Askary ya murió una vez.
Y cuando despertó de nuevo, el mundo la señaló como villana.
Reencarnada en una historia que conoce demasiado bien, Askary comprende que no habrá redención sin sangre. Traicionada por quienes juraron protegerla, aprende a moverse entre intrigas, deseo y poder, mientras hombres peligrosos la rodean con intenciones que oscilan entre la obsesión y la devoción.
En un reino donde la virtud es una máscara y la crueldad una moneda corriente, Askary deberá elegir: aceptar el destino que le fue impuesto… o abrazar la oscuridad que la reclama.
Porque algunas villanas no nacen.
Se forjan.
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CAPÍTULO IX
Caminaba por el estrecho sendero de la mansión, sintiendo cómo la madera crujía bajo mis botas con un gemido seco, similar al de los huesos de un enemigo bajo el peso de la bota. Mi mente, sin embargo, se encontraba a kilómetros de distancia, diseccionando la anatomía de la familia Lucio. Uno de esos niños, con la piel curtida y los ojos hambrientos, era Flexv, la piedra angular sobre la que pensaba erigir los cimientos de mi futura arquitectura imperial. Debía observarlos con la precisión de un cirujano; identificar cada tic nervioso, cada destello de genio o de debilidad en sus miradas infantiles. En este juego de sombras, el talento no era una bendición, sino una herramienta que yo pensaba afilar hasta que cortara el mismo tejido de la realidad.
—Princesa —la voz de Miel, suave como el terciopelo pero con el filo de una guillotina, interrumpió mis cavilaciones. Apareció a mi lado portando una tetera de plata de la que emanaba el aroma punzante del té verde y la menta fresca, un olor que intentaba, sin éxito, ocultar el hedor a humedad que siempre parecía emanar de los rincones más oscuros de esta mansión—. El príncipe la aguarda. Su paciencia, aunque fingida, parece estar llegando a un límite peligroso.
—Que se agote. El tiempo de los tiranos es un lujo que no pienso subvencionar con mi prisa —respondí, permitiendo que mi capa ondulara tras de mí como un ala de cuervo.
Al entrar en el salón, lo vi. Ahí estaba el infeliz, sentado con una paz que me resultaba visceralmente insultante, envuelto en una magnificencia que parecía una burla a la miseria que rodeaba los muros de mi hogar. Sus ropas eran de un blanco tan nuclear, tan libre de toda mancha de esfuerzo o de vida, que herían la vista. Se podía percibir, incluso a varios pasos de distancia, el olor a limpio, a jabones de importación y aceites florales que pretendían enmascarar la podredumbre moral que desprendía su linaje. Era un muñeco de porcelana en un mundo de carne y sangre.
—Me alegra, Su Alteza, que encuentre en mi ducado el escenario perfecto para distraer su mente ociosa y su cuerpo privilegiado —hablé, dejando que el sarcasmo goteara de mi lengua como veneno de los colmillos de una víbora—. Es gratificante saber que nuestro barro no mancha su reputación.
Él adoptó una postura cabizbaja, ensayando una sumisión que no le creía ni por un segundo. Sus manos, blancas y delicadas, descansaban sobre sus muslos como palomas moribundas. —Me gustaría que la princesa me concediera el honor de mostrarme cómo va todo en este... rincón del mundo —habló con una voz que pretendía ser humilde, pero que ocultaba la arrogancia del que se sabe dueño de todo lo que ve.
Con mi orgullo arrastrándose por el suelo polvoriento, lo llevé a recorrer el lugar. Cada frase que salía de su boca era una estupidez envuelta en seda; se reía con una cadencia cristalina, como una dulce sirena que atrae a los marinos hacia los arrecifes para verlos ahogarse.
—Princesa... ¿ya no deseas ser mi amiga? —preguntó de pronto, deteniéndose frente a un rosal marchito y clavando en mí unos ojos de cordero degollado.
No quise girarme del todo. Sabía que si veía su rostro de cerca, la tentación de arrancarle cada diente de leche, uno a uno, hasta que su boca fuera un pozo de sangre, sería incontrolable. Deseaba sentir la resistencia del calcio cediendo ante mi fuerza.
—Príncipe, como su súbdito más leal, mi única preocupación es su bienestar. Como bien saben Su Majestad y usted, estamos intentando remendar los jirones de este territorio. No me siento tranquila sabiendo que su preciada vida podría apagarse en un callejón por culpa de nuestra ineficiencia. Le suplico, por su propia seguridad, que mañana mismo regrese a la capital —sonreí, una mueca de falsedad tan vasta que sentí cómo los músculos de mi rostro protestaban.
