Un omega que no se doblega.
Un Enigma incapaz de amar.
Cuando el deseo rompe el control, solo una elección puede salvarlos… o destruirlos.
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Capítulo 1: El omega que no se arrodilla
El Castillo de Argenfall se alzaba como una herida abierta sobre la montaña.
No era un lugar construido para dar la bienvenida, sino para recordar quién tenía el poder. Sus murallas de piedra negra parecían beberse la luz del atardecer, y el viento que descendía desde los riscos traía consigo el olor áspero del hierro, la humedad del musgo y la ceniza de antiguas hogueras. Aquel castillo había visto guerras, pactos rotos y omegas convertidos en ofrendas políticas. La montaña entera parecía guardar memoria de eso.
Rhydian Vaelor avanzó por el patio interior sin bajar la mirada.
El murmullo de los soldados se alzó apenas lo vieron.
Un omega caminando entre filas de alfas armados siempre era un espectáculo incómodo. No porque fuera raro ver omegas en castillos —eran piezas frecuentes en juegos de poder—, sino porque Rhydian no llevaba la actitud que se esperaba de uno. No caminaba con pasos pequeños ni evitaba las miradas. No encogía los hombros. Su postura era firme, casi desafiante.
Tenía veintidós inviernos y un cuerpo marcado por la resistencia. No era grande, pero sí compacto, entrenado para correr, trepar, aguantar. Su piel, tostada por el sol de los caminos, contrastaba con el rojo oscuro de su cabello, que caía desordenado sobre su frente. En sus ojos ámbar había una dureza que no nacía del orgullo, sino de la costumbre de no esperar misericordia. Vestía cuero gastado en el pecho, un abrigo corto de lana oscura y botas curtidas por largas jornadas de viaje. En la cadera llevaba un puñal real, no ornamental. No confiaba en la hospitalidad de nadie.
Rhydian había aprendido a sobrevivir siendo omega en un mundo que prefería omegas dóciles.
Había aprendido a no inclinar la cabeza.
Al fondo del patio, sobre la escalinata de piedra, la presencia que dominaba el lugar no era el duque, sino el hombre que permanecía apenas un paso detrás de él.
Severin Nocthar.
Rhydian lo reconoció sin que nadie lo nombrara.
El Enigma del Norte era una figura que vivía en rumores: el estratega que no dormía, el monstruo elegante que no reclamaba omegas, el hombre que no parecía pertenecer a ninguna jerarquía conocida. Verlo en persona fue distinto a imaginarlo. Severin no imponía por gestos ni por voz, sino por ausencia de exceso. Su quietud era tan absoluta que hacía parecer inquietos a todos los demás.
Era alto, de complexión firme sin ser ostentosa. Su cabello plateado caía recogido a la espalda, y su armadura oscura no llevaba emblemas de gloria, solo marcas de uso. Su rostro era bello de una forma cortante: pómulos definidos, labios delgados, mirada pálida como el cielo de invierno. No había en él calidez ni crueldad visibles. Solo una atención fría, clínica.
Cuando Severin posó los ojos en Rhydian, algo en el cuerpo del omega reaccionó.
No fue sumisión.
Fue alerta.
Su omega se tensó como un animal ante una presencia que no podía clasificar. Severin no olía a alfa dominante ni a beta neutro. Olía a aire quieto, a un frío limpio que no prometía calor. Aquella ausencia de señal era, en sí misma, una amenaza para los instintos.
—Ese es el omega del que te hablé —dijo el duque con una sonrisa satisfecha—. Rhydian Vaelor, del valle de Cern. Dicen que no se inclina ante nadie.
Rhydian no apartó la mirada de Severin.
—No me arrodillo por costumbre —dijo—. Solo cuando vale la pena.
Un murmullo recorrió el patio. La osadía no era prudente. Severin descendió un escalón, luego otro, hasta quedar frente a él. No invadió su espacio, pero su presencia era suficiente para que el aire pareciera más denso.
—Las costumbres no son un valor en sí mismas —respondió Severin, con voz baja y neutra—. A veces son solo jaulas bien decoradas.
Rhydian parpadeó, sorprendido.
—Entonces no me metas en una —replicó.
Por un segundo, algo casi imperceptible cruzó la mirada gris del Enigma. No era diversión. Era interés.
—No necesito que te inclines —dijo Severin—. Necesito que no te rompas.
Aquella frase fue más peligrosa que cualquier amenaza.
Porque implicaba que había fuerzas dispuestas a intentarlo.
El viento azotó los estandartes. Rhydian sintió, con una certeza incómoda, que aquel encuentro no era un simple inicio de estancia en un castillo hostil. Era una colisión entre dos naturalezas opuestas: el omega que se negaba a doblarse y el Enigma que no sabía cómo ceder.
No hubo promesas.
No hubo vínculos.
Solo la sensación de que, desde ese momento, ninguno de los dos saldría ileso de la presencia del otro.