Sin spoiled
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Capitulo 5
El foco me quemaba las pupilas, dejando una mancha violácea en el centro de mi visión. Sentía el sudor frío bajando por el canal de mi columna, mezclándose con la humedad de la lluvia que aún empapaba mi camisa. El hombre de la escopeta, uno de los hermanos Kovac —probablemente Ivan, el que tenía más músculos que neuronas—, soltó una risotada que sonó a grava arrastrándose por un tubo de escape.
—Tres —dijo. El cañón de la escopeta se asomó por el marco de la puerta destrozada.
Me pegué a la pared lateral, buscando una cobertura que no existía. En una caseta de madera podrida, una bala de calibre 12 te atraviesa a ti, a la pared y probablemente a la mala suerte que te trajo hasta aquí. Apreté el cuaderno contra mi pecho. Era una ironía estúpida: iba a morir protegiendo los secretos de unos mafiosos de pacotilla para entregárselos a un jefe que acababa de abofetearme.
—Dos —la voz de Ivan subió de tono, cargada de una alegría sádica.
Cerré los ojos y, por un instante, no vi mi vida pasar ante mí. Vi aquel coche plateado. Vi la mirada de Araxie Vesper-Zandrón. Pensé que era una lástima morir en un desguace oliendo a aceite viejo después de haber probado, aunque fuera por un segundo, el aroma a jazmín de un mundo que me despreciaba.
—¡Uno!
El estruendo no fue el de una escopeta. Fue algo diferente. Un sonido seco, rítmico, como el latigazo de una fusta metálica. Paff-paff-paff.
No hubo gritos de agonía, solo el sonido de un cuerpo pesado desplomándose sobre la grava. Luego, el silencio volvió a reinar, pero era un silencio distinto, artificial. No era el silencio del desguace, sino el silencio de un quirófano antes de la primera incisión.
Me asomé por la ventana con cautela. El foco que me cegaba había sido reventado. En la penumbra, iluminada solo por la luz mortecina de la ciudad a lo lejos, vi figuras moviéndose con una precisión coreográfica. No eran los matones de Manuel, ni eran los policías gordos del distrito que aceptaban sobornos por mirar hacia otro lado. Estos tipos vestían uniformes tácticos de color gris oscuro, sin insignias, con cascos integrales y visores térmicos que brillaban con un leve fulgor verdoso. Portaban armas cortas con silenciadores de fibra de carbono.
—Objetivo localizado en el sector alfa-cuatro —dijo una voz metálica a través de una radio.
Antes de que pudiera reaccionar, la puerta de la caseta fue arrancada de cuajo. No fue un golpe, fue una explosión controlada de fuerza. Dos de esas figuras entraron, moviéndose como sombras líquidas. No me apuntaron al pecho; me apuntaron a la cabeza con una luz láser roja que se detuvo justo entre mis ojos.
—Elías Solo —no era una pregunta, era una constatación—. No opongas resistencia. Si intentas correr, te romperemos las piernas. Si intentas gritar, te romperemos la mandíbula. ¿Entendido?
Tragué saliva. Mi lengua se sentía como un pedazo de lija. —Entendido —logré decir.
Me agarraron por los brazos con una fuerza que me hizo gemir. Me levantaron del suelo como si fuera un saco de patatas y me arrastraron hacia fuera. Pasé por encima del cuerpo de Ivan Kovac. Tenía tres agujeros perfectos en el pecho; ni una gota de sangre fuera de lugar. Una ejecución clínica.
Me llevaron hacia el muro perimetral, donde una furgoneta negra, blindada y sin placas, esperaba con las puertas traseras abiertas. Me arrojaron dentro. El interior estaba alfombrado, olía a cuero nuevo y a productos químicos de limpieza. No había ventanas.
—¿Quiénes son? —pregunté mientras uno de ellos me ponía unas bridas de plástico en las muñecas—. ¿Manuel los envió?
El hombre ni siquiera me miró. Se sentó frente a mí, con el arma apoyada en el regazo, inmóvil como una estatua de grafito. La furgoneta arrancó con un zumbido eléctrico casi imperceptible. No era un motor de combustión; era tecnología que yo solo había visto en las noticias sobre el futuro.
El viaje duró lo que me pareció una eternidad. Intenté contar los giros, pero el vehículo se movía con tal suavidad que perdí el sentido de la orientación. Finalmente, la furgoneta se detuvo. Escuché el sonido de una puerta hidráulica abriéndose.
Me sacaron a empujones. No estábamos en una comisaría. Estábamos en un garaje subterráneo que parecía la batcueva de un billonario psicópata. El suelo era de resina blanca, pulida hasta el punto de que podía ver mi reflejo mugriento bajo mis pies. Había filas de coches de lujo cubiertos con fundas de seda.
Me llevaron a un ascensor de cristal. Mientras subíamos, la ciudad empezó a aparecer bajo nosotros. Estábamos de vuelta en las colinas. De vuelta en "La Atalaya". Pero esta vez no estaba en la garita de seguridad; estaba ascendiendo hacia el corazón de la bestia.
El ascensor se detuvo en un piso alto. Las puertas se abrieron a una estancia que desafiaba mi comprensión de la arquitectura. Paredes de cristal de suelo a techo mostraban el horizonte de la ciudad como si fuera una maqueta. La decoración era minimalista: muebles de maderas exóticas, obras de arte abstracto que probablemente costaban más que todo mi barrio, y una iluminación indirecta que hacía que todo pareciera un sueño.