—Querida princesa —una doncella del séquito real, una mujer cuyo rostro exudaba la arrogancia barata de quienes sirven a los poderosos, intervino con un sarcasmo que me erizó la piel—. ¿Acaso está usted echando a Su Alteza del ducado? Me parece una falta de etiqueta... inquietante.
El príncipe se giró hacia ella con un enojo leve, casi ensayado. Yo, por mi parte, sentí cómo el ki en mis venas se agitaba, buscando una salida. —Solo te respondo porque eres una mujer atrapada en la órbita del príncipe y mi bondad me impide ignorar a los de menor estatus —me paré justo enfrente de ella, invadiendo su espacio personal hasta que pudo oler el té amargo en mi aliento—. Como sabrás, mujer, esta zona es un nido de serpientes. Casi me secuestran hace unos días para fines que tu mente limitada no querría procesar. Como no tengo cómo defender al príncipe si una turba armada aparece, ¿vas a tomar tú la responsabilidad cuando su cabeza ruede por el suelo?
La mujer palideció. Se desplomó en una súplica patética, sus rodillas golpeando el suelo con un sonido seco. —Lamento mi falta de respeto, princesa... juro que no volveré a interferir en sus comunicaciones.
Miel se acercó a mi oído, su aliento cálido contrastando con mi piel gélida. —Es un lacayo de tu hermana Elsa, mi señora. Una rata enviada para roer los cimientos de tu autoridad.
—Levántate. No puedo permitir que una sirvienta de mi querida hermana manche mi suelo con sus sollozos —dije, viendo cómo la mujer se ponía de un rojo violáceo de pura vergüenza. El príncipe fruncía el ceño, confundido por mi mención a Elsa—. Por favor, cuando regreses a su lado, envíale mis saludos más... sinceros.
Caminé hacia los niños Lucio, que nos observaban desde la distancia con ojos como platos. Mi máscara cambió al instante; la frialdad se evaporó para dar paso a una sonrisa de miel y veneno. —Hola —les saludé, inclinándome para estar a su altura—. Espero que se sientan a gusto en este hogar. Pueden venir a buscarme para jugar siempre que lo deseen. Si necesitan algo, cualquier cosa, acudan a mí o a Miel —les entregué unos caramelos que tenía escondidos en mis mangas, pequeños sobornos dulces para ganarme su lealtad antes de que supieran qué era la política.
Aceptaron los dulces con una alegría que me revolvió el estómago por su pureza. El príncipe carraspeó, incómodo por el tiempo que dedicaba a la "plebe". —Les presento al príncipe. Lamentablemente, su agenda lo obliga a partir mañana —dije, bebiendo un sorbo del té que Miel me entregó. El amargor me devolvió la claridad—. Mañana temprano, niños, los espero en mi sala personal. Vamos a desayunar y a estudiar. Hay mucho que aprender sobre cómo funciona el mundo real.
Se despidieron con una reverencia torpe y se marcharon. El resto del recorrido fue un ejercicio de sadismo pasivo. Llevé al príncipe por las zonas más ruines de la mansión y el ducado, callejones donde los mendigos se agolpaban como ratas en busca de calor. Él se negaba a tocar las superficies, se recogía las sedas blancas para que no rozaran el suelo manchado de inmundicia. Yo, en cambio, los miraba a los ojos. Veía en ellos el reflejo de mi pasado: seres abandonados y menospreciados por una sociedad que los consideraba estorbos. La actitud del príncipe solo confirmaba que su corazón era un órgano atrofiado, incapaz de sentir nada que no fuera su propio ego.
—Es su deber conocer la miseria de sus súbditos, Alteza. Ellos también sangran, aunque su sangre no sea tan azul como la suya —sonreí mientras repartía pan entre las manos sarmentosas de los pobres—. Ahora, volvamos. El trabajo de una gobernante nunca termina.
Mientras caminábamos, fui trazando mapas mentales de reconstrucción. Casas de piedra, sistemas de alcantarillado, auditorías para los recaudadores de impuestos que sangraban a los inocentes. Necesitaba que el anciano sabio aceptara ser mi maestro para legitimar mi posición. Necesitaba que el mundo viera a una niña pródiga mientras yo construía la guillotina que decapitaría a este sistema podrido.
—Príncipe, mis escoltas lo acompañarán mañana a usted y a su doncella. Me disculpo, pero el trabajo me reclama —me incliné con una cortesía mecánica y me alejé hacia la zona del mercado, donde el olor a pescado podrido y especias baratas era casi sólido.
Era difícil buscar precios justos en un mercado donde todos intentaban estafarte por el simple hecho de llevar seda. Quería regatear cada moneda, no por tacañería, sino por el placer de la conquista económica. Utilizar mi influencia para bajar precios era una opción, pero mi moral de guerrera prefería la astucia del comerciante. Miel me recordó que Lu Clien, mi maestro, tenía contactos con constructores que conocían los secretos de la cal y el canto.
