Liam la cambió por dinero; ahora tendrá que inclinar la cabeza ante ella si quiere conservarlo. La venganza perfecta ha comenzado.
NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 21
La luz del primer día del año se filtraba a través de los pesados cortinajes de seda de nuestra suite, pero el calor que sentía no provenía del sol de invierno. Alexander seguía a mi lado, su respiración profunda y acompasada marcando el ritmo de un silencio que solo los que poseen el mundo pueden permitirse. Me quedé inmóvil, sintiendo el peso de su brazo sobre mi cintura, una cadena de oro y piel que me anclaba a mi nueva realidad.
Anoche, el Bloque 2 se cerró con el sonido seco del sobre rojo impactando en la mano temblorosa de Liam. Hoy, comenzaba el Bloque 3: El Poder de la Jerarquía. Ya no bastaba con estar por encima; ahora él tenía que aprender a mirar el suelo cada vez que yo entrara en la habitación.
Sentí el movimiento de Alexander. Sus dedos, largos y calientes, trazaron el contorno de mi cadera bajo la seda negra del camisón. Su boca buscó la curva de mi cuello, dejando un rastro de fuego que me hizo arquear la espalda instintivamente. En la penumbra de la mañana, su sensualidad era una fuerza gravitatoria. No había palabras suaves, solo la posesión absoluta de un hombre que me había dado las llaves del reino y ahora reclamaba su tributo con una intensidad que me dejaba sin aliento.
—Es hora, Luna —susurró contra mi piel, su voz cargada de esa ronquera que siempre me estremecía—. El servicio de desayuno está listo. Y nuestro sobrino nos espera para la primera recepción oficial del año.
Me giré entre sus brazos, hundiendo mis manos en su pecho desnudo. El contraste entre su firmeza y mi suavidad era el lenguaje que hablábamos cuando las puertas se cerraban.
—Haz que me espere, Alexander —respondí con una sonrisa lenta—. La Matriarca no tiene prisa. Él sí.
Alexander soltó una risa baja y peligrosa antes de volver a atrapar mis labios en un beso que sabía a victoria y a un deseo que nunca parecía saciarse. Nos perdimos el uno en el otro mientras el reloj de péndulo del pasillo marcaba las horas, recordándole a Liam, planta abajo, que su tiempo ya no le pertenecía.
Cuando finalmente bajé las escaleras, lo hice luciendo un vestido de lana virgen color marfil, cerrado hasta el cuello pero entallado con una precisión que recordaba a todos que el cuerpo bajo la tela era el de una mujer que había reclamado su trono. Alexander caminaba un paso detrás de mí, una sombra poderosa que validaba cada uno de mis movimientos.
Liam estaba de pie en el gran salón, junto a una Elena que lucía ojerosa tras la humillación de la noche anterior. Al vernos aparecer, Liam intentó mantener la barbilla alta, pero la mirada de Alexander lo obligó a claudicar.
—Buenos días, tío. Luna... —comenzó Liam, tratando de sonar casual.
Me detuve en el último escalón. El silencio se prolongó hasta que la tensión fue casi insoportable.
—¿Luna? —pregunté, ladeando la cabeza con una frialdad que congeló el aire—. Creo que el protocolo de Año Nuevo fue bastante claro, Liam. En esta casa, las jerarquías no son sugerencias. Son leyes.
Liam apretó los puños. Pude ver el latido frenético de la vena en su cuello. Elena lo codeó, aterrada de perder los últimos privilegios que les quedaban. Finalmente, Liam inclinó la cabeza en una reverencia rígida, casi dolorosa de ver.
—Buenos días... Tía Luna.
El sabor de esas palabras en su boca fue mejor que cualquier champán caro.
—Así está mejor —dije, bajando al fin y caminando hacia el comedor—. Siéntense. Tenemos que discutir tu presupuesto de gastos para este trimestre, sobrino. He decidido que tus tarjetas de crédito actuales sean canceladas. A partir de ahora, cada solicitud de fondo deberá pasar por mi escritorio con un formulario de justificación.
—¡Eso es ridículo! —estalló Liam, olvidando su sumisión por un segundo—. ¡Soy un Blackwood! ¡No puedo estar pidiendo permiso como un niño de internado!
Alexander se sentó a la cabecera de la mesa, observando su café con una indiferencia aterradora.
—Tu tía ha sido muy generosa al permitirte seguir viviendo bajo este techo tras tus últimos informes de rendimiento en la empresa —dijo Alexander sin levantar la vista—. Si no te gusta el protocolo, la puerta está abierta. Pero recuerda que fuera de estos muros, solo eres un hombre con deudas y un nombre que yo puedo borrar del registro mañana mismo.
Liam se desplomó en su silla, derrotado. Elena empezó a sollozar en silencio. Yo, mientras tanto, comencé a untar mantequilla en mi tostada con una calma absoluta. La venganza no era un plato frío; era un banquete que se servía cada mañana.
Por la tarde, me encontraba en la biblioteca privada de Alexander, revisando los libros de contabilidad de las propiedades en el extranjero. Sabía que Liam entraría. Lo había estado provocando todo el día, ignorando sus llamadas y haciéndole esperar horas para una firma insignificante.
