Mi única obsesión es el hombre que no puede olvidar a otro.
Azren es un profesor común que vive una vida tranquila... hasta que una mirada a través de un cristal lo cambia todo.
Caeleen es la estrella del baloncesto que todos desean, pero nadie conoce de verdad.
"D" es el hombre que ya tiene su corazón... aunque esté casado con otro.
Cuando sus mundos chocan, Azren queda atrapado en un triángulo donde no hay buenos ni malos. Solo tres hombres atrapados entre la pasión, el deber y la pregunta más difícil de todas:
¿A quién amas cuando amar duele?
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EL LLAMADO DE LA JAULA.
Las peonías se desmoronaron un martes.
Azren las había tocado sin querer, solo para comprobar si aún conservaban algo de vida, y los pétalos cayeron como ceniza. Polvo gris entre los dedos. Eso quedaba de un mensaje que ni siquiera era para él.
Llevaba días dándole vueltas a lo mismo. Darius Sotelo. Casado. Con un hombre llamado León Rivas. No era una relación complicada. Era un matrimonio. Con papeles, con años, con una vida construida. Y Caeleen, el hombre del que Azren se había obsesionado, era el otro. El amante. El que esperaba en la sombra mientras Darius volvía a su casa cada noche.
No era una historia de amor trágico. Era una crisis moral, y él estaba en medio sin haberlo pedido.
El café nuevo era un intento desesperado de tener un sitio limpio, sin recuerdos. Pero los exámenes que corregía se le escapaban de las manos, las palabras bailaban, y cuando el hombre se sentó frente a él sin pedir permiso, Azren tardó tres segundos en levantar la vista.
No era Caeleen.
Era un hombre joven, atractivo, traje impecable, elegancia discreta. Ojos claros. Y un cansancio tan profundo que parecía venir de otro sitio, de muy atrás, de años de esperar algo que nunca llegaba.
Azren lo reconoció al instante.
Había visto su foto. La había buscado. Necesitaba ponerle cara al "dique". León Rivas, abogado. El esposo. El hombre que dormía cada noche junto a Darius mientras Caeleen se consumía de celos en su penthouse vacío.
Su primera reacción fue instintiva: cerrarse. Fingir.
—¿Azren Liáng?
—Sí —respondió, y su voz sonó normal. Asombrosamente normal.
—León Rivas.
El nombre. Como un martillo. Azren sostuvo su expresión neutra, la máscara de "nunca te he visto en mi vida", aunque las manos le sudaban bajo la mesa.
—No sé a qué se refiere —dijo, cerrando el cuaderno con un golpe seco.
León inclinó ligeramente la cabeza. No dijo nada. Solo lo miró. Y en esa mirada, Azren vio algo que no esperaba: no era un hombre enfadado. Era un hombre que lo sabía todo. Desde el principio. Desde mucho antes de que Azren existiera en esta historia.
—Creo que sí —dijo por fin León, con una voz cansada, sin amenaza, sin nada que demostrar.
Azren sintió que el suelo se movía. Este hombre no estaba aquí para amenazarlo. Estaba aquí para constatar. Como quien revisa los daños después de una tormenta.
—Usted ha estado en contacto con Caeleen Valkrum —continuó León—. Mi marido parece pensar que usted es importante en ese contexto. Tanto que le envió flores.
Mi marido. La posesión sonaba extraña en su boca. Como si llevara años diciéndola y aún no le saliera del todo natural.
—Fue un malentendido —intentó Azren, pero sonó falso incluso para él—. Las flores no…
—No eran para usted, lo sé —le cortó León, con una paciencia infinita, como quien corrige a un niño—. Eran un mensaje para Valkrum. Pasado a través de usted. Usted es el conducto. Y yo quería hablar con el conducto.
León sostenía su taza de café con ambas manos. Azren se fijó en sus dedos. Sin anillo. Claro. ¿Para qué iba a llevarlo, si sabía que su marido se lo quitaba cada vez que iba a ver a Caeleen?
Esperaba ira. Esperaba que le pidiera que se alejara, que amenazara con algo. Pero León solo bebía su café con una calma que resultaba más inquietante que cualquier grito.
—Darius tiene una sensibilidad exquisita —dijo, y la frase sonó a algo dicho mil veces, un diagnóstico médico, una condena—. Es artista hasta los huesos. Ve belleza donde otros solo ven desorden. Y a veces, esa belleza lo atrapa.
Hizo una pausa. Sus ojos claros miraron a Azren directamente.
—Incluso cuando es peligrosa. Incluso cuando es una tormenta. Valkrum es una tormenta perfecta. Darius siempre ha tenido debilidad por ellas.
Azren tragó saliva. La forma en que León dijo "tormenta" no era metafórica. Era física. Como si hubiera visto los estragos de primera mano. Como si hubiera recogido los pedazos después de cada visita de Caeleen, una y otra vez, durante años.
—Yo no soy una tormenta —continuó León, y su voz se volvió más íntima, más cansada—. Soy el dique. El lugar seguro al que volver cuando pasa la lluvia. Le he construido una vida buena, estable. Llena de cosas bellas que no muerden.
Sonrió. Una sonrisa que no llegó a ninguna parte.