Mi objetivo final era la muralla. Sabía que los recaudadores de impuestos desviaban el tesoro nacional antes de que llegara a mis manos. Era hora de una auditoría de sangre. Pero para ello, necesitaba la sabiduría del anciano atado. Necesitaba demostrar que la princesa menor era capaz de realizar proezas que dejarían en ridículo a sus hermanos mayores. Quería mi propio ejército, mi regimiento azul, hombres que morirían por mi honor y que no se dejarían comprar por el oro del emperador.
Regresamos a la mansión al atardecer, cuando el cielo se tiñe del color de una herida abierta. —Miel, vamos. Debo hablar con la arquitecta.
Montamos un caballo y cabalgamos hasta donde se encontraba Lu Clien. El maestro vino casi al trote, con una energía que me resultaba agotadora. —¡Mi princesa! —exclamó, su voz empalagosa rompiendo el silencio del crepúsculo—. La arquitecta está extasiada. Dice que su metodología para la cámara térmica es una obra de genio.
Miró a Miel y su rostro se tornó de un rosa patético. Eran dos seres demasiado dulces para el mundo que yo estaba construyendo. La señora Ryes, la arquitecta, se acercó con una timidez que no encajaba con su reputación. Era una mujer cuya belleza había madurado como un fruto bajo el sol de otoño; sus arrugas eran surcos de sabiduría técnica.
—Es un honor, princesa West —se inclinó—. Su habilidad para diseñar este sistema de flujo de agua y calor me ha dejado sin palabras. Es... perturbadoramente eficiente para alguien de su edad.
—El honor es mío, señora Ryes —respondí, bajando del caballo—. Me alegra que una profesional pueda dar forma a mis "ideas aniñadas". Quiero que coordine los detalles con mi maestro y con Miel.
Ryes se sorprendió al ver el trato que le daba a mi dama de compañía. —Lamento no haberla saludado adecuadamente, señorita West —dijo, inclinándose ante Miel.
Una sonrisa amarga, apenas audible, escapó de mis labios. —No se disculpe. Miel es mi familia. En este imperio donde todos buscan apuñalarte por la espalda, ella es el único escudo que no ha fallado. La quiero como a la madre que la biología me negó.
Ryes asintió, visiblemente conmovida. —Venga mañana, señora Ryes. Tenemos que hablar de un segundo proyecto. Un trabajo de seguridad nacional, sumamente delicado. Su salario será doble, pero su silencio debe ser absoluto.
Cuando la arquitecta se marchó, Miel me regañó en voz baja. —Señorita, no debe decir esas cosas frente a extraños... las jerarquías existen por algo.
Lu Clien asentía con la cabeza, haciéndome señas extrañas que solo él entendía. —Miel, nadie en este imperio podrido te va a rebajar. En mi corazón, eres mi mundo entero. Haré que cada uno de tus deseos se vuelva una realidad de mármol.
—Mi dulce princesa... —intervino el maestro con esa inocencia irritante—, su madre biológica aún respira. ¿No teme que sus palabras la hieran si llegan a sus oídos?
—Mi "dulce" maestro —respondí con una voz que hizo que el aire se enfriara un par de grados—, hay veces que el silencio es la mejor investigación que puedes hacer. No hables de lo que no comprendes. Mañana, cuando el sol profane el horizonte, nos vemos en mi sala de estudio. No llegues tarde si valoras tu paciencia.
Me marché hacia mis aposentos, pero antes de entrar, me giré. Lu Clien me miraba con una expresión de perrito castigado. Le mostré el dedo del medio con una elegancia deliberada y vi cómo su mandíbula casi golpeaba el suelo. Reí por dentro mientras cerraba la puerta.
¡Clic! El sonido de una rama rompiéndose bajo un peso torpe me puso en alerta. El aroma a perfume de jazmín y el ritmo cardíaco acelerado de alguien que no sabe esconderse delataron al príncipe. Estaba espiando desde las sombras del jardín. Pero hoy no tendría el placer de mi atención ni de mi odio. Cerré las cortinas con violencia, dejando al mundo y a sus príncipes de seda en la oscuridad, lista para sumergirme en el único consuelo que me quedaba: mis libros, mis planos y mi innegociable sed de venganza.
Es un hecho, antes de señalar a alguien, aprende a corregir tus errores.
En fin, disfruta más de la novela, y si tienes una corrección envía por privado o algo, no hace falta que tengas que demostrar cuánto sabes humillando a alguien que escribe y estudia al mismo tiempo.
Estoy segura que nuestra autora fav, se le pasó por alto tal conjugación.
Sigue disfrutando con amor💕💕
Gracias autora!!! Tremendo capp