Valentina Estrada lo tuvo todo: un apellido respetado, una mansión en Polanco y un futuro brillante. Hasta que su padre fue acusado de corrupción, se suicidó, y ella cayó al abismo.
Siete años después, sobrevive con tres empleos, paga la clínica de su madre en estado vegetativo y duerme en un departamento del tamaño de un clóset. Una noche de desesperación, finge un accidente automovilístico para cobrar el seguro.
El conductor del Mercedes resulta ser Santiago Reyes — el becario al que humillaron en la preparatoria, ahora dueño de un imperio de miles de millones. Y el hijo del hombre que murió por culpa de su padre.
Santiago le ofrece un trato imposible: 2 mil millones de pesos por seis meses de matrimonio.
Valentina acepta. Lo que no sabe es que Santiago lleva diez años comprando cada objeto que ella tocó, guardando cada foto que encontró, y esperando en silencio el momento de tenerla de vuelta.
En el tercer piso de su mansión hay una habitación cerrada con llave.
Dentro está la prueba de que nunca dejó de amarla.
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Capítulo 9
Capítulo 9
Trece años
La mentira del embarazo acababa de aprender a caminar hacia su dueño.
Santiago se detuvo frente a Valentina.
De cerca, su rostro era peor: ningún gesto, ninguna sorpresa, ninguna pregunta lanzada para salvarla de la vergüenza. Solo esos ojos oscuros bajando una vez a su mano sobre el vientre y regresando a su cara.
El vestíbulo entero contenía el aliento.
Valentina retiró la mano.
—Necesitaba hablar con usted.
—Eso escuché.
Alguien detrás de ella hizo un sonido mínimo. Una risa ahogada, un mensaje enviado, un pedazo de chisme naciendo.
Santiago no miró alrededor.
—Marco.
—Sí, señor.
—Sala cuatro.
—Enseguida.
El guardia se hizo a un lado. La recepcionista bajó la mirada a su teclado como si ahí pudiera esconderse. Valentina sostuvo la espalda recta mientras seguía a Santiago por un pasillo lateral. Cada paso le recordaba la rodilla vendada. Cada mirada le recordaba la palabra embarazada rebotando en el mármol.
Cuando la puerta de la sala cuatro se cerró, el silencio cayó con seguro.
Era una sala pequeña, con mesa de vidrio, cuatro sillas y una jarra de agua intacta. Santiago permaneció de pie. Valentina también.
—No estoy embarazada —dijo ella.
—Lo sé.
La rapidez de la respuesta la irritó.
—¿Entonces por qué bajó?
—Porque gritaste mi nombre en mi empresa.
—Grité "el señor Reyes".
—Peor.
Valentina apretó la carta de cobro contra el pecho.
—Fue una mentira.
—Una mentira pública.
—Una mentira necesaria.
Santiago ladeó apenas la cabeza.
—Curiosa definición de necesaria.
Valentina respiró hondo. Había venido a negociar, no a perderse en la forma en que él decía una frase y la hacía sentir otra vez de diecinueve años, parada en un salón de piano con las manos temblando.
—Perdón por el espectáculo —dijo.
La palabra le raspó la garganta.
Santiago no respondió.
—No debería haber usado algo así. Lo sé. Pero usted no me recibió ayer, su abogado no me llevó con usted, y yo no puedo pagar ciento sesenta mil pesos.
—Entonces no debiste lanzarte contra mi coche.
El golpe fue limpio.
Valentina levantó la barbilla.
—Gracias por la observación. La voy a bordar en una almohada.
Por un segundo, los ojos de Santiago bajaron a su boca.
Luego volvieron a enfriarse.
—¿Qué quieres?
—Pagar.
Él no se movió.
—¿Pagar?
—No tengo ciento sesenta mil. Eso ya lo sabe. Pero puedo hacer pagos mensuales.
—¿De cuánto?
La cifra le dio vergüenza antes de salir.
—Mil pesos.
Santiago la miró como si acabara de ofrecerle una servilleta para tapar un incendio.
—No.
—Es lo que puedo pagar sin dejar de cubrir la clínica de mi mamá.
Algo pasó en su expresión al oír mamá. Algo pequeño. Peligroso.
—Mil quinientos —dijo él.
—Mil.
—Mil quinientos.
—¿Quiere que le pague o quiere que mi madre se quede sin terapia respiratoria?
La frase llenó la sala.
Santiago giró hacia la ventana. Abajo, el vestíbulo seguía moviéndose con normalidad fingida.
—Mil —aceptó.
Valentina parpadeó.
—¿Así nada más?
—Con convenio firmado.
—Claro.
—Sin retrasos.
—Claro.
—Primer pago el día cinco de cada mes.
—El día diez. Yo cobro después del cinco.
—Día siete.
