Décimo primer libro de la saga colores
El capitán Albert Mercier, un lord arruinado de Floris emprenderá un viaje al mar a una misión de alto riesgo hacia una tierra desconocida, (Polemia) un reino helado donde se topara con Mermit, una nativa arisca que desafiará su destino.
¿Podrá el amor superar las barreras del entendimiento? Descúbrelo ya.
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12. Luchando contra los límites
...ALBERT:...
— Ah, mira, mejor aún, así conoces a mi hermano — Dijo Dayanara, sonriendo hacia el sujeto, era joven y apuesto.
Él me evaluó, mostró reconocimiento, recién el día anterior lo había pillado queriendo acercarse a Mermit.
Con esas ropas no parecía un simple comerciante.
— ¿Quién es él? — Exigió el hombre.
— Era un cliente de nuestros padres.
— Soy Albert Mercier — Dije con firmeza, elevando mi mano, él la tomó y me dió un apretón.
No me gustaba usar mi título de lord, desde hace tiempo que eso no tenía relevancia y que nombrarlo solo me causaba vergüenza.
Cada vez que decía lord se percataban de mi apellido y empezaban a nombrar los escándalos con tonos de lástima.
— Mucho gusto, soy Farrell Cooper... Recién nos habíamos visto.
— ¿En serio? ¿Cuándo? — Dayanara se emocionó.
— Ayer, cerca de la pastelería — Corté — No sabía que era tu hermano.
— Sí, es mi hermano menor.
— Ahora que lo pienso mi hermana siempre hablaba de un Albert Mercier — Dijo con expresión burlona y su hermana le lanzó una mirada de advertencia.
— Nunca lo ví en la zapatería de tus padres — Comenté, ignorando lo que dijo.
— Ah, yo tengo otros negocios desligados del cuero — Dijo él, con postura aristócrata.
— ¿Qué negocios tiene si se puede saber?
— Un club, aquí cerca por cierto — Dijo y fingí que no me sorprendí, por eso lucía tan refinado — ¿Es usted un lord? ¿Verdad? ¿Escuchó del club del tiburón dorado?
— Hace tiempo que no visito clubes, soy un capitán de barco, no tengo tiempo para esas cosas.
El joven alzó las cejas — ¿Un lord capitán? Eso es nuevo.
— Solo capitán.
— ¿Ya no es lord? — Inquirió él, elevando una ceja prepotente — No se preocupe, puedo hacerlo cliente de mi club.
— No gracias.
— ¿Está retirado? Es mayor, pero no tanto, mi club está lleno de ancianos.
— Farrell, por favor, deja de portarte de esa forma — Reprendió Dayanara.
— No me molesta en lo absoluto — Dije, apretando mis puños.
— Usted debe ser familia del Marqués Sebastian Mercier — Dijo Farrell y fruncí el ceño — Hermana ¿No le dijiste?
Observé a Dayanara.
— ¿Qué tiene que ver mi primo? — Pregunté.
— Pensé que sabías, él es mi proveedor.
— Ah, entiendo, mi primo está en el negocio del cuero, no te preocupes, no me molesta saberlo — Dije, sin comprender el tono de su hermano — De hecho, sus cueros son de excelente calidad para tus bolsos.
— Gracias... Pensé que sabías de todas formas... — Dayanara se tornó nerviosa.
— ¿El socio del Marqués Mercier también es tu familiar? — Preguntó Farrell, hablándome de esa forma como si me conociera desde siempre, no me caía para nada bien.
— Hace tiempo que no estoy familiarizado con los asuntos de mi primo, no sé cuáles son sus socios ni cuántos son.
— El hombre que trabaja con el marqués se parece bastante a él.
Hablaba de William Clark, el verdadero padre de Sebastian. Mi primo no temía a los juicios, andar por ahí con su verdadero padre era algo arriesgado.
— Habla de William Clark, es solo un amigo de la familia.
— Ah, entonces sí lo conoce — Me reparó.
— Farrell — Advirtió su hermana, parecía apenada.
— ¿Cuál es el interés? — Pregunté, con impaciencia.
— Si tienes la oportunidad de verlo, dile que deje de fastidiar a mi hermana, ella es demasiado joven para andar con un anciano como él — Gruñó él y Dayanara soltó respingo.
Así que esa era la razón, simples celos de hermano. ¿Por qué su advertencia se sintió tan personal?
Después de insinuar que yo era un anciano sentía que la advertencia no era solo para William.
Observé a Dayanara, ella se veía apenada.
Ella no era una adolescente, debía estar por los treinta o algo más. Si su hermano le estaba reclamando por eso entonces significaba que no estaba casada aún, era una solterona al parecer.
— Basta Farrell, no tienes porque armar un drama y menos a Albert.
