trata sobre un arreglo matrimonial entre familias poderosas
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Capítulo 5: El Umbral del Destino
El sol de mayo entró por los ventanales de la habitación de Elena en la mansión Valerius, iluminando las sábanas de seda egipcia. Era su cumpleaños número 18. Para cualquier otra chica, esto significaría libertad, pero para Elena, significaba que el cronómetro del contrato matrimonial acababa de llegar a cero.
Se miró en el espejo de cuerpo entero. A sus 18 años, Elena era la encarnación de la elegancia heredada. Medía 1.68 metros, su piel tenía el brillo de la juventud cuidada con los mejores productos del mundo, y su mirada avellana tenía ahora un matiz de melancolía que la hacía ver más madura. Llevaba un camisón de encaje negro, un regalo que Ethan le había enviado esa misma mañana con una nota que decía: “Hoy el mundo te reconoce como mujer, pero tú sabes que siempre has sido mía”.
—Feliz cumpleaños a mí —susurró, sintiendo un nudo en el estómago.
El sonido de un helicóptero rompió el silencio de la mañana. Elena corrió al balcón y vio el aparato con el logo del Grupo Steelwood aterrizando en el helipuerto privado de la propiedad. Solo había una persona que llegaría así.
Diez minutos después, la puerta de su habitación se abrió sin que nadie llamara. Ethan, de 19 años, entró con la potencia de un huracán controlado. Había crecido un poco más, alcanzando casi los 1.92 metros, y su espalda parecía aún más ancha bajo su traje hecho a medida. Su rostro, marcado por la falta de sueño y la responsabilidad de miles de empleados, se suavizó por una fracción de segundo al verla.
—Elena —dijo él. Su voz era más profunda, un barítono que vibraba en las paredes—. Feliz cumpleaños.
Él no traía flores. Traía una carpeta de cuero y una caja pequeña de una joyería que no tenía sucursales, solo citas privadas. Se acercó a ella, ignorando que ella aún estaba en ropa de dormir, y la tomó de la cintura, levantándola ligeramente para besarla. Fue un beso que sabía a posesión definitiva.
—Dieciocho años —murmuró él contra sus labios—. Ya no hay más excusas de los abogados, Elena. Ya no hay más “esperar a que crezca”. Tu padre y yo acabamos de firmar la ratificación del acuerdo.
Elena se separó un poco, buscando aire.
—¿Ni siquiera vas a dejarme desayunar antes de hablar de contratos, Ethan? Acabo de despertar.
—No es solo un contrato —él abrió la caja pequeña. Dentro había un diamante de corte esmeralda tan grande y puro que parecía capturar toda la luz de la habitación—. Este es el anillo oficial de compromiso de la familia Steelwood. El que usó mi abuela y mi madre. Es tuyo ahora.
Él tomó su mano izquierda. Sus dedos largos y fuertes, que esa misma mañana habían firmado órdenes de compra por millones de dólares, temblaron casi imperceptiblemente mientras deslizaba el anillo en el dedo anular de Elena.
—A partir de hoy —continuó Ethan, su mirada verde clavada en la de ella—, no vives bajo las reglas de Marcus Valerius. Vives bajo las mías. El mes que viene es la boda. Ya he reservado la catedral y la isla privada para la luna de miel.
Elena miró la joya, que pesaba en su mano como un recordatorio de su destino.
—¿El mes que viene? ¡Ethan, ni siquiera he elegido el vestido! Mi madre querrá organizar una fiesta de compromiso primero…
—No habrá más fiestas de compromiso —la interrumpió él, tomándola del mentón para que no desviara la mirada—. No quiero a más tipos como Silas Vane o Dante Ricci mirándote mientras celebras que vas a ser mía. Quiero que seas mi esposa antes de que empiece el verano. No voy a darles a nuestros enemigos ni un día más para intentar sembrar dudas entre nosotros.
La tensión entre ellos durante las semanas siguientes fue asfixiante. Ethan estaba en modo “conquistador”: controlaba cada detalle de la vida de Elena, desde quién diseñaba su vestido hasta el equipo de seguridad que la seguía al salón de belleza.
Una tarde, Elena decidió que necesitaba un respiro. Sin decirle nada a sus guardaespaldas, se escapó por la puerta de servicio de una tienda de ropa y se fue a caminar por un parque público, disfrutando del anonimato entre la gente común. Se sentó en un banco a comer un helado barato, sintiéndose, por primera vez en años, una chica normal de 18 años.
La paz duró exactamente quince minutos.
Tres camionetas negras frenaron en seco frente al parque. Los transeúntes se apartaron asustados cuando una docena de hombres trajeados bajaron, liderados por un Ethan que parecía estar a punto de incendiar la ciudad.
Él caminó hacia ella a través del césped, ignorando los letreros de “no pisar”. Su rostro era una máscara de furia pura. Cuando llegó frente a ella, su sombra la cubrió por completo.
—¿Tienes idea —dijo él, su voz tan baja que era casi un siseo— de lo que me costó no llamar a la policía nacional y denunciar un secuestro?
—Solo quería un helado, Ethan —dijo ella, tratando de sonar valiente aunque le temblaban las manos—. Quería estar sola. Sin que diez hombres miren cómo mastico.
Ethan se inclinó, poniendo sus manos en el respaldo del banco, atrapándola.
—No vuelvas a hacer esto. Nunca. Mis enemigos saben que eres mi punto débil, Elena. Si te pasa algo, no solo me destruyes a mí, destruyes dos imperios. Pero lo más importante… —se acercó a su oído, y ella pudo sentir el calor de su rabia— …me dejas sin la única razón que tengo para no volverme un maníaco absoluto.
Él la levantó del banco por el brazo, no con fuerza para herirla, pero sí con una autoridad incuestionable.
—El helado se acabó. Vamos a casa. Y a partir de hoy, tendrás a Leo en la puerta de tu habitación las 24 horas hasta el día de la boda.
—¡Eso es una locura! —protestó ella mientras él la guiaba hacia la camioneta—. ¡No soy una prisionera!
—Eres mi prometida —respondió él, abriéndole la puerta—. Y si tengo que convertir tu vida en una fortaleza para asegurarme de que llegues al altar, lo haré. Aprende a disfrutar de tu jaula, Elena, porque el dueño es el único hombre que te amará lo suficiente como para no dejarte escapar jamás.
Esa noche, en la soledad de su habitación, Elena comprendió que el Ethan de 19 años ya no era el niño que le daba dulces. Era un hombre que la quería con una intensidad que rozaba lo patológico, una mezcla de amor devoto y control absoluto que la hacía sentir, al mismo tiempo, la mujer más protegida y la más asfixiada del mundo.
Faltaban solo 24 horas para la boda. La mansión Steelwood estaba decorada con miles de orquídeas blancas traídas de Tailandia. El ambiente era de una calma tensa, como el ojo de un huracán.
Ethan estaba en la biblioteca, bebiendo un whisky puro frente a la chimenea. El fuego iluminaba las líneas duras de su rostro. Escuchó el roce de una tela contra el suelo y supo que era ella. Elena había cruzado el pasillo que conectaba las dos alas de la mansión (se estaba quedando allí por insistencia de Isabella para “facilitar la logística”).
Llevaba un camisón de seda color perla que se deslizaba por su cuerpo como agua. A sus 18 años, bajo la luz tenue, parecía una diosa de la antigüedad.
—No puedo dormir —dijo ella, acercándose al fuego.