Olivia Grimaldi lo tiene todo… excepto libertad.
Heredera de una de las familias más poderosas de Estados Unidos, su vida está cuidadosamente diseñada: un matrimonio arreglado, una imagen perfecta y un futuro donde el amor no tiene lugar. Hasta que una noche decide romper una sola regla… y conoce a Alexander Rozanov.
Rico, influyente y peligrosamente seguro de sí mismo, Alex no cree en límites ni en promesas. No persigue mujeres comprometidas, no se involucra y no repite errores.
Hasta que Olivia se convierte en su excepción.
Lo que comienza como una chispa prohibida se transforma en un juego de deseo, poder y control, donde cada encuentro los empuja más cerca de una línea que no deberían cruzar… y que, en el fondo, ambos desean romper.
Porque él no quiere salvarla.
Quiere que sea ella quien elija caer.
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Capítulo 2
Alex
El aire de la noche es lo único que me mantiene sereno. Estoy apoyado en el balcón del edificio, con una copa que no he probado y la ciudad extendiéndose frente a mí como un recordatorio de que hay lugares mejores que este en los que preferiría estar. Detrás, la recepción continúa: risas presumidas, música demasiado alta, conversaciones que no llevan a ningún lado. Todo lo que detesto concentrado en un solo lugar.
No conozco a la novia, no conozco al novio y no me importa.
Acepté venir solo porque Francis —mi primo— y mi abuela decidieron que era importante que un Rozanov estuviera presente. Imagen familiar, compromisos sociales, palabras que me producen la misma sensación que una jaqueca lenta y persistente.
Odio los eventos, a la gente que sonríe demasiado y sobre todo, odio a las mujeres solteras que creen que un apellido y una cuenta bancaria son una invitación abierta para fastidiarme.
Esta noche he esquivado al menos a cinco. Todas con la misma mirada calculadora, el mismo roce “accidental”, la misma pregunta disfrazada de interés genuino. Me dan ganas de lanzarme desde este balcón solo para evitar otra conversación sobre a qué me dedico o si pienso sentar cabeza pronto.
—Tienes una cara de funeral— Dice Francis, apareciendo a mi lado con una sonrisa descarada y una copa en la mano. —Relajate, primo. Es una fiesta.
Lo miro de reojo.
—Es una tortura social con música de fondo.
Él se ríe, apoyándose en la baranda como si estuviéramos en un bar cualquiera y no en una recepción llena de tiburones con trajes caros.
—Deberías aprovechar la noche— Agrega. —Mujeres guapas, alcohol caro.
—Necesito follar con alguien— Le respondo, seco. —Salir de aquí, llevarmela a casa y follar hasta que salga el sol. Eso sí sería aprovechar la noche.
Francis suelta una carcajada.
—Siempre tan romántico, Alex— Levanto una ceja, pensándolo. —Bien, vamos por esas damas que esperan por un poco de los Rozanov.
La idea no está nada mal. De hecho, suena tentadora. Demasiado. El problema no es el sexo. Nunca lo ha sido. El problema viene después. Las miradas que cambian, los mensajes que se vuelven constantes, los reclamos, y esa absurda creencia de que una buena follada es una promesa de algo más.
Como si el placer fuera un contrato.
—Olvidalo. Ya se me fue el buen humor— añado—. No tengo ganas de pelearme mañana con alguien que ya se imagina el nombre de nuestros hijos.
—Nunca has tenido buen humor— Bufa. —Eres un aguafiestas primo. Me ilusionas y luego te bajas del barco sin avisar.
—No lo soy.
Francis me observa con atención, como si estuviera a punto de decir algo más, pero en ese momento un movimiento dentro del salón llama mi atención. No sé por qué giro la cabeza.
Pero lo que veo, o más bien, a quien veo, se roba por completo mi atención.
Está bajando las escaleras. El vestido color champán se ajusta a su cuerpo con una elegancia peligrosa. No es ostentosa, no sonríe de más. Camina con seguridad, destilando una sensualidad inigualable.
El ruido alrededor se diluye.
Sus ojos no recorren la sala; parecen atravesarla. Hay algo rígido en su postura, algo contenido. Como una jaula invisible bajo la piel perfecta.
—¿Quién es?— Pregunto sin darme cuenta que he estado avanzando hasta colocarme junto al bar.
Francis sigue mi mirada.
—La novia. Su nombre es Olivia Grimaldi— Dice. —De seguro ya conoces a la familia. Su padre es un general retirado y bastante condecorado del ejercito. Su madre, por otro lado, ganó hace poco el premio nobel de Fisica. Son como la realeza de los negocios en Portland. Eso sin mencionar, que son los dueños de AstraCore Systems.
Creo que me perdí de muchas cosas durante mi ausencia. Esta familia da la impresión de ser unos ricos aburridos, pero si mis conocimientos no me fallan, AstraCore Systems se ha estado posicionando en mi mira, ya que incluso el presidente está involucrado en sus negocios.
Quizás venir a esta fiesta, no fue del todo mala idea.
Su prometido aparece a su lado, tocándola con una posesión que parece incomodarla. Ella no reacciona. No se acerca, pero tampoco se aleja. Simplemente… soporta.
—No sé tu primo, pero yo si tengo intenciones de follar esta noche— Francis me da dos palmadas en el hombro. —Te veo luego.
Llevo a mis labios el trago que me había estado negando tomar y, como si sintiera el peso exacto de mi atención, la mujer de curvas pecaminosas, levanta la vista.
Nuestros ojos se encuentran. No sonríe, ni se ruboriza y mucho menos baja la mirada.
Sostiene el contacto con una calma que no es inocente.
Vuelven a reclamar su atención y desvía la mirada. Tomo todo el contenido de mi vaso de un trago y decido que ya es tiempo de marcharme. He realizado bastantes barbaridades en mi vida, pero robarme a la novia de su propia fiesta de compromiso, no es algo que esté en la lista.
En especial, cuando hacer negocios con esa familia, es más prometedor que un simple acostón.