Micaela es una joven humilde y llena de sueños que gana una beca para estudiar Literatura en una de las universidades más importantes del país.
Allí conoce a Nicolás, el director: un hombre atractivo, poderoso y verdadero dueño de la universidad.
Todos conocen su fama: relaciones ocultas con alumnas y un corazón que nunca se queda con nadie.
Pero cuando Micaela llega, algo empieza a cambiar.
Ella no quiere dinero ni poder, solo estudiar y salir adelante.
Aun así, el amor aparece cuando menos se espera, incluso donde no debería existir.
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capitulo 8: Golpe de Mala Fe
Micaela salió de la oficina sintiendo el perfume del director en su ropa, y con la mente atrapada en la sensación de un abrazo que no esperaba y que no sabía cómo interpretar.
Al llegar a casa, colaboró con los quehaceres y compartió con su madre la noticia de su triunfo. Después se retiró a su habitación, abrió la computadora y comenzó a escribir las emociones que el abrazo del director De la Vega había removido dentro de ella.
“Eres tan abstracto que no sé describirte, pero que siempre siento cerca” escribió, y luego se tumbó en la cama, pensando en él más de lo que se permitía aceptar.
Con el paso de los días, Micaela comenzó a ver al director de otra manera; sin darse cuenta, cada vez pensaba más en él.
Por eso, cuando aquella mañana esperaba a Malú y lo vio bajar de su carro, se quedó observándolo en silencio. A sus ojos, era el hombre más atractivo que había visto en su vida.
A media tarde, Bienestar Universitario pasó por los salones para sacar a los estudiantes a una actividad física obligatoria. Los llevaron a la cancha para trotar, hacer estiramientos y participar en pequeños juegos.
—¡Atención, estudiantes! —anunció el profesor de deportes después de que todos terminaron de trotar—. Ahora jugaremos quemados, un juego en el que cada equipo se lanza la pelota intentando tocar a los rivales; si la pelota te golpea, quedas fuera hasta la siguiente ronda.
—Elijan cada uno su equipo —agregó, dando inicio a la organización de los grupos.
Kenta tramó un plan malévolo contra Micaela, quien, pese a todo, también había decidido jugar. Micaela se unió a los estudiantes más estudiosos y aplicados de la universidad, mientras que Kenta y los chicos más populares formaban el equipo rival.
—¡Listos! —chifló el profesor, dando inicio al juego tras ver todos los equipos formados.
El juego avanzaba con normalidad hasta que Kenta, con clara mala intención, lanzó la pelota con demasiada fuerza hacia Micaela. El golpe la tiró al suelo y una de las lentes de sus gafas salió volando.
Al ver lo ocurrido, el profesor detuvo el juego de inmediato. Kenta sonrió con satisfacción, mientras los demás estudiantes corrían a ayudar a Micaela, que seguía aturdida en el piso.
—¿Estás bien? —preguntó el profesor, agachándose a su lado.
Micaela lo miró aturdida aunque más que aturdida, estaba perdida en su propio delirio. En su cabeza no estaba en la cancha, sino a solas con el director De la Vega, sintiendo cómo la tomaba por la cintura y la besaba con descarada ternura.
—¿Qué… qué me pasó? —preguntó confundida mientras se levantaba. Aunque, en realidad, lo que la tenía así no era el golpe sino ese delirio loquísimo con el director de la Vega.
—Tuviste un incidente con la pelota. Necesitas ir a la enfermería —dijo el profesor, preocupado.
—No, no, no estoy bien —se apresuró a decir mientras se ponía completamente de pie.
El profesor decidió no insistir. Unos minutos después, cuando Micaela y Malú salían de la universidad, ella todavía pensaba en ese delirio extraño con el director, algo que la tenía totalmente confundida.
Entonces miró a Malú, como si quisiera preguntarle algo, aunque dudó un instante antes de hablar.
—Malú aquel día te quedaste con algo por decirme del director de la Vega. ¿Me lo puedes contar?—pidió Micaela, guiando la mirada a otro punto para no dejar ver su interés.
Malú frenó el paso y la observó con inquietud, como si temiera que esa pregunta fuera en la dirección que más la preocupaba.
—Mica el director de la Vega no es un hombre para enamorarse. Es un mujeriego, y eso lo sabe todo el mundo. Ha tenido asuntos con estudiantes y con profesoras, y siempre termina igual. Una chica de aquí se obsesionó tanto con él que estuvo a punto de arruinarse la vida y casi arruina a la universidad también. Al final, la sacaron y se marchó lejos. Por eso te lo ruego, Mica no te enamores de él.— Advirtió Malú, preocupada profundamente por la posibilidad de que Micaela ya sintiera algo por él.
—No, Malú el director no. Yo no me enamoraría de él. Además, nunca me he enamorado de nadie ¿cómo voy a enamorarme justo del director? —contestó Micaela, aunque una parte de ella ya empezaba a poner en duda esa idea.
—¿Cómo así, Mica? ¿Nunca te has enamorado? ¿Ni un novio de esos de “duró dos semanas y ni cuenta se dio”? —bromeó Malú, tan sorprendida que hasta se olvidó de sus sospechas.
Micaela negó con la cabeza; después de todo, su padre nunca permitiría que ella tuviera un novio.
—Entonces ¿nunca has hecho nada con nadie?—preguntó Malú, más sorprendida que antes.
Al instante, Micaela entendió lo que Malú quería decir y negó con un leve hipo de vergüenza. Malú se quedó sin palabras, sorprendida de que alguien tan tímido pudiera ser tan inocente en todos los aspectos.
Minutos después, Micaela estaba en su habitación con Sisi, intentando arreglar las gafas que había logrado traer a casa. Había tenido que sujetar la lente suelta con un hilo improvisado, solo para evitar las temidas preguntas de sus padres. Mientras trabajaban, Micaela le contó a Sisi todo el lío que había tenido con la estudiante que siempre la molestaba.
—De verdad, amiga, deberías decirle a tu padre aunque sea un ogro. Así, esa víbora suelta dejará de molestarte —le recomendó Sisi.
—No, Sisi jamás le contaría nada a mi padre. Yo me encargaré de que nadie más me moleste. Y mira, las gafas ya están bien —afirmó Micaela, sonriendo tímida.
Sisi le sonrió de vuelta, sintiendo cierta pena y cariño por su amiga.
Al día siguiente, durante el recreo, Micaela se dirigió a la biblioteca, su lugar favorito para leer. Como estaba casi vacía, se sintió más tranquila y cómoda. Justo cuando extendía la mano hacia un libro, se topó de frente con el director de la Vega.