Valentina apretó la mandíbula. Hizo cuentas rápidas: renta, transporte, clínica, comida. El siete era una cuchilla, pero no imposible si conseguía otro turno de noche.
—Día siete —aceptó.
—Sin intereses mientras cumplas.
Eso sí la hizo mirarlo.
—¿Sin intereses?
—¿Prefieres intereses?
—Prefiero que no me cobre por respirar cerca de su coche.
—Entonces no te atrases.
Valentina bajó la vista a la carta. Sin intereses, ciento sesenta pagos. Ciento sesenta meses marcados con el nombre de Santiago en su calendario. Le dio rabia sentir alivio.
—Quiero copia del convenio antes de firmar.
—La tendrás.
—Y cada pago debe generar comprobante. No voy a despertar dentro de cinco años con otro abogado en mi puerta diciendo que el sistema no registró nada.
—Marco lo registrará.
—Marco trabaja para usted.
—Entonces guárdalos tú también.
—Si vuelves a hacer un escándalo en mi empresa, cancelo el acuerdo.
—Si usted vuelve a esconderse en una torre de vidrio, buscaré otra forma de entrar.
Santiago se volvió despacio.
—¿Eso es una amenaza?
—Es administración de riesgos.
Esta vez, la pausa tuvo otra temperatura. No fue sonrisa. Ni siquiera suavidad. Pero el aire dejó de cortar durante un segundo.
Marco tocó la puerta y entró con una tableta.
—El Licenciado Navarro está preparando el convenio. Necesitamos un medio de contacto directo para comprobantes mensuales.
Valentina sacó su celular.
—WhatsApp.
La palabra salió más simple de lo que era. WhatsApp significaba que Santiago ya no estaría detrás de un abogado, una recepcionista o una torre de vidrio. Cada mes, cuando ella juntara billetes, cuando eligiera entre pagar a tiempo o comprar algo necesario, tendría que abrir una ventana con su nombre.
Marco miró a Santiago, esperando autorización.
Santiago asintió.
Valentina abrió la aplicación con dedos todavía tensos. Su foto de perfil apareció en la pantalla: Canela, su gata atigrada, acostada sobre una pila de ropa limpia con cara de dueña del mundo.
Marco dictó un número.
—Es el teléfono corporativo del señor Reyes para asuntos personales filtrados por mi oficina.
—Qué romántico.
Santiago no comentó.
Valentina guardó el contacto como "Santiago Reyes deuda", por puro placer infantil.
El celular vibró de inmediato.
"Santiago Reyes se añadió a tus contactos."
La foto de perfil de él era un árbol.
No una foto de traje, ni el logo de Grupo SY, ni una imagen aspiracional de empresario millonario. Un árbol alto, de tronco oscuro, solo en mitad de un terreno amplio. La luz parecía de amanecer.
Valentina frunció el ceño.
—¿Un árbol?
—¿Un gato?
La respuesta fue tan rápida que casi pareció humana.
Valentina miró su propia foto de Canela.
—Mi gato tiene más personalidad que muchos directivos.
Marco tosió para ocultar algo que pudo ser risa.
Santiago extendió la mano.
—Envía un mensaje de prueba.
—¿Ahora?
—Ahora.
Valentina escribió:
"Pago mensual pendiente. No estoy embarazada."
Se lo envió.
El teléfono de Santiago vibró sobre la mesa. Él leyó el mensaje sin cambiar de expresión.
—Muy graciosa, señorita Estrada.
—Estoy tratando de que no haya confusiones.
Marco recibió una llamada y salió con discreción. La puerta se cerró.
Valentina guardó el celular. Tenía lo que había venido a buscar: un convenio, una cifra posible, una forma de no ahogarse hoy. Aun así, la sala se sentía demasiado pequeña.
—Me voy.
Santiago se hizo a un lado.
Ella caminó hasta la puerta. La mano ya estaba en la perilla cuando su voz la detuvo.
—Trece años.
Valentina no volteó.
—Trece años y cuatro meses, si quiere ser preciso.
—Lo soy.
—Entonces anótelo bien.
Abrió la puerta.
Al salir al pasillo, sintió las miradas caer sobre ella otra vez. Esta vez no bajó la cabeza. Cruzó el vestíbulo despacio, cojeando lo menos posible, con el celular caliente en la mano y una deuda nueva respirándole en la nuca.
En la sala cuatro, Santiago no se movió hasta que las puertas de vidrio la tragaron.
Luego levantó su teléfono.
Abrió el chat.
Miró la foto de Canela.
Un gato atigrado, insolente, acostado sobre ropa limpia como si el mundo le debiera disculpas.
Santiago se quedó mirando la imagen demasiado tiempo.
Después miró su propia foto de perfil: el árbol solitario.
Trece años de pagos mensuales.
Para Valentina, una condena.
Para él, la primera excusa que el destino le concedía para no volver a perderla.