Forzada a un matrimonio por conveniencia, Keyla encuentra en un amor prohibido y con el, la fuerza para romper las cadenas de una vida de mentira.
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Gustavo.
Andrés siempre creyó que el poder era algo que se poseía.
Que bastaba con dinero, influencia y miedo para dominarlo todo.
Lo que nunca entendió…
era que el poder también podía fingirse.
Gustavo entró a su vida como entran los depredadores inteligentes: sin prisa, sin ruido, sin levantar sospechas.
Era joven, demasiado joven para alguien como Andrés. Alto, de rostro limpio, sonrisa fácil y ojos que sabían observar más de lo que aparentaban. Su belleza no era solo física; había algo en él que hacía que las personas bajaran la guardia. Una mezcla peligrosa de vulnerabilidad y ambición.
Andrés lo conoció en una gala privada. Gustavo trabajaba como acompañante de lujo, aunque jamás lo decía así. Prefería llamarse “asesor personal”. Y Andrés, acostumbrado a comprarlo todo, no tardó en fijarse en él.
—¿Sabes quién soy? —le preguntó Andrés esa primera noche, con soberbia.
Gustavo sonrió, inclinado apenas hacia él.
—Claro —respondió—. Pero no me impresionan los nombres… me impresionan las oportunidades.
Eso fue lo que atrapó a Andrés.
Pensó que había encontrado a alguien diferente. A alguien que pensaba llegar alto.
En realidad, Gustavo había encontrado a su presa.
—Recuerda —le dijo el padre de Ulises en una llamada cifrada—, no te enamores del papel. Andrés Montenegro no es un hombre común. Es peligroso. Tienes que lograr que el se enamore de tí.
Gustavo miró su reflejo en el espejo mientras se ajustaba la camisa que Andrés le había comprado.
—No se preocupe —respondió con calma—. Yo no me enamoro de hombres, ni de mujeres… me enamoro del dinero. Y él tiene mucho.
—Necesitamos pruebas —insistió el hombre—. Contratos, grabaciones, movimientos ilegales, lo que sea.
Gustavo sonrió, seguro.
—Me encargaré de que hable. Los hombres como él siempre hablan cuando creen que dominan.
Colgó.
Respiró hondo.
Y salió a cumplir su papel.
Andrés estaba eufórico.
Después del juicio, después de humillar a Keyla, después de sentirse intocable… Gustavo era el trofeo perfecto. Lo llevaba de su brazo como una muestra de victoria.
—Eres diferente —le decía, sirviéndole vino—. No me cuestionas. No me juzgas.
Gustavo se sentaba en el sofá, cruzando las piernas con elegancia.
—¿Para qué juzgarte? —respondía—. Tú haces lo que quieres. Eso es poder.
Andrés reía.
No se daba cuenta de que cada palabra, cada gesto, estaba cuidadosamente calculado.
Gustavo escuchaba. Observaba. Guardaba.
Sabía cuándo tocar el ego.
Cuándo alimentar el orgullo.
Cuándo fingir admiración.
Y Andrés… hablaba.
—Ulises cree que puede ganarme —decía una noche, ya algo ebrio—. No entiende que todo está a mi nombre. Todo.
—¿Incluso el contrato? —preguntó Gustavo, fingiendo curiosidad.
Andrés levantó una ceja.
—Ese contrato es mi obra maestra.
Gustavo inclinó la cabeza, como si quisiera saber más.
—Me gustaría verlo algún día —dijo suavemente—. Debe ser impresionante.
Andrés sonrió, complacido.
—Tal vez.
Katia observaba desde las sombras.
Ella también había notado a Gustavo desde el primer momento. Y lo deseó. No solo por su atractivo, sino porque olía a peligro… y a oportunidad.
Una tarde coincidieron en el pasillo del apartamento.
—Así que tú eres el nuevo —dijo Katia, apoyándose en la pared.
Gustavo la miró de arriba abajo sin disimulo.
—Y tú debes ser el pasado que no se quiere ir.
Katia sonrió, venenosa.
—Cuidado, niño. Andrés no comparte.
Gustavo dio un paso más cerca.
—Los hombres como Andrés creen que poseen… pero siempre hay algo que se les escapa.
Esa noche, Katia no volvió a su habitación.
Se coló en la de Gustavo.
Lo que ocurrió entre ellos no fue amor, ni deseo puro.
Fue ambición.
Fue conspiración envuelta en piel.
—¿Qué buscas realmente? —le preguntó Katia, recostada a su lado.
Gustavo encendió un cigarrillo.
—Sobrevivir… y salir ganando.
Katia rió.
—Entonces somos iguales.
No sabían que, aunque compartían cama, jugaban en bandos distintos.
Gustavo avanzaba lento pero seguro.
Una noche, logró acceder al despacho privado de Andrés mientras este dormía. Trató de fotografiar unos documentos, pero se dió cuenta que lo estaban grabando unas. cámaras de seguridad que Andrés había instalado cautelosamente en su despacho. Encontró transferencias sospechosas, pero tuvo que salir como si nada.
—Tenemos algo —escribió—. Pero necesitamos más. Él confía demasiado en mí.
El padre de Ulises respondió casi de inmediato.
—Buen trabajo. Ten cuidado. Si sospecha…
—No sospecha —contestó Gustavo—. Cree que me compró.
Sonrió.
El cazador nunca se da cuenta cuando deja de serlo.
Katia, por su parte, empezaba a impacientarse.
—Prometiste que me ayudarías —le reclamó a Andrés una noche—. Estoy perdiendo todo.
Andrés la miró con fastidio.
—Ya no eres prioridad.
Katia apretó los puños.
—No te olvides de lo que sé.
Andrés se levantó lentamente.
—Ten cuidado —le advirtió—. O terminarás peor de lo que empezaste.
Katia salió furiosa.
Esa misma noche buscó a Gustavo.
—Necesito que me ayudes —le dijo—. Andrés se cree intocable.
Gustavo la observó en silencio.
—Todos caen —respondió—. Solo hay que empujarlos en el momento justo.
No sabía que, en otra parte de la ciudad, el juego estaba cambiando.
Que Andrés empezaba a perder terreno.
Que las máscaras pronto caerían.
Y que el precio de tanta maldad…
estaba a punto de cobrarse.