Isabela Voss murió a los 27 años en su mundo original: una vida humana común, llena de rutinas, decepciones y un vacío que nunca pudo llenar. Trabajaba en una oficina, tenía pocas amistades y creía que el afecto o la conexión profunda eran cosas lejanas o imposibles. Murió en un accidente inesperado, sin saber que su destino no terminaba ahí: despertó en el Abismo, un reino profundo, eternamente oscuro, caótico y habitado por seres sobrenaturales que los humanos solo imaginan en sus peores pesadillas. Al llegar no tenía nada: ni ropa adecuada, ni fuerza, ni idea de dónde estaba. Solo su nombre, una mente clara y una voluntad de hierro que ni la muerte pudo romper. El dueño absoluto de ese territorio es Lucien Drakar, un príncipe demonio de sangre antigua, descendiente de la primera estirpe que habitó las profundidades. Antes de que Isabela apareciera, su vida era eterna, solitaria y sin propósito más que sobrevivir y dominar. Gobernaba con mano de hierro, destruía sin dudar a cualquier
NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9: Reglas de un mundo que no entiendo
Recorrimos los últimos pasillos del nivel más alto, y cuando regresamos a la zona central, donde los techos eran más altos y el fuego oscuro ardía con más intensidad, Lucien se detuvo en seco. Me mantuvo de la mano, firme, y se giró hacia mí. Su expresión había cambiado: ya no era la del guía orgulloso ni la del amante tierno, sino la del gobernante absoluto, el príncipe que conocía cada ley, cada peligro y cada verdad de este lugar. Sus ojos brillaban con seriedad, y apretó mis dedos suavemente, como si quisiera grabar en mí cada palabra que estaba a punto de decir.
—Ya has visto dónde vives, ya sabes quién soy y qué es este castillo —empezó a decir, con esa voz profunda que hacía vibrar el aire mismo—. Pero para sobrevivir aquí, para estar segura y para que nadie dañe lo que es mío, debes entender algo fundamental: este mundo no funciona como el tuyo. Aquí no hay leyes escritas en papeles, ni reglas que todos deciden juntos. Aquí la única ley es la fuerza, y la única verdad es la que yo digo. Pero hay cosas que debes saber, reglas que debes seguir, si quieres moverte por estas tierras sin correr peligro.
Me llevó hasta un banco de piedra cubierto con pieles suaves, nos sentamos y me miró fijamente, asegurándose de que estuviera prestando toda mi atención.
—Escúchame bien, Isabela. Estas son las reglas del Abismo, y son también las reglas de mi casa, de mi vida y de lo que nos une.
Hizo una pausa, y comenzó a enumerar, despacio, claro, sin dejar ningún detalle fuera:
—Primera regla: Todo lo que brilla o es extraño, no se toca sin preguntar. Aquí hay cosas que parecen hermosas, piedras que brillan, plantas de colores intensos, objetos que llaman la atención. Muchos de ellos son peligrosos. Algunos queman, otros envenenan, otros atan el alma. Lo que para ti puede parecer una curiosidad, aquí puede ser tu muerte. Si ves algo que no conoces, si algo te llama la atención, me lo preguntas a mí o a quienes te cuidan. Nunca lo toques por tu cuenta.
Asentí, guardando cada palabra. Pensé en las plantas que habíamos visto antes, en las armas, en los símbolos grabados en las paredes. Todo tenía un significado, todo tenía un poder que yo no comprendía.
—Segunda regla: La debilidad atrae al peligro —continuó, y su voz se endureció un poco—. En tu mundo, ser suave, ser amable, ser pequeño es algo bueno o al menos algo seguro. Aquí no. Aquí, cualquier señal de que no puedes defenderte, cualquier muestra de miedo excesivo, cualquier paso inseguro… es una invitación para que te ataquen. Las criaturas de aquí huelen el miedo, huelen la fragilidad. Yo te protejo, sí. Yo mato a cualquiera que se acerque con malas intenciones, sí. Pero cuando caminas por los pasillos, cuando te cruzas con otros, debes caminar con la cabeza alta, debes mirar como si fueras la dueña de todo, porque lo eres. Debes recordar que estás conmigo, y que ser mía te hace la criatura más fuerte de todas.
—¿Incluso si no tengo poderes? —pregunté, bajando un poco la vista, consciente de que, frente a él y frente a todos los seres de este lugar, yo era solo humana.
Lucien levantó mi barbilla con dos dedos, obligándome a mirarlo a los ojos.
—Tu poder no está en tus manos, ni en magia, ni en fuerza física —dijo con firmeza—. Tu poder es yo. El hecho de que yo te quiera, de que yo te proteja, de que yo mataría mil veces por ti… eso te hace intocable. Esa es tu fuerza. Y debes llevarla contigo a todos lados.
Soltó mi barbilla y siguió hablando:
—Tercera regla: Nadie te hace preguntas, y tú no respondes a nadie que no sea yo, ni Morgrath, ni Lirael. Aquí, los seres de alto rango, los guerreros, los jefes de clanes… todos tienen orgullo. Creen que saben todo, creen que tienen derecho a saberlo todo. Si alguien te pregunta de dónde vienes, qué eres, qué haces aquí… no contestas. Bajas la mirada o sigues tu camino. Solo a mí me cuentas tus cosas, solo a mí me dices lo que piensas. Tu vida, tu historia, tus pensamientos… son propiedad privada. Y lo que es mío, no se comparte con nadie.