—Pero un dique no es emocionante. No es un relámpago.
Azren no sabía qué decir. Este hombre estaba desnudándose delante de él, y lo hacía con una dignidad que dolía.
—¿Por qué me dice esto? —preguntó al fin.
—Porque usted es nuevo. Y parece sensato.
León se inclinó ligeramente hacia adelante. Sus ojos, por primera vez, mostraron algo parecido a la urgencia.
—Usted le está dando a Valkrum las herramientas para entender a mi marido. Está alimentando la tormenta. No lo culpo. Probablemente no sabía en qué se metía. Pero quiero que entienda una cosa: yo sé lo que pasa entre ellos.
La frase quedó flotando en el aire. Azren sintió que el corazón se le paraba.
—Sé que se ven. Sé lo que hacen cuando se ven. Y sé que Darius vuelve a casa después. Siempre. Con el olor de él en la piel. Con esa mirada perdida de quien ha estado en otro sitio. Y yo lo espero. Lo he esperado durante años.
Azren no podía respirar. No era un hombre ciego. Era un hombre que lo sabía todo y se quedaba. Eso era mucho más terrible.
—Pero ahora lo sabe —dijo León, y su tono cambió, se volvió más firme—. Y quiero que sepa esto también: Darius no va a dejar la vida que tenemos.
La frase cayó como una losa.
—Puede flaquear. Puede mirar la tormenta con anhelo. Puede incluso ir a su encuentro, desnudarse con él, fingir por unas horas que es otro. Pero al final, vuelve a casa. Siempre.
León hizo una pausa. Sus dedos apretaron la taza vacía.
—Esa es la tragedia de Valkrum. Y la mía. Estamos condenados a este ciclo porque Darius ama la seguridad tanto como anhela el caos. Y no está dispuesto a renunciar a ninguna de las dos. Yo soy la seguridad. Valkrum es el caos. Y Darius… Darius es el que nos usa a los dos para sentirse completo.
La palabra "usa" resonó en el pecho de Azren como un eco. Eso era. Exactamente eso.
—¿Qué quiere que haga? —preguntó, y su voz sonó rota, pequeña, ridícula.
—Nada heroico —dijo León, y algo en su mirada se suavizó, como si por un instante viera en Azren no a un enemigo, sino a otro prisionero de la misma guerra—. Solo que sea consciente. Cada vez que le da a Valkrum otra pieza del rompecabezas de mi marido, no está ayudando a un amor imposible. Está alargando la agonía de los tres.
Hizo una pausa. Sus ojos claros, los mismos que habían visto a su marido llegar una y otra vez con el rastro de otro hombre en el cuerpo, se clavaron en Azren.
—Darius sufrirá más por el deseo. Valkrum sufrirá más por la esperanza. Y yo…
Se detuvo. Solo un segundo. Pero en ese segundo, Azren vio la grieta. La pequeña, casi invisible fractura en el dique.
—Yo ya estoy acostumbrado a sufrir en silencio.
Se levantó. Dejó un billete sobre la mesa. Pagaba los dos cafés y dejaba propina de sobra. Un gesto de hombre educado, de hombre que cierra cuentas antes de irse.
Ya en la puerta, se volvió. Solo entonces, por primera vez, Azren vio algo parecido al cansancio en sus ojos. Un cansancio que no era de ese día, ni de ese mes, ni de ese año. Un cansancio de años acumulados, de noches en vela, de cuerpos que huelen a otro, de preguntas que nunca te atreves a hacer porque ya sabes la respuesta.
—Piense en dónde quiere poner su peso, señor Liáng —dijo—. ¿En el lado del dique? ¿O en el del relámpago?
No esperó respuesta.
—Pero sepa algo: el relámpago nunca ilumina un hogar. Solo ciega por un instante. Y luego se va. Y deja a todos a oscuras.
Salió. La campanilla de la puerta tintineó, alegre, absurda. Azren se quedó solo, con las manos temblando sobre los exámenes que ya no podría corregir.
Sabía quién era León desde antes de que abriera la boca. Lo había fingido. Y ahora cargaba con esa mentira también.
Miró sus manos. Las mismas manos que habían sostenido el libro de Darius, que habían trazado mapas del corazón de Caeleen. Manchas de tinta en los dedos. Manchas invisibles de complicidad.
No era un espectador. Nunca lo había sido. Era un hombre cavando, sin saberlo, la tumba emocional de tres personas. Y León acababa de entregarle la pala.
El llamado no venía de la jaula. Venía del guardián de la jaula. Un hombre que lo sabía todo, que lo había visto todo, y que aun así elegía quedarse. Eso no era debilidad. Era algo mucho más complejo. Era amor propio enterrado bajo años de espera. Era dignidad en medio de los escombros.
Azren lo había escuchado. Lo había entendido.
Y por primera vez desde que vio a ese hombre hacer tiros libres en una cancha vacía, supo que tenía que parar.
El problema era que decirle que no a Caeleen Valkrum no era rechazar a un hombre. Era desafiar a un volcán.
Y Azren no tenía ni idea de si en él había valor para hacerlo, o solo la estúpida, suicida temeridad de los que ya han visto el fondo y descubren que no duele tanto como esperaban.