— Solo intento cuidar a mi hermana — Dijo él, reparando mi persona — Así como usted cuida lo suyo.
¿Eso fue una indirecta por lo de Mermit?
— ¿Pasó algo con el señor William? — Pregunté a Dayanara, ella se sonrojó, ofendida.
— ¡Por supuesto que no, es solo que mi hermano aun no es lo suficientemente maduro para entender que yo soy una adulta y me cela de cualquier persona, William Clark es un sujeto amable, solo eso! — Gruñó, fulminando con la mirada a su hermano.
— Sé que no es solo amabilidad.
— De cualquier forma no tienes porque reclamarle a Albert algo así.
— Exactamente, no me concierne — Dije y Farrell arqueó las cejas.
— Pensé que era más cercano a su primo y a mi hermana.
— Cada uno tienes sus asuntos, en cuanto a Dayanara, ella es una vieja amiga — Incliné mi cabeza a un lado — Bien, me retiro, debo seguir.
— Espera ¿No vas a ver los bolsos para la señorita Mermit? — Dayanara me detuvo.
— En otra oportunidad — Dije, tenso — Un gusto conocerlo Farrell.
— Igualmente, lord Mercier, mi invitación sigue extendida, cuando quiera ir al club con gusto lo haré socio.
— Gracias.
Me alejé rápidamente.
Eso se sintió tan extraño.
...****************...
Seguí observando el dibujo que hizo Mermit cuando estaba en mi estudio.
Me sentía más curioso por saber que era lo que pensaba ella de mí. Debí pedirle una lista de palabras salvajes a Levi, así no estaría tan dudoso sobre lo que me repitió ella una y otra vez.
Si me veía como un dios debía ser una versión completamente diferente de mí.
Si ella lograba comprender el mundo su impresión de mí podía cambiar. Tal vez me veía de esa forma por todo lo que hice, sin saber que yo era un ser incorrecto, que fui parte de lo que estaba mal y que perdí parte de mi vida en tonterías.
Compararme con un dios estaba lejos de la realidad, aún así me conmovía que ella pensara así de mí.
Puede que fuese una confusión por su forma de ver el mundo, pero una cosa era cierta, yo era el centro de ese mundo en estos momentos.
Lentamente, dejaría de serlo.
¿Cómo pude hacerlo?
Suspiré.
La besé.
Ganó el deseo a lo prohibido.
No quería lastimar a Mermit, no quería usarla.
Era un asco de ser.
Me prometí que yo haría algo bueno por ella y estaba haciendo todo lo contrario.
No tomé en cuenta que Mermit sería vulnerable en Floris, salvarla podía significar una condena.
Solo me quedaba la esperanza de que aprendiera lo necesario para defenderse.
Era un egoísta, Levi tenía razón, no era tan fácil adaptarse a una realidad diferente.
Volví a observar el dibujo.
Quería entenderla y que pudiera entenderme.
Besarla no era la forma.
Mermit me atraía y no quería que esa atracción tuviera motivos sucios, pero cada vez que pensaba en ella solo podía recordar las veces que me provocó y lo mucho que me excitaba que se comportara así.
Me despeiné el cabello y observé por la ventana.
Mermit estaba en el jardín, sostenía lo que parecía ser un gusano entre sus dedos.
No diferenciaba entre lo bueno y lo malo.
Ella era inocente pese a su agresividad y tosquedad.
Pensé que iba a comerse el gusano cuando lo sostuvo cerca de su rostro, pero lo dejó en una hoja.
Salió del jardín.
En la cena seguía repasando mi vida, preguntándome si en verdad hice todo esto para redimir mis errores.
¿Y si era una excusa?
Si era tan fracasado en todo como para querer obtener algo fácil.
Y eso incluía una mujer.
Algo con lo que nunca tuve suerte.
Sacudí mis pensamientos.
Ya basta de torturarse y sentir lástima por mí mismo.
Mermit entró al comedor.
La observé.
Lucía hermosa, con el cabello recogido en la parte alta de su cabeza, mechones largos color castaño rozaban sus hombros, el vestido era de tono azul claro.
El escote era pronunciado, sus frutos llenos se asomaban levemente.
Ella se sentó en su lugar y empezó a comer como siempre.
¿Y si yo le gustaba?
Dudaba que supiera que era eso.
Levi había dicho que no existía el matrimonio en las tribus, solo el famoso rito, así que el amor era imposible de darse.
Ella no podía saber de que se trataba.
Aún así me pedía que la besara.
Pude ver su reacción, ella lucía ansiosa.
No dijo ni una palabra.
Se marchó después de eso y me desconcertó.
Me levanté sin poder evitarlo.
Subí las escaleras a la habitación.
Mermit estaba en el pasillo para ir a su habitación.