—Cuarta regla: La distancia es seguridad —añadió, mirándome con seriedad absoluta—. Hay criaturas aquí que no son demonios, hay seres antiguos, hay razas que no me son leales. Nunca te alejes del castillo sin mí. Nunca entres en salas cerradas, ni en pasillos que no conozcas. Nunca te quedes sola en zonas donde no haya nadie de mi confianza. Este castillo es inmenso, y aunque es mi hogar, también tiene rincones oscuros donde se esconden cosas que no quiero que veas. Y fuera de estos muros… el peligro es mil veces mayor. No quiero tener que ir a buscarte a la fuerza, ni tener que destruir todo un territorio solo porque te alejaste sin saber.
Hizo una pausa, respiró hondo y continuó, bajando un poco la voz, volviendo a esa mezcla de dureza y ternura que solo él tenía:
—Y la regla más importante, Isabela… la que está por encima de todas las demás: Tú eres mía. Y eso significa que nadie te mira demasiado, nadie te habla demasiado, nadie te toca, nadie te desea, nadie piensa en ti. Si alguien se atreve a cruzar esa línea, aunque sea con una mirada, aunque sea con una palabra… me lo dices. Y yo me encargo del resto. No quiero que te defiendas tú, no quiero que pelees. Solo quiero que me digas, y yo borro a quien sea que se haya atrevido a olvidar quién eres y a quién perteneces.
Se quedó en silencio un momento, dejando que todo esto se asentara en mi mente. Yo lo escuchaba, y aunque algunas reglas me parecían duras, o me recordaban demasiado que yo estaba bajo su dominio, entendía cada palabra. No eran reglas para encerrarme, eran reglas para mantenerme viva, para mantenerme a salvo en un mundo que no estaba hecho para mí.
—Entiendo —dije despacio—. Es un mundo distinto. Lo que para mí es normal, aquí es peligroso. Lo que para mí es amable, aquí es debilidad. Lo que para mí es curiosidad, aquí es un riesgo.
Lucien asintió, satisfecho con mi respuesta. Se inclinó y me besó la mano, suavemente, como si sellara un pacto.
—Exacto. Y sé que es difícil, sé que todo esto es nuevo, que no entiendes muchas cosas, que a veces te sientes perdida. Pero no te preocupes. Yo estoy aquí para enseñarte, para guiarte, para explicarte todo lo que necesites saber. Morgrath y Lirael también te ayudarán; ellos conocen este mundo mejor que nadie, y te tienen aprecio.
Se acercó más, puso sus manos en mis hombros y me miró directo a los ojos, con esa intensidad que me desarmaba y me llenaba al mismo tiempo.
—No te pido que cambies quién eres, Isabela. No te pido que seas como ellos, ni que seas como yo. Me encanta que seas diferente, me encanta que tengas tu forma de ver las cosas, tu forma de ser. Solo te pido que aprendas a moverte aquí, que aprendas a jugar bajo estas reglas, para que nada te lastime. Porque mientras tú sigas estas reglas… yo puedo darte todo lo demás. Seguridad, lujo, respeto, amor… todo.
Sonreí levemente, y sentí cómo la tensión que había sentido al principio se iba aligerando. Era cierto: no entendía este mundo, no entendía sus costumbres, sus leyes, sus peligros. Era un lugar oscuro, extraño, duro. Pero no estaba sola. Tenía a Lucien, que era el dueño absoluto de todo esto, que me había hecho suya, que me protegía con una intensidad que nadie jamás me había dado.
—Aprenderé —prometí, con firmeza—. Aprenderé cada regla, cada detalle, cada cosa que me enseñes. Porque quiero estar aquí, quiero estar contigo, y quiero entender todo lo que tiene que ver contigo y con este lugar.
Lucien sonrió también, esa sonrisa poderosa y llena de satisfacción que iluminaba todo su rostro. Me atrajo hacia sí y me abrazó fuerte, pegando mi cuerpo al suyo, haciéndome sentir su fuerza, su calor, su protección absoluta.
—Lo sé —murmuró contra mi cabello—. Sé que aprenderás. Porque tienes esa capacidad, esa inteligencia, esa fuerza que te hace ser tú. Y te prometo que, poco a poco, este mundo que ahora te parece tan extraño… se convertirá en tu mundo. Y entonces, no habrá nadie más grande, ni más respetado, ni más amado que tú en todo el Abismo.
Nos quedamos allí un rato más, en silencio, mientras el fuego oscuro seguía ardiendo a nuestro alrededor. Yo sabía que todavía me quedaba mucho por descubrir, mucho por entender, muchas cosas que me parecerían locas o difíciles. Pero con él a mi lado, con sus reglas claras y su amor posesivo y profundo, sentía que podía enfrentar cualquier cosa.
Estaba en un mundo que no entendía, sí. Pero estaba en el lugar donde pertenecía ahora. Y estaba con el ser que me había dado una razón para estar allí.