Historia romántica
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Capítulo 10
La mañana siguió lenta, como si ninguno de los dos tuviera apuro por volver al mundo real. La luz entraba cada vez más por la ventana y el sillón ya no era el lugar más cómodo, pero ninguno proponía levantarse de verdad.
Elena estaba sentada de costado, con las piernas sobre el sillón, y Martín apoyado contra el respaldo, mirándola en silencio. Esa forma que tenía de mirarla empezaba a ponerla nerviosa… pero no era un nervio incómodo. Era esa sensación en el estómago, ese calor que ya reconocía.
—¿Qué? —preguntó ella sonriendo.
—Nada. Estoy pensando.
—Eso nunca es bueno.
Martín estiró la mano y la tomó de la cintura, acercándola despacio hacia él.
—Estoy pensando que cada vez que te tengo cerca, después no quiero que te alejes.
Elena quedó muy cerca de su cara. Podía sentir su respiración en los labios otra vez, como la noche anterior, como si entre ellos siempre existiera esa distancia mínima.
—Eso es un problema —susurró ella.
—Sí. Bastante.
Y la besó.
Pero esta vez el beso fue distinto. No tenía la timidez del principio ni la calma de la noche. Era un beso con más ganas, más firme, como si algo entre ellos hubiera cambiado durante la madrugada.
Elena pasó una mano por su pelo y se acercó más, sin pensar demasiado. Martín la tomó de la cintura y la sentó sobre sus piernas, sin dejar de besarla. El movimiento fue natural, como si los dos hubieran pensado lo mismo al mismo tiempo.
Elena sintió su corazón latiendo fuerte otra vez, pero esta vez no era solo nervios. Era deseo, era cercanía, era la sensación de que ya no había tanta distancia entre ellos.
Martín dejó de besarla unos segundos y la miró. Esa mirada otra vez. Intensa. Como si la estuviera eligiendo en ese momento.
—Me volvés loco —dijo en voz baja.
Elena se rió apenas, pero no se bajó de sus piernas.
—No es mi intención.
—No te creo nada.
Él volvió a besarla, pero ahora bajó despacio hacia su cuello, dejando besos suaves que hicieron que Elena cerrara los ojos y apoyara la frente en su hombro. Sus manos se apoyaron en la espalda de él, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la ropa.
Todo era lento, pero cada vez más intenso.
Elena respiró hondo cuando él volvió a buscar su boca. Sus manos se movían despacio por su espalda, por su cintura, como si la estuviera conociendo de memoria.
Se separaron apenas para respirar, pero seguían abrazados.
—Elena… —dijo él en voz baja.
—¿Sí?
—Me encantas.
Ella lo miró en silencio unos segundos, todavía muy cerca.
—Vos también me encantas.
Se quedaron mirándose así, sin hablar, con esa tensión que ya no era nervios ni duda. Era algo mucho más fuerte.
Martín apoyó la frente contra la de ella y la abrazó más fuerte, y por un momento no se besaron, no hablaron, no se movieron.
Solo se quedaron así.
Porque a veces la parte más intensa no es cuando pasa todo.
Es el momento justo antes.