—Déjenlo ahí —dijo una voz que ya conocía.
Los hombres de gris me soltaron y retrocedieron hacia el ascensor. Se esfumaron como el humo.
Me quedé allí, de pie en medio de una alfombra que se sentía como caminar sobre nubes, con las manos atadas y la cara manchada de sangre seca. Me sentía como un error tipográfico en una edición de lujo de la Biblia.
Araxie Vesper-Zandrón estaba sentada en un diván de terciopelo azul marino, con una copa de cristal fino en la mano. Llevaba un vestido negro, sencillo pero de un corte que gritaba dinero. Su pelo oscuro caía sobre sus hombros con una perfección insultante.
—Vaya, Solo —dijo, dejando la copa sobre una mesa de mármol—. Pareces haber tenido una noche complicada. El desguace de los Kovac no es precisamente el lugar ideal para un paseo nocturno.
—¿Cómo sabías que estaba allí? —mi voz sonó ronca, rota.
—Mi padre tiene ojos en muchos lugares, pero yo tengo curiosidad —se levantó y caminó hacia mí. Sus pasos no hacían ruido—. Y la curiosidad es un recurso mucho más potente que la vigilancia. Cuando te fuiste de aquí esta mañana, dejaste una impresión... inusual. Nadie le habla a un Vesper-Zandrón como lo hiciste tú. Ni siquiera los que tienen ejércitos detrás.
Se detuvo a centímetros de mí. Podía oler de nuevo ese jazmín metálico. Me miró a los ojos, buscando algo, quizás una señal de miedo que yo me esforzaba por ocultar.
—Manuel es un hombre pequeño con ambiciones pequeñas —continuó ella, rodeándome como un depredador observa a una presa herida—. Enviarte a morir por un cuaderno de registros es algo tan predecible que resulta aburrido. Me pregunté si un hombre con tu... "lengua afilada" aceptaría su destino tan fácilmente.
—No acepté nada. Me atraparon tus hombres antes de que pudiera salir —dije, señalando mis muñecas.
Araxie sonrió. No fue una sonrisa amable; fue la sonrisa de alguien que sabe un secreto que tú ignoras. Sacó un pequeño cuchillo de cerámica de un cajón cercano y, con un movimiento rápido y experto, cortó las bridas de mis muñecas.
—Mis hombres no te atraparon, Solo. Te salvaron. Ivan Kovac tenía el dedo en el gatillo. En diez segundos, habrías sido parte del inventario de chatarra del sector 7.
Me froté las muñecas, sintiendo el retorno de la circulación. El cuaderno seguía bajo mi chaqueta. Lo saqué y lo miré. Parecía un objeto ridículo en esta habitación.
—¿Y ahora qué? —pregunté—. ¿Me vas a entregar a tu padre para que termine lo que Manuel empezó?
—Mi padre no sabe que estás aquí. Él cree que estás muerto o huyendo. Y prefiero que siga creyéndolo por un tiempo —ella se acercó al ventanal, mirando las luces de la ciudad—. Tengo un problema, Elías Solo. Un problema que requiere a alguien que no exista en los registros, alguien que sepa moverse por el barro sin mancharse el alma más de lo necesario. Alguien que no tenga nada que perder porque, según su apellido, ya está solo.
Se giró hacia mí. Sus ojos azules brillaban con una intensidad febril.
—Me cansé de los hombres que dicen "sí" a todo lo que mi apellido representa. Me cansé de la perfección de este mausoleo de cristal. Necesito a alguien que sea capaz de entrar en los lugares donde yo no puedo ir y de hacer las cosas que mis manos blancas no pueden tocar.
—¿Me estás ofreciendo un trabajo? —solté una risa amarga—. Soy un cobrador, Araxie. No soy un espía, ni un caballero andante.
—Eres lo que yo decida que seas —respondió ella, con una autoridad que no admitía réplica—. A cambio, te ofrezco algo que Manuel nunca podrá darte: una salida. No solo de ese desguace, sino de la vida que llevas. Te ofrezco la oportunidad de dejar de ser una mancha de aceite y convertirte en el motor.
Caminó hacia mí y puso una mano sobre mi pecho, justo encima del corazón. Sentí su calor a través de la camisa sucia.
—Pero antes —susurró—, tienes que demostrarme que ese orgullo que mostraste esta mañana no era solo una máscara para tu desesperación. Tienes que demostrarme que puedes ser mío sin dejar de ser tú.
Me quedé helado. El silencio de la habitación era denso, casi sólido. Fuera, la ciudad seguía girando, ajena al pacto fáustico que se estaba gestando en las alturas de la colina. Yo sabía que si aceptaba, ya no habría vuelta atrás. Dejaría de ser Elías Solo, el cobrador de deudas, para convertirme en algo mucho más peligroso: el capricho de la hija de un millonario.
—¿Qué quieres que haga? —pregunté finalmente.
Araxie sonrió de verdad esta vez. Una sonrisa que me heló la sangre.
—Para empezar, vas a tirar ese cuaderno por la ventana. No vamos a necesitar los secretos de Manuel. Vamos a crear los nuestros.
Miré el cuaderno. Miré a Araxie. Y luego miré el abismo de cristal que se abría a mis pies. El cansancio del que hablaba antes, ese peso en los huesos, pareció desvanecerse para ser sustituido por algo nuevo: una ambición oscura que no sabía que poseía.
Lanzar ese cuaderno no era solo deshacerme de una prueba. Era quemar el único puente que me unía a mi antigua vida.