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Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Status: En proceso
Genre:Supervivencia
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Caro Tovar

Tras un accidente que la dejó sin vida… Iliana fue devuelta a ella por una ciencia que nunca debió intervenir.

Despierta sin memoria en una isla aislada, atrapada en un laboratorio donde la ética no existe. Su cuerpo ha cambiado. Su embarazo fue intervenido. Y aquello que le arrebataron se convirtió en el origen de una plaga capaz de destruir el mundo.

En una búsqueda desesperada por reencontrarse con sus hijos, halla un submarino equipado con una inteligencia artificial prodigiosa, capaz de protegerla, guiarla… Junto a su familia, navegará entre ruinas, enfrentando no solo a los muertos que caminan, sino a los vivos que han perdido toda humanidad.

En un mundo desgarrado por la infección, el miedo y la traición, decide luchar por lo que ama, resistir lo inevitable… y no rendirse jamás.

Una historia visceral y conmovedora que explora la memoria, la identidad y el amor inquebrantable en un mundo colapsado, donde el verdadero enemigo aún camina… y tiene rostro humano.

NovelToon tiene autorización de Caro Tovar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Frente a ellos. Donde el pasado y el presente se rozan.

Subió al taxi frente a ella. Sus manos temblaban ligeramente mientras acomodaba el bolso sobre su regazo. Cerró la puerta con cuidado, como si el simple sonido pudiera delatar el huracán que llevaba dentro. El conductor arrancó sin preguntar demasiado. El trayecto sería largo, pero no tenía prisa. Después de tantos años, treinta minutos más no cambiarían nada.

Apoyó la frente contra el vidrio frío y dejó que el paisaje desfilara ante sus ojos. Las calles eran las mismas y, sin embargo, parecían distintas. Las fachadas conservaban sus colores, los árboles seguían inclinándose hacia la acera como siempre, pero algo había cambiado. O tal vez no era la ciudad. Tal vez era ella.

Cada esquina traía un recuerdo. Una risa. Una carrera improvisada. Un llanto consolado con torpeza y amor. Sentía que su pasado caminaba a la par del taxi, rozando el presente sin fundirse del todo. Como si su antigua vida la mirara desde la vereda opuesta.

Cuando el vehículo comenzó a acercarse a la que había sido su casa, su respiración se volvió más lenta, más consciente. Sus ojos recorrieron cada detalle con avidez: la panadería de la esquina, el mural descolorido, la farola que nunca funcionaba del todo. Todo seguía ahí.

Y entonces la vio.

La calle de siempre.

Una sonrisa tímida, casi incrédula, se dibujó en su rostro. Por esa vereda caminaba tomada de dos manos pequeñas. Allí aprendieron a andar en bicicleta. Allí lloraron caídas y celebraron pequeños triunfos.

Unas cuadras antes de llegar, le pidió al taxista que se detuviera.

—Aquí está bien.

Pagó y descendió. Quería caminar. Necesitaba sentir el suelo bajo sus pies, como si al hacerlo pudiera asegurarse de que todo era real.

Cada paso despertaba un eco. Su risa superpuesta a la de los niños. Su voz llamándolos desde la puerta. El portazo suave al caer la tarde.

Llegó a la casa. Inspiró profundo. Tocó la puerta.

Un segundo. Dos.

Se abrió.

Pero no eran los rostros que esperaba.

Un hombre y una mujer desconocidos la miraron con curiosidad. Amables, pero ajenos. Su familia ya no vivía allí.

Sintió cómo el aire se le escapaba sin aviso.

Agradeció con un gesto mecánico y retrocedió. No tenía números. No tenía direcciones confirmadas. No tenía nada concreto. ¿Por qué nunca pidió un teléfono? ¿Por qué se convenció de que el destino la llevaría directo hasta ellos? ¿Miedo? ¿Orgullo? ¿La fantasía infantil de aparecer de sorpresa y ser recibida con brazos abiertos?

Ahora estaba ahí. En una ciudad que no la aguardaba. Frente a una casa que ya no era suya.

Recordó entonces las últimas pistas. A pocas calles vivía la familia del padre de sus hijos. Tal vez sabrían algo.

