Solo había amado una vez en la vida, solo a ella, y después de mucho tiempo lo descubrí, verlos juntos causó en mi desesperación y debo ganar esta lucha.
Debo ganar su amor.
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Cap 9
Traté de ahogar una sonrisa; la verdad, se veía adorable. Vero era así: natural y espontánea, sus gestos la delataban. Solo cuando está trabajando permanece fría, pero en su vida cotidiana, Vero es un amor.
Parqueamos el vehículo y un valet lo llevó al estacionamiento. Le mostré la tarjeta con la reserva, pero no me gustó la forma en la que miró a Verónica; la vio de pies a cabeza. Este tipejo, ¿quién se cree que es?
—Vamos, amor, nuestro regalo nos espera —dijo ella con picardía.
No quiero que piensen que mi relación con Vero es solo formal; no, así no somos. Vero y yo compartimos nuestras cargas, somos buenos amigos. Obviamente no le cuento mis encuentros en esa casa de placer, pero sí sabe muchas cosas de mí, y otras tantas he tenido que inventarlas para no hacerla sentir culpable. Ella cocina para nosotros; las niñas aman sus preparaciones culinarias y yo amo sus pasteles, son para chuparse los dedos. También me encanta verla en vestido de baño cuando llevamos a las niñas a sus clases de natación; sus curvas, su cuerpo es un deleite. También mi gusta cuando se pone las medias veladas, lo hace con una sensualidad que me mata... ¿Qué estoy pensando?
—¿Dijiste algo?
Mierda, mierda... lo dije en voz alta. Agaché un poco mi cabeza; el guerrero estaba listo para dar batalla. No, esto no me puede estar pasando. Cuando esto me pasa, tengo que encerrarme en el baño y descargarme; pienso en ella, en esa única vez que estuvimos juntos. Fue placentero, sí, claro que sí, pero sentí culpa; también me sentí culpable. Ella estaba pasando por una tusa y agradezco a los cielos que no dijera su nombre mientras nos desfogábamos. Siempre he considerado a Verónica como alguien valioso. No la perdería solo porque mi amigo no se podía quedar quieto.
—No, cariño, estoy bien.
—Mmmm, llevas rato distraído. Lamento que mis padres nos hayan forzado a esto; si quieres puedes irte, yo cumpliré con consumir parte del regalo o podemos dárselo a algún par de enamorados.
Negué con la cabeza. Verónica sabía cómo tirar dardos y dar en el blanco. No estamos enamorados, de eso estoy seguro, pero al parecer ella no quiere pasar tiempo conmigo.
—No, no es eso. Es solo que jamás nos hemos mentido, Vero, y no voy a empezar ahora...
—Sé que mis padres se han pasado, lo siento.
—¿Puedes dejarme hablar y te explico? —ella asintió. Sé que está enojada o disgustada mientras yo estoy distraído. No quiero suponer cosas, pero sé que él puede tener la culpa—. Sé que llevas años sin verlo, sé que lo amaste, aunque no sé si...
—¿Si lo amo? ¿Eso crees? ¿Que lo amo después de lo que me hizo?
—No dije que así fuera...
Nos trajeron la carta y pude ver su rostro; estaba enojada por mi insinuación. Ordenamos rápido y el chico se fue. Estaba tan sumido en mis pensamientos que no noté que la mesa estaba en un apartado y se encontraba muy bien decorada: rosas, velas y una cajita. Verónica me vio y la tomó entre sus manos.
—Vero, escúchame, te lo ruego —tomé todo el aire que pude—. Eres muy importante para mí. Has sido mi amiga, mi confidente... Dios, la madre de mis hijas. Y me dolería que él te convenciera y te alejara de nosotros —dije por fin, soltando todos mis miedos. No la quería con él.
Soltó una risita y sus ojos brillaron con intensidad. Podría jurar que había algo allí, pero no logré determinar qué era.
—Jamás me iría con él, ¿por qué crees que haría semejante cosa? —se recostó, relajada en la silla—. Eres mi esposo, mi amigo, mi apoyo; somos los que somos juntos y, lo más importante, Victoria y Virginia te aman y jamás las alejaría de ti —esbozó una cálida sonrisa.
—¿Las alejarías de mí? —preguntó dudoso.
—No, jamás las alejaría de ti. Nuestras princesas te aman y yo las amo a ellas, ¿comprendes? Jamás las alejaría de ti porque las lastimaría, y no me alejaría de ellas porque a mí, y sé que a ellas, nos dolería —se inclinó hacia delante y tomó mis manos. Cuando sintió el frío en ellas, entornó los ojos—. Hicimos un acuerdo. Sé que has sacrificado mucho por él y sé que por allí anda una mujer revoloteando por ti, pero jamás te pediría que te quedaras si quieres estar con ella... Pero yo jamás me iría. Y por una persona como él, menos.
Sabía... sabía que Vero pensaba que veía a alguien, y tal vez sí, esa sería la respuesta más acertada para ella, pero así no es. Me he cuidado mucho para no romperles el corazón. Jamás las expondría al escrutinio público, jamás la haría quedar como una mala esposa, y jamás dejaría que alguien se acerque a ella. Solo pensar que alguien pose un solo dedo sobre la piel de Vero, o que mis hijas le digan «papá» a otro hombre, me hierve la sangre.