El sacrificio es solo el comienzo.
Para salvar a su hermana de una muerte segura, Elisabeth toma una decisión irrevocable: entregar su libertad y su sangre a la realeza de las sombras. Como la nueva sierva de sangre personal del príncipe Damián, su vida ahora se mide en gotas y se consume tras los muros de un palacio donde la luz del sol es un recuerdo lejano.
Damián es todo lo que las leyendas advierten: frío, letal y poseedor de una belleza tan peligrosa como su linaje. Sin embargo, tras la máscara de heredero implacable, Elisabeth descubre a un hombre atrapado en su propia inmortalidad. Lo que comienza como un contrato de supervivencia se transforma en una atracción magnética y prohibida que desafía las leyes de la naturaleza y los prejuicios de siglos de guerra.
Pero en el mundo de los inmortales, el amor es una debilidad que los enemigos no perdonan. Mientras su conexión crece, el destino comienza a tejer una red de traiciónes, secretos y una profecía antigua
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capítulo 7 :El Vals del Dominio
El aire entre los dos hermanos vibró con una estática tan violenta que los invitados más cercanos retrocedieron, dejando un círculo vacío a nuestro alrededor. Damián apretaba el puño sobre su espada; sus nudillos estaban blancos y sus ojos grises parecían dos tormentas a punto de desatarse. Silas, por el contrario, mantenía esa sonrisa lánguida y letal, disfrutando de la provocación.
Supe que, si uno de los dos atacaba, mi vida —y la paz del palacio— se acabaría en ese mismo instante.
—Basta —dije, mi voz apenas un susurro firme, pero cargada de una urgencia que los hizo congelarse.
Me interpuse entre ambos, sintiendo el calor abrasador que emanaba de Damián y el frío sepulcral de Silas. Puse una mano sobre el brazo rígido de Damián, rozando la tela de su chaqueta militar. Fue un gesto arriesgado, casi suicida para una sierva, pero sentí cómo sus músculos se tensaban bajo mi tacto antes de ceder mínimamente.
—Estamos en un salón lleno de ojos —continué, mirando a Damián con súplica y luego a Silas con toda la desconfianza que pude reunir—. Si lo que buscan es dar un espectáculo para que los demás linajes se rían de su falta de control, lo están logrando.
Silas arqueó una ceja, impresionado por mi osadía. Damián exhaló un aire pesado, su mirada bajando a mi mano sobre su brazo. El recordatorio de la "mala imagen" ante la corte pareció surtir efecto, o quizás fue el hecho de que yo me hubiera atrevido a intervenir.
—Tienes razón, pequeña fuente —cedió Silas, dando un paso atrás con una elegancia felina—. No querríamos que los invitados pensaran que no sabemos compartir nuestros... juguetes.
Damián no respondió al insulto de su hermano con palabras. En su lugar, envolvió mi cintura con su brazo de hierro, atrayéndome hacia él con una posesividad que me dejó sin aliento. Sus ojos brillaron con un fuego oscuro mientras miraba a Silas por última vez.
—El baile comienza ahora —sentenció Damián.
Sin darme tiempo a protestar, me arrastró hacia el centro del salón. La orquesta, que había bajado el tono, estalló en un vals rápido y dramático. No fue una invitación gentil; fue una orden física. Damián me obligó a seguir su ritmo, sus manos sujetándome con una fuerza que gritaba a todo el salón: “Ella es mía”.
Mientras girábamos bajo las lámparas de araña, sentí la marca en mi cuello arder bajo la mirada de cientos de vampiros hambrientos. Damián me obligaba a mantener la cabeza en alto, exponiendo la marca púrpura a cada rincón del salón. Cada giro era una exhibición de poder.
—Me estás usando —le siseé mientras sus ojos se clavaban en los míos, ignorando a la multitud.
—Te estoy salvando —respondió él, su aliento frío golpeando mis labios—. Si vieran que tengo la más mínima debilidad, te arrancarían de mi lado antes de que terminara la música. Baila, Elisabeth. Demuéstrales que no tienes miedo de estar junto al monstruo.
En ese momento, rodeada de depredadores y sujeta por el hombre que me había marcado, me di cuenta de la aterradora verdad: no estaba bailando en un palacio, estaba bailando en un campo de batalla. Y yo era el único territorio por el que valía la pena morir.Cuando la música finalmente cesó, mis pies dolían y mi garganta estaba seca, pero nada dolía tanto como la presión de todas esas miradas. Damián me soltó, aunque su mirada permaneció anclada a mí mientras varios nobles se acercaban a él para hablar de política y sangre. Aproveché ese segundo de distracción para escabullirme entre las pesadas cortinas de terciopelo que daban al balcón principal.
El aire de la noche me golpeó la cara, frío y puro, limpiando mis pulmones del olor a incienso y sudor dulce de los vampiros. Me apoyé en la barandilla de piedra, apretando mis manos contra el mármol frío.
—No puedes esconderte por mucho tiempo, Elisabeth.
Me sobresalté, girándome con el corazón en la boca. Pero no era Silas. Era Damián, que se había deshecho de los nobles para seguirme. Se quedó en el umbral, la luz de la luna bañando su figura y dándole un aspecto casi divino, si no fuera por la oscuridad que siempre parecía emanar de él.
—Solo necesitaba... aire —susurré, cubriéndome instintivamente el cuello con la mano.
Él se acercó con pasos silenciosos, deteniéndose justo detrás de mí. No me tocó, pero pude sentir su presencia rodeándome como una capa.
—Has sobrevivido a tu presentación —dijo, y por primera vez, no hubo crueldad en su tono, sino algo parecido al respeto—. Pero has despertado un hambre que no podrás saciar solo con obediencia. Silas no se detendrá, y la corte ahora sabe que eres mi único punto ciego.
Se inclinó sobre la barandilla, obligándome a mirarlo. Estábamos solos, lejos de los ojos de los demás, pero la tensión aquí era mil veces más peligrosa.
—¿Soy un punto ciego o un trofeo, Damián? —le pregunté, desafiándolo con la mirada.
Él no respondió con palabras. Extendió la mano y, con una delicadeza que me asustó más que su fuerza, rozó la marca que él mismo había creado. Sus ojos se oscurecieron, y en ese balcón, bajo la mirada de la luna, supe que el baile no había sido para la corte. Había sido para él. Para convencerse de que podía dejarme ir... y fallar en el intento.
—Eres el peligro que elegí correr —respondió finalmente, y supe que a partir de mañana, nada en el palacio volvería a ser igual.