Miranda y Laura han sido inseparables desde la infancia. Sin embargo, su amistad se ve puesta a prueba cuando Laura se enamora del novio de Miranda, David, y queda embarazada. La traición de Laura hiere profundamente a Miranda, quien decide llevar a cabo una venganza bien planificada, que culminará en una inesperada revelación
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El Latido Robados
Miranda
Cinco años atrás
Hay recuerdos que no se archivan en la memoria, sino que se graban a fuego en las cicatrices del alma. La traición de Laura y David era una de esas marcas purulentas. Lo que sucedió aquella noche en ese hospital público de Caracas no fue solo un crimen; fue mi consagración al abismo.
Habían pasado apenas tres semanas desde que recibí mi título de bachiller. En un mundo justo, debería haber estado celebrando con mi familia el haber obtenido uno de los mejores promedios del país. Mis padres y tíos ya habían abandonado el barrio, mudándose a una zona blindada gracias a las "gestiones" de la familia; ya no quedaba rastro de la Miranda que caminaba por calles polvorientas. Sin embargo, yo no estaba en una fiesta. Estaba sumergida en el motor de mi existencia y, al mismo tiempo, en mi mayor condena. Todos creían que había huido del país como una cobarde humillada. No sabían que estas semanas solo habían sido la tensa calma antes de mi tormenta.
El aire del hospital era una mezcla nauseabunda de desinfectante barato, sudor rancio y el olor metálico del miedo. Estaba escondida en las sombras de un pasillo del área de maternidad. A mi lado, el contraste era casi surrealista. Mi prima Charlotte, también de dieciocho años, permanecía sentada en una silla de hierro oxidado; su enterizo negro de alta costura y su expresión de absoluto asco la hacían parecer una deidad caída en un vertedero. En una esquina, Álvaro gritaba órdenes en un italiano cortante por teléfono.
Y junto a mí, mi mano derecha. Silencioso. Letal. Mi sombra italiana.
— Tutto è pronto, Miranda, —susurró él, su voz era un terciopelo frío que acariciaba mis nervios tensos—. I medici sanno cosa fare. Non ci saranno errori.
—Todo está listo, Miranda. Los médicos saben qué hacer. No habrá errores.
Éramos cuatro pares de ojos observando cómo el mundo de Laura se detenía mientras el mío terminaba de romperse. Los fragmentos de la Miranda tierna y soñadora se estaban evaporando. Lo que planeaba hacer esta noche acabaría con mi último vestigio de humanidad.
David no estaba con ella. No tuvo el valor de sostener su mano. Estaba afuera, refugiado en el consuelo de sus suegros y su madre. Mientras tanto, Laura estaba sola, desgarrándose en gritos de dolor sobre una camilla oxidada.
—¿Estás segura de esto, Miranda? —la voz de Álvaro resonó a mis espaldas. Había llegado de sorpresa junto a Ethan, mi jefe de seguridad, luciendo como un ángel exterminador en un traje militar de tela italiana.
—Me traicionaron, primo. Me humillaron frente a todos, y para un Rinaldi, eso es una declaración de guerra —respondí sin apartar la vista de la puerta de cristal—. Ella intentó destruir mi futuro. Ahora yo seré su destino.
—Entonces quítaselo —sentenció Álvaro con una frialdad que me heló la sangre—. El poder no se pide, Miranda; se toma. Si esa niña nace con ellos, será una moneda de cambio. Si nace con nosotros, será una Rinaldi. Una heredera.
—No será una Rinaldi, Álvaro —declaré, mi voz sonando como el choque de dos lápidas—. Le quitaré a la bebé, pero no la quiero conmigo. Irá a un orfanato. Que se pierda en el sistema como ellos intentaron perderme a mí.
Mi mano derecha asintió. El plan era quirúrgico. Él tenía "amigos" en cada grieta de esta ciudad decadente. Un par de maletines rebosantes de dólares fueron suficientes para comprar el cansancio de un obstetra y las deudas de una enfermera. La promesa era simple: una vida nueva en Italia, identidades falsas y protección absoluta a cambio de un “error" médico.
Entonces, escuché el primer llanto de Marian.
