Monserrat Bellini vive una vida perfecta en Italia: riqueza, prestigio y un futuro asegurado. Pero dentro de ella existe un vacío imposible de llenar… y sueños que la hacen despertar llorando por un amor que no recuerda haber vivido.
Todo cambia cuando conoce a Dorian D’Angelo, el hombre que todos le dicen debería odiar.
Entre ellos nace una conexión inexplicable, intensa y peligrosa, como si sus almas se reconocieran desde siempre.
Sin embargo, cada vez que intentan acercarse, algo —o alguien— parece empeñado en separarlos.
Mientras fragmentos de un pasado olvidado emergen, Monserrat descubrirá que algunas historias no terminan con la muerte… y que el amor verdadero puede desafiar incluso al destino.
Porque hay amores que regresan.
Y destinos que nunca dejan de perseguirnos.
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Capítulo 10: Ecos que no se pueden ignorar
El teléfono vibró sobre la mesilla a las siete de la mañana.
Monserrat lo miró sin tocarlo. La pantalla iluminaba la penumbra con el nombre de Valentina y una urgencia que no necesitaba palabras.
Lo tomó.
—Dime.
—¿Ya viste las noticias?
—Son las siete, Vale.
—Abre el enlace que te mandé.
Colgó.
Monserrat se quedó un segundo con el teléfono en la mano, sintiendo el peso de algo que todavía no sabía nombrar. Luego abrió el mensaje.
Una foto.
Ella y Dorian saliendo del edificio D’Angello. La mañana de la reunión. Ella con la carpeta en la mano, él a su lado, el sol cayendo sobre ambos de una manera que hacía que parecieran más cerca de lo que realmente estaban.
El titular: ¿Alianza Bellini-D’Angello? La hija de la dinastía florentina, vista con el enemigo de los Vitale.
Dejó el teléfono boca abajo sobre la cama.
Se quedó mirando la pared.
Valentina estaba en el comedor cuando ella bajó.
No desayunaba. No tomaba café. Estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados, esperando.
—No hice nada malo —dijo Monserrat antes de que ella pudiera hablar.
—No importa lo que hiciste. Importa lo que parece.
—Es una foto saliendo de un edificio, Valentina.
—Es un edificio D’Angello, Monse. Ahora mismo, con todo lo que está pasando entre las familias, eso es suficiente.
Monserrat se sirvió café. La taza tembló apenas en su mano. La dejó sobre la mesa antes de que se notara.
—Fue una reunión de trabajo. El proyecto de colaboración. Tú lo sabes.
—Yo lo sé. Los periódicos no.
—Entonces desmentimos.
—¿Desmentir qué? ¿Que saliste de ahí? ¿Que estuviste con él? Las fotos existen. La gente va a hablar igual.
Monserrat bebió un sorbo. El café estaba demasiado caliente y le quemó la lengua.
—¿Qué quieres que haga?
Valentina se volvió hacia ella. Su expresión era la de siempre: la estratega, la hermana mayor, la que tomaba decisiones difíciles para que las demás no tuvieran que hacerlo.
—Alejarte. De él. Del proyecto. De todo lo que tenga que ver con los D’Angello. Al menos hasta que esto se calme.
—El proyecto está en marcha. La inauguración es en dos semanas.
—Que lo gestione otro. Francesca puede hacerlo.
Monserrat dejó la taza sobre la mesa. El golpe sonó más fuerte de lo que pretendía.
—No voy a esconderme por una foto.
—No es esconderte. Es tener criterio. Eres una Bellini. Lo que haces tiene consecuencias para todos.
—Ya lo sé.
—Entonces actúa como si lo supieras.
Valentina salió del comedor sin esperar respuesta. Sus pasos sobre el mármol, la puerta cerrándose, el silencio.
Monserrat se quedó sola con el café que empezaba a enfriarse.
Alessandro llegó a la galería a media mañana.
No llamó para avisar. Simplemente apareció en la puerta de su despacho, con un ramo de flores en la mano y una sonrisa que no terminaba de alcanzar los ojos.
—¿Puedo pasar?
—Claro.
Entró. Dejó las flores sobre la mesa y se sentó frente a ella sin pedir permiso.
—Vi la foto —dijo.
—Ya.
—No es un problema.
Monserrat lo miró.
—¿No?
—No. Es una foto. Tú tienes tu trabajo. Él tiene el suyo. Las reuniones pasan.
Ella esperó. Sabía que venía algo más.
—Pero —continuó Alessandro—, con todo esto he estado pensando.
—¿En qué?
Él se inclinó hacia adelante y tomó sus manos sobre la mesa. Las suyas estaban calientes, como siempre.
—En que no quiero esperar más. Lo nuestro. La boda. Llevamos cuatro años, Monse. Cuatro años de estar seguros. ¿Por qué esperar a otoño? Podríamos hacerlo antes. En verano. Anunciarlo ya. Callar bocas, si quieres… pero sobre todo porque yo quiero. Porque te quiero.
Monserrat sintió la presión familiar de sus manos, el calor conocido, la calma que debería bastar.
—Es muy pronto —dijo.