Caminó hasta esa otra casa. La observó desde la acera de enfrente. Reconocía cada ventana. Cada reja. Cada sombra.

Nunca la aceptaron. Nunca la quisieron. Se encargaron de hacerlo evidente cada vez que pudieron.

Sintió la vieja herida punzando bajo la piel.

No. No tocaría esa puerta.

No volvería a exponerse a ese juicio.

Se dio media vuelta.

Sus hermanas. Ellas siempre estuvieron. En la escasez. En la enfermedad. En la incertidumbre. Si alguien conocía el paradero de sus hijos, eran ellas.

Tomó otro taxi.

Esta vez el trayecto se hizo más pesado. La ansiedad se instaló en su pecho como una piedra. ¿Y si no la reconocían? ¿Y si su ausencia había creado un silencio demasiado profundo? ¿Y si la habían borrado para sobrevivir?

Sacudió la cabeza. No se permitiría retroceder ahora.

Cuando el taxi pasó junto al parque de siempre, su corazón dio un salto brusco.

Ahí estaban.

—Deténgase aquí, por favor —pidió, casi sin voz.

El vehículo se orilló. Pero ella no bajó.

Se quedó observando.

Más de tres años.

Y, sin embargo, el tiempo parecía haberse comprimido en ese solo instante.

Su hermana estaba sentada en una banca. El cabello castaño, ahora más corto, le enmarcaba el rostro. Había algo distinto en su expresión: una sombra leve bajo los ojos, una firmeza más marcada en la postura. Había resistido.

Junto a ella estaba su hija.

Alta. Esbelta. Mucho más grande de lo que Iliana recordaba. La niña que dejó atrás comenzaba a parecer una joven. Su cabello claro se movía con el viento y sus ojos, color miel, miraban el mundo con una mezcla de dulzura y alerta.

Y sus pequeños.

Correteaban sobre el césped, riendo sin sospechar nada. Más altos. Más delgados. Más definidos en sus gestos.

La niña ya no era una bebé. Sus rizos claros rebotaban mientras corría. Sus piernas eran largas, fuertes.

El niño… su niño. Había cambiado. En sus ojos oscuros había una seriedad que antes no existía. Como si el tiempo lo hubiera obligado a crecer antes de lo debido.

Habían crecido sin ella.

El peso de esa certeza cayó sobre su pecho con una fuerza inesperada.

—¿Se queda aquí o seguimos? —preguntó el conductor.

—Me quedo —respondió.

Pagó. Bajó.

Sus pies tocaron el suelo y, por un instante, todo se volvió inestable. Estaba a unos pasos. A una sola palabra de distancia.

Cruzó la calle. Lenta. Cada paso era una mezcla de deseo y miedo.

Se detuvo frente a ellos.

Su hermana levantó la mirada.

Sus ojos se encontraron.

Primero desconcierto. Luego incredulidad. Finalmente, reconocimiento.

Iliana lo supo antes de que dijeran nada.

Se arrodilló frente a los niños.

Ellos la miraron con curiosidad. Sin memoria. Sin historia compartida en su conciencia.

Para ellos era una desconocida.

Sintió cómo algo se quebraba por dentro.

Entonces una mano temblorosa se posó sobre su hombro.

Su hermana.

Se había acercado despacio, como si temiera espantar una visión. La tocaba con cuidado, como si confirmara que no era un espejismo.

Iliana se levantó y la abrazó.

Un abrazo largo. Torpe. Necesario.

Un abrazo por los cumpleaños ausentes.

Por las llamadas que nunca llegaron.

Por las preguntas que nadie supo responder.

Su hermana la sostuvo con fuerza, como si el miedo fuera que volviera a irse.

Y en medio del parque, con niños mirando confundidos y el sol descendiendo lento, lloraron.

No por debilidad.

Sino por todo lo que sobrevivió.

Y mientras las lágrimas corrían, Iliana entendió algo con una claridad nueva:

No había regresado para recuperar el pasado, sino para construir, al fin, un futuro que esta vez no la expulsara.

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Débora Jael Lemaire
muy bueno
caro Tovar: Gracias por el apoyo ☺️
total 1 replies
caro Tovar
Me encanta 😍
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