Algo en mi pecho se fracturó. Era un sonido débil, pero cargado de una vitalidad que me resultó insultante. Minutos después, la enfermera salió con un bulto envuelto en una manta amarillenta. Laura se había desmayado; su cuerpo no había resistido el castigo del parto.
—Dígale que hubo una complicación respiratoria —ordenó Álvaro al médico, quien temblaba mientras sostenía el fajo de billetes—. Dígale que nació muerta y que el protocolo exige llevarla a la morgue de inmediato. Que no la vea. Que no la toque.
—Y antes de que despierte —añadí, dando un paso hacia el médico, sintiendo cómo la oscuridad me poseía por completo—, asegúrese de que el trabajo sea definitivo. Laura jamás podrá volver a ser madre. Nunca.
El médico asintió, hundido en su propia degradación.
Cuando me entregaron a la bebé en un cuarto de servicio oscuro, el mundo pareció quedarse en silencio. Ella dejó de llorar en el momento en que sus ojos se clavaron en los míos. No vi a David. No vi a Laura. Vi un lienzo en blanco. Vi una vida que podía moldear a mi imagen y semejanza. En ese instante, el odio se transformó en una posesión enfermiza.
Miré a mi mano derecha. Él leyó mis ojos antes de que yo hablara.
— I piani sono cambiati, vero? —preguntó él en un susurro — Los planes han cambiado, ¿verdad?.
— Sì. Lei è mia, —respondí. —Sí. Ella es mía.
—Desde hoy, eres mía —le susurré a la pequeña al oído—. No tendrás su apellido, ni su miseria. Serás una reina. Tu palabra será ley.
Salimos por la puerta trasera hacia la camioneta blindada que nos esperaba. Ethan nos recibió con una sonrisa tensa mientras cerraba la puerta.
—Llamen a Alan. Necesito un documento nuevo —le dije a los presentes—. Laura me va a ceder la patria potestad de la niña por voluntad propia.
—¿Cómo piensas lograr ese milagro? —preguntó Charlotte con un brillo malicioso en su mirada azul.
—A través de una fachada. Usaremos esa fundación olvidada de la familia en Sicilia: L’Ultimo Rifugio. Laura firmará su propia sentencia creyendo que es su salvación.
Tres días después, mientras Laura sollozaba ante un ataúd lleno de piedras y David se hundía en el alcohol, mi mano derecha movió las piezas finales. La culpa es un arma, pero la esperanza es una correa. Dejamos que el dolor los consumiera hasta que estuvieron listos para creer en imposibles.
—Hubo un error en los registros —les dijeron los "enviados" de la fundación una semana después—. Su hija no murió. Fue trasladada a una clínica privada por la Fundación L’Ultimo Rifugio debido a una confusión administrativa. Pero la niña está grave... necesita tratamientos que este país no puede ofrecer.
Cegados por la desesperación, firmaron cada documento que mi mano derecha les puso enfrente. Cedieron la tutoría legal a una "entidad de protección" que no era más que un tentáculo de los Rinaldi. Creyeron que su hija volaba a España para salvarse. Nunca supieron que la mujer que subía a esa niña al jet privado era la misma "amiga" a la que le habían arrancado el corazón.
Presente
Hoy, sentada en mi cama mientras Cristian me rodea con sus brazos, el peso de ese secreto amenaza con asfixiarme. David le contó a Cristian que la aparición de Marian fue un "milagro". No sabe que ese milagro se compró con oro, sangre y un odio que no conoce fin.
—¿Miranda? Estás temblando —la voz de Cristian me arranca de la oscuridad.
—Es solo el frío de la noche, Cristian —miento, hundiendo mi rostro en su pecho.
Él no sabe que Philip, el hombre que llegó hoy, fue quien escoltó la cuna térmica al aeropuerto. No sabe que mi familia no solo me protege, sino que custodia el rastro de un secuestro legalmente perfecto. Si Cristian supiera que la niña que ama como a una sobrina es la hija robada de su mejor amigo, el azul de sus ojos se apagaría para siempre.
Ese es mi mayor terror: que para destruir a mis enemigos, tenga que terminar de romper al único hombre que realmente me ha amado. Porque sé que cuando la verdad estalle, el mundo entero se convertirá en esa habitación fría de hospital donde decidí que una venganza valía más que una vida.