— Mermit.
Ella se detuvo en seco y luego se giró.
Planté mis botas en la madera del suelo.
No quería dar un paso.
Si lo hacía... Yo volvería a...
Me observó atentamente.
Avancé con lentitud hacia ella.
— Lo lamento, Mermit.
— Yo también lo lamento — Dijo y me sorprendí.
— ¿Puedes entenderme?
Sonrió.
— Por supuesto que sí y no solo eso — Dijo, me presionó contra la pared, pasando sus manos por mi pecho — Estoy ardiente por ti — Pasó su mano por mi miembro — Pero me das asco, porque se la clase de persona que eres... — Alcanzó mi cuello y lo mordió.
Solté un grito.
Abrí mis ojos como platos.
Me senté sobre la cama, jadeando.
Era un sueño. Una pesadilla.
Se sintió tan real.
Observé hacia la puerta.
Ni siquiera le coloqué el pestillo.
Recordé haber ido a mi habitación directamente, sin atreverme a llamarla.
Toqué el lado vacío de mi cama.
Me acostumbré a tenerla a mi lado.
No, era muy mala idea pedirle que volviera, yo mismo puse el límite.
Estaba luchando contra mis pensamientos y mis deseos.
¿Qué debía hacer?
Me dejé caer en la cama e intenté dormir.
...****************...
— Considero que sería buena idea que Mermit saliera más — Dijo Adelaida, en mi estudio.
Estaba tan absorto en mis pensamientos.
— ¿Cómo dice? — Pregunté y ella frunció el ceño — Perdone, tengo la cabeza revuelta.
— ¿Por Mermit? — Me evaluó sorprendida.
— No... Bueno, sí... Me preocupa su situación — Corté, no me apetecía contarle sobre mis asuntos privados.
— A mí también — Suspiró — Me preocupa que el proceso de Mermit se estanque... Por eso le recomiendo que salga más de la casa.
— Tiene razón, en ésta casa no va a aprender sobre el mundo.
— Exactamente — Dijo, motivada — El paseo del otro día le sirvió, dibujó monedas, le llamó la atención eso y también conoció que la música puede guardarse en una caja.
— Ella seguramente cree que es magia.
— Yo me encargaré de enseñarle que no lo es — Tomó una postura erguida — Solo en ciencia y mecánica.
— Bien, la sacaré más a pasear, pero usted tendrá que ir.
— ¿Yo? ¿Por qué?
— Es mejor enseñándole que yo.
— Bien, podremos hacer cosas más femeninas en ese caso.
— Yo tendría que ir, no se como se comporte Mermit sin mi presencia — Dije y ella resopló.
— Me ha dejado con ella a solas, ella no se a comportado indebidamente, tal vez haga rabietas en ocasiones, pero sabe obedecer.
— No sé si será igual en la calle.
— No se preocupe, yo me encargaré de que se mantenga obediente — Me aseguró.
— Bien, cuando guste pueden salir.
— Hoy le daré una lección aquí, mañana iremos a la ciudad del puerto.
Debía aprender a soltar a Mermit, que no fuese tan dependiente de mí.
Era por su bien.
Así ella aprendería a estar sola.
— De acuerdo.
— Agradecería si me da carmesí para enseñarle a comprar.
Adelaida se marchó.
Me ocupé de asuntos de la casa, ayudando al mayordomo en el jardín y también en el establo, había una parte del techado que requería reparación.
Él me explicó que cuando llovía se mojaba uno de los corrales.
Subí al techo y busqué unas tablas para cerrar la grieta.
Empecé a martillar.
Después bajé de las escaleras y entré al establo.
Reparé lo que faltaba por dentro.
Mermit entró cuando me estaba secando el sudor con la manga de mi camisa.
Ella observó curiosa.
Pasó por cada corral y tocó los caballos.
— Mermit... ¿Te gustan los caballos?
Ella me observó, se desconcertó un poco al reparar mi apariencia.
Se acercó preocupada al verme.
Tocó mi rostro y pasó sus dedos por mi frente, viendo mi sudor con el ceño fruncido.
Me reí y me lanzó una mirada.
— Solo es sudor — Tomé su mano — Es normal... Es por el esfuerzo.
— Tonto.
Me incliné hacia adelante y besé su boca nuevamente.
Era suave y carnosa, era fría.
Ella enterró las manos en mi camisa.
Alejé mi boca.
Toqué su rostro, sus mejillas tan suaves.
estaba sonrojada y respiraba con fuerza.
De nada servía decir que no lo haría de nuevo, que no podía repetirse.
Me gustaba mucho Mermit.
No por inocente.
Por ser diferente.
albert los celos son malos recuerda que mermit no entiende solo es curiosa tienes que enseñarle
mermit va sentirse triste