La puerta se abrió. Liam entró sin llamar, cerrando con un golpe seco a sus espaldas. Ya no había rastro del sobrino obediente; solo quedaba el hombre desesperado que una vez me juró amor eterno antes de venderme por una herencia.
—¿Qué quieres, Luna? —preguntó, acercándose a la mesa de caoba. Su voz temblaba de rabia y algo que parecía una nostalgia enferma—. ¿Dinero? ¿Poder? Ya lo tienes todo. ¿Por qué sigues torturándome?
Me levanté lentamente. El sol del atardecer bañaba la habitación en tonos ocres, acentuando la elegancia del despacho. Rodeé la mesa hasta quedar frente a él. Estábamos tan cerca que podía oler el rastro de whisky en su aliento.
—No te torturo, Liam —susurré, acortando la distancia hasta que nuestras sombras se fundieron en la alfombra—. Simplemente estoy poniendo orden. Tú me enseñaste que en este mundo hay ganadores y perdedores. Yo solo aprendí la lección y cambié de bando.
Liam me tomó de los hombros con una brusquedad que me hizo vibrar. Sus ojos buscaban los míos, perdidos entre el deseo y el odio.
—Tú no eres esta mujer de hielo. Recuerdo cómo me mirabas en el orfanato. Recuerdo el calor de tu piel...
—Esa chica murió de frío en la calle el día que me diste aquel sobre con cien dólares —le solté las manos con un movimiento seco, como si me hubiera rozado un insecto—. La mujer que tienes delante es la esposa de Alexander Blackwood. Soy tu superior, Liam. Soy la que decide si duermes en una cama de seda o en la calle. No vuelvas a confundir los recuerdos con la realidad.
Él intentó atrapar mi cintura, un gesto desesperado de quien intenta recuperar una propiedad perdida.
—Sé que todavía me quieres. Me miras como si quisieras destruirme, pero eso es porque te duele. Vuelve conmigo, Luna. Podemos usar el dinero de mi tío y...
Me reí. Fue una risa clara, cristalina y letal que resonó en las paredes cargadas de libros.
—¿Volver contigo? ¿Para ser qué? ¿La amante de un hombre que tiene que pedirme permiso para comprarse un par de zapatos? —me acerqué a su oído, dejando que mi aliento rozara su lóbulo—. Alexander me da un respeto que tú no puedes ni deletrear. Él es un roble, Liam. Tú... tú solo eres la maleza que crece a su sombra.
Lo empujé suavemente, pero él retrocedió como si le hubiera dado un golpe físico. La puerta de la biblioteca se abrió de nuevo y Alexander apareció. No dijo nada, pero su sola presencia llenó el espacio, haciendo que Liam pareciera aún más pequeño y patético.
—Tu sobrino ya se iba, querido —dije, volviendo a mi asiento con una elegancia impecable—. Estaba justo dándome las gracias por la nueva asignación para el jardín de Elena.
Alexander caminó hacia mí y puso una mano sobre mi hombro, un gesto de dominio y protección que hizo que Liam apretara los dientes hasta que crujieron.
—Fuera —ordenó Alexander. Una sola palabra que bastó para que Liam saliera de la habitación casi corriendo.
Cuando la puerta se cerró, Alexander me giró para que quedara frente a él. Sus ojos ardían con un fuego que no tenía nada que ver con la contabilidad. Me sentó sobre el escritorio de caoba, apartando los papeles con un movimiento impaciente.
Sus manos subieron por mis muslos, deshaciendo la pulcritud de mi imagen pública en cuestión de segundos. El contraste entre la frialdad de la habitación y el calor de su cuerpo era embriagador. En la penumbra de la biblioteca, la sensualidad se convirtió en nuestra recompensa por la victoria del día.
—Te gusta verlo sufrir —murmuró Alexander contra mis labios, antes de reclamar mi boca con una urgencia que me hizo olvidar el nombre de Liam y de todo el mundo—. Te gusta el poder, Luna.
—Me gustas tú, Alexander —respondí entre jadeos, enredando mis dedos en su cabello—. Me gusta que el mundo se detenga cuando tú lo ordenas.
Nos entregamos el uno al otro sobre la misma mesa donde horas antes yo había recortado el futuro de mi traidor. Fue una unión salvaje, una reafirmación de que en esta casa, solo había una voluntad que importaba. La pasión de Alexander era mi ancla y mi corona; con cada roce, me recordaba que ya no era una víctima, sino la dueña de un destino que nosotros mismos estábamos escribiendo con sangre y seda.
Mientras descansábamos en el sofá de cuero frente a la chimenea, viendo cómo las llamas consumían los restos de leña, supe que el Bloque 3 apenas estaba comenzando. Liam creía que lo peor había pasado con el sobre rojo. No tenía idea de que el verdadero infierno no es el fuego, sino la frialdad absoluta de una mujer que ya no siente nada por él excepto un profundo y elegante desprecio.
el sonido de la nieve golpeando el cristal. Afuera, el mundo estaba congelado. Adentro, en los brazos del hombre que lo era todo, yo nunca me había sentido más poderosa.