—¿Pronto? Llevamos cuatro años.
—Para adelantar la boda… Hay que organizar.
—Lo organizamos. Tú y yo. No hace falta algo enorme. Puede ser pequeña. Íntima. Lo que tú quieras.
Ella no respondió.
Alessandro apretó un poco más sus manos.
—Solo quiero que sepas que yo estoy listo. Llevo años listo. Y si esta foto sirve para que nos decidamos, bienvenido sea.
Monserrat lo miró. Su sonrisa. Sus ojos. La certeza tranquila de quien no duda de lo que siente.
—Dame tiempo —dijo—. Para pensarlo.
—Claro. El que necesites.
Él se inclinó y la besó en la mejilla. Luego se levantó, sonrió una vez más y salió.
Las flores quedaron sobre la mesa.
Monserrat las miró un largo rato sin verlas.
Los tres días siguientes fueron una sucesión de llamadas, reuniones y ajustes.
El teléfono no paraba: periodistas, conocidos, gente que quería saber, gente que quería opinar, gente que quería acercarse al escándalo aunque fuera pequeño. Francesca tomó las riendas del proyecto con una eficiencia que dolía. Valentina enviaba correos a todas horas con enlaces, actualizaciones y estrategias de comunicación. Su padre, que nunca se metía en esas cosas, la llamó una tarde para decir, con esa voz que usaba cuando algo le importaba de verdad:
—Ten cuidado, Monse. Con quién te dejas ver.
Monserrat asentía. Respondía. Gestionaba.
Y en los huecos, en los momentos entre una cosa y otra, su mente volvía a la misma imagen: él, en la puerta de su oficina, diciendo hasta la próxima, Monserrat, como si aquella frase pesara más de lo que debía.
El tercer día, al borde de la noche, tomó el teléfono.
No lo pensó. Si lo pensaba, no lo haría.
Marcó el número que había buscado en internet hacía días y que desde entonces guardaba en sus contactos sin nombre.
Sonó una vez. Dos. Tres.
—D’Angello.
Su voz. La misma. Al otro lado de la línea, demasiado cerca.
—Soy Monserrat Bellini.
Una pausa breve. Lo justo para que ella supiera que él también estaba midiendo algo.
—Ya lo sé.
—Llamo por lo de la foto. Quería dejar claro que fue una reunión de trabajo. Nada más. Y que, si necesita hacer alguna declaración conjunta para aclarar…
—No hace falta.
—¿No?
—No. La foto no es un problema para mí.
—Para mí tampoco. Pero mi familia…
—Entiendo.
Otra pausa. Más larga esta vez.
—Entonces… eso era todo —dijo ella.
—Monserrat.
—¿Sí?
—¿Usted cree que las cosas pasan por casualidad?
Ella guardó silencio.
—La foto —continuó él—. La reunión. El balcón. Todo eso. ¿Cree que es casualidad?
—No sé qué más podría ser.
—Yo tampoco. Pero hace tiempo dejé de creer en las casualidades.
Ella apretó el teléfono contra la oreja. Su voz parecía llenar el espacio vacío de la habitación.
—¿Por qué me dice esto? —preguntó.
—Porque usted lo pensó antes de llamarme.
—No dije eso.
—No hizo falta.
Monserrat sintió un leve peso en el pecho. Algo indefinido, incómodo y cálido al mismo tiempo.
—Lamento que la foto cause problemas —dijo él.
—No se disculpe.
—Se está disculpando.
—Estoy gestionando una situación.
—No siempre es lo mismo.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
—Bueno… —dijo ella al fin— supongo que ya está todo dicho.
Él tardó un segundo en responder.
—¿Está segura?
Monserrat frunció el ceño.
—No entiendo.
—Que a veces uno llama por una cosa… y termina diciendo otra.
Ella no respondió. Escuchó su propia respiración mezclarse con la de él al otro lado de la línea.
—Buenas noches, Monserrat —dijo Dorian, con suavidad.
Y colgó.
Ella se quedó con el teléfono en la mano, escuchando el silencio de la línea muerta.
La habitación estaba oscura. La luz de la pantalla se apagó. Solo quedó el reflejo de la luna entrando por la ventana.
Y algo más. Algo en el pecho que no era irritación ni enfado. Más cálido. Más denso.
Esa noche, antes de dormirse, lo sintió.
No un pensamiento. Una certeza: que el día había seguido un guion que nadie le había mostrado. Que cada paso estaba escrito antes de que ella lo diera.
Cerró los ojos.
Y entonces, en el borde del sueño, una voz.
Su nombre. Dicho de una manera que no recordaba. Con una entonación que no pertenecía a esta vida, a este tiempo, a este cuerpo.
Monserrat.
Abrió los ojos.
La habitación estaba vacía. El silencio, intacto.
Pero la voz seguía ahí, resonando en algún lugar que no eran sus oídos.
Tardó en volver a cerrar los ojos.
Y cuando lo hizo, supo que la reconocería en cualquier parte.
bueno esa es mi opinión igual está muy hermosa la novela 🥰
por qué siempre la besa en la mejilla? 🤔🇨🇴🇨🇴🇨🇴