como si eso lo explicara todo. Como si esa fuera la respuesta más estúpida y más verdadera del mundo—. Porque cuando lo quieres de verdad, no te vas. Te quedas. Aunque duela. Aunque sepas que nunca va a mirarte como mira a otros. Te quedas.

Hizo una pausa. Otra lágrima. Otra.

—Y porque sé que si me voy, él se queda solo. Y no quiero que esté solo. Aunque sea conmigo a medias. Aunque sea conmigo como segunda opción. Prefiero eso a que esté solo.

Azren sintió que algo se rompía dentro de él. No era compasión. Era algo más profundo. Era verse reflejado en ese hombre. En esa dignidad hecha pedazos. En ese amor que aceptaba migajas con tal de no quedarse sin nada.

—Darius no va a dejar la vida que tenemos —dijo León, y ahora su voz era más firme, como si se obligara a sí mismo a decir la verdad aunque le costara—. Puede flaquear. Puede mirar la tormenta con anhelo. Puede incluso ir a su encuentro, desnudarse con él, fingir por unas horas que es otro. Pero al final, vuelve a casa. Siempre.

Apretó la taza vacía con las dos manos. Los nudillos se le blanquearon.

—Esa es la tragedia de Caeleen. Y la mía. Estamos condenados a este ciclo porque Darius ama la seguridad tanto como anhela el caos. Y no está dispuesto a renunciar a ninguna de las dos. Yo soy la seguridad. Caeleen es el caos. Y Darius… Darius es el que nos usa a los dos para sentirse completo.

La palabra retumbó en el pecho de Azren. Usa.

Eso era. Exactamente eso.

—¿Por qué me dice todo esto? —preguntó. Su voz sonó pequeña. Ridícula.

—Porque usted es nuevo —dijo León, y por un instante algo se iluminó en su mirada, como si viera en Azren una oportunidad que él ya no tenía—. Porque aún puede elegir.

—¿Elegir qué?

—Dónde poner su peso.

Se inclinó hacia adelante. Sus ojos claros, enrojecidos, desesperados, se clavaron en Azren.

—Cada vez que le da a Caeleen una pieza más del rompecabezas de mi marido, no está ayudando a un amor imposible. Está alargando la agonía de los tres.

Hizo una pausa.

—Darius sufrirá más por el deseo. Caeleen sufrirá más por la esperanza. Y yo…

Se detuvo. Solo un segundo. Pero en ese segundo, Azren vio la grieta. La pequeña, casi invisible fractura en el dique. La que decía: estoy a punto de romperme del todo.

—Yo ya no sé cuánto más puedo.

Se levantó. Demasiado rápido. La silla chirrió contra el suelo. Metió la mano en el bolsillo, sacó unos billetes arrugados y los dejó sobre la mesa. Pagaba los dos cafés y dejaba lo que sobraba, sin contar. Un gesto automático, de hombre educado, de hombre que ha aprendido a cerrar cuentas aunque por dentro sea un desastre.

Ya en la puerta, se volvió. Y entonces Azren lo vio. El hombre del traje impecable, el abogado, el esposo, el dique... estaba roto. Completamente roto. Y lo único que lo sostenía era la costumbre.

—Piense en dónde quiere poner su peso, señor Liáng —dijo. Su voz era un hilo—. ¿En el lado del dique? ¿O en el del relámpago?

No esperó respuesta.

—Pero sepa algo: el relámpago nunca ilumina un hogar. Solo ciega por un instante. Y luego se va. Y deja a todos a oscuras.

Salió. La campanilla de la puerta tintineó, alegre, absurda.

Azren se quedó solo. Con las manos temblando sobre los exámenes que ya no podría corregir. Con el peso de una verdad que no había pedido conocer.

Miró sus manos. Las mismas manos que habían sostenido el libro de Darius. Las que habían trazado mapas del corazón de Caeleen. Manchas de tinta en los dedos. Manchas invisibles de complicidad.

León no había venido a amenazarlo. Había venido a mostrarse. A decirle: mírame. Esto es lo que serás si sigues. Esto es lo que pasa cuando amas a alguien que no puede amarte de verdad.

Azren se quedó mirando la puerta por donde había desaparecido. Vio la silla vacía. La taza fría. El billete arrugado.

Y pensó: ese hombre acaba de enseñarme mi futuro.

Y lo peor era que no sabía si le importaba.

1
fryda~
Esto sonó muy personal 🥹
;; Aracnea ♡
Me enganché desde el principio. La historia de Azren y Caeleen me tuvo completamente atrapada, pero salí agotada de tanto drama. Azren me sacaba de quicio con lo sumiso que era, dejando que le pasaran por encima una y otra vez. Caeleen es de esos personajes que amas y odias al mismo tiempo: un imbécil con momentos de brillo. Darius me caía fatal al principio, pero terminé entendiéndolo e incluso sintiendo pena por él. Y León... pobre León, el único cuerdo de toda esta historia, merecía mucho más. 10/10
Fany Torres
excelente trabajo bellísima historia me encantó felicito al autor gracias por compartir su talento con nosotros siga así
Santy
Me gustó mucho. Disfrute la historia, los altos y bajos de emociones que me generó la trama. Recomendadisima!! /Heart/
Santy
El final que merecían 👏🥰..
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