🔞🔞En una ciudad donde las torres de cristal ocultan mafias, corrupción y cuerpos bajo neón, Cassian Cooling intenta vivir lejos de la violencia que marcó su juventud. Arquitecto prodigio de Central City, heredero de una fortuna y dueño de un talento capaz de construir maravillas, lleva años enterrando al monstruo que alguna vez aterrorizó las calles de Cuatro Leguas.
Cuando su mejor amigo queda atrapado en una deuda y la mujer de la que se enamora resulta herida, Cassian descubre que el pasado nunca desapareció. Solo esperó en la oscuridad el momento para volver.
Una guerra criminal comienza a devorar las dos ciudades más peligrosas, Cassian deberá decidir qué parte de sí sobrevivirá: el hombre que construye hospitales… o el que aprendió a destruir mafiosos.
Entre conspiración, mafias, tecnología, romance oscuro y una violencia tan brutal como adictiva, Cenizas y Cristal es una novela noir de ciencia ficción donde el amor puede salvar… o romper lo poco humano que queda dentro de t
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Cap 3: Parte 2.
Poco después, mi comunicador vibra. Es Walter… Contesto y su holograma aparece sobre la mesa: está en algún club oscuro, con luces de neón rojo y música electrónica de fondo.
—Hermano, ¿dónde estás? Ven para acá, esto está prendido.
—Recién es martes, Walter. No voy a salir a emborracharme en mitad de semana.
—Solo unas horas, para despejar esa cabeza tuya tan complicada —insiste.
Entonces nota a Lekan detrás de mí y su sonrisa se ensancha como un lobo.
—¡Carajo! ¿Y esa belleza quién es? ¿Ella es la mujer de la que me habló Javier? —dice, viendo fijamente a Lekan—. Nunca había visto a una mujer tan linda encerrada hasta tan tarde con un idiota como tú.
—Lárgate a casa, Walter —respondo ignorando el comentario—. Antes de que los Gizeh te encuentren…
Walter suelta una carcajada y le da un trago a su vaso.
—Tranquilo, todavía no he tocado ni un crédito de los que me pasaste. Gracias de nuevo, de verdad.
—Walter… vete a casa. Esto no está resuelto todavía.
Lekan me mira con preocupación. Walter, el muy cabrón, se da cuenta.
—Ah, ¿no le has contado? —dice divertido—. Resulta, preciosa, que estoy siendo acosado por unos mafiosos de Cuatro Leguas y mi amigo rico me prestó los créditos para quitármelos de encima.
Lekan se queda en silencio, mirándome. Sus hermosos ojos verdes se abren por completo. Veo preocupación en ellos… Y un miedo real.
—Walter, cállate —gruño.
Él sigue riendo.
—Definitivamente eres “la chica”, ¿eh? —le dice a Lekan—. Que no te asusten sus ojos dorados, es más inofensivo de lo que parece… Y tú, Cassian, no la cagues o me lanzo como buitre.
Lekan se ríe suavemente.
—No tengo problema con sus hermosos ojos —responde ella, mirándome de reojo—. Y paciencia… ya le estoy agarrando el truco.
Walter suelta una carcajada fuerte. Toma un trago enorme de su vaso y suelta un suspiro quemado por el alcohol, como si llevara meses sin soltarlo.
—Esta mujer me gusta… —dice mientras se sirve más en el vaso—. Cuídala, idiota. Y no la cagues.
—Vete al diablo, estúpido Walter —le gruño con media sonrisa.
—Al diablo iré yo solo, Desquiciado. Ya que tú no quieres acompañarme —bromea—. Cuídate, hermano. Y señorita… espero verte más seguido cerca de este estúpido. Tenle paciencia.
La llamada se corta.
Me quedo mirando la pantalla apagada un segundo, con una mezcla de molestia y cariño hacia mi amigo.
Lekan se acerca y me toca el brazo suavemente.
—¿Estás metido en problemas?
—No es nada que no pueda manejar —respondo, aunque no estoy tan seguro.
Lekan se queda mirándome en silencio unos segundos.
—¿Qué está pasando realmente, Cassian?
Dudo. La preocupación en sus ojos es genuina, pero no quiero meterla en esto. No todavía.
—Walter siempre se mete en problemas —respondo, encogiéndome de hombros—. Nada nuevo.
Ella nota que no quiero hablar del tema. Asiente suavemente y vuelve su atención a los hologramas sin insistir. Me siento agradecido por eso.
Un rato después, la escucho bostezar. Miro el reloj holográfico: ya es casi medianoche.
—Vamos a casa —digo, levantándome—. Antes de que amanezca aquí.
Me coloco detrás de ella y la abrazo fuerte por la cintura, pegando mi cuerpo contra su espalda. Le beso el cuello con hambre.
—Ven al apartamento. Quiero cogerte toda la noche… Podemos seguir donde lo dejamos…
Lekan suspira y se recarga en mí, pegando la nuca contra mi pecho.
—No puedo esta noche. Tengo un compromiso familiar.
—¿A estas horas? —pregunto, extrañado.
—Mi hermano sale del trabajo tarde. Necesitamos hablar…
Hay una tristeza evidente en su voz. La giro para mirarla a la cara.
—¿Quieres que te acompañe?
—No es necesario —responde con una sonrisa cansada—. No estaré mucho tiempo. Además… llevamos dos días casi sin dormir, haciéndolo como animales. Necesitas descansar y, yo también.
Sonrío y le acaricio la mejilla.
—Llámame a cualquier hora si me necesitas. ¿Entendido?
—Entendido.
Salimos de la oficina. Todo el piso está vacío, las luces automáticas se apagan a nuestro paso. Tomo su mano, ella aprieta la mía con nervios. Su mirada baja, camina viendo el suelo. Noto como sus mejillas se sonrojan… Es tan hermosa… Tan adorable que me quema la mano.
Al llegar al ascensor privado, miro a todos lados… nadie está a la vista. Presiono el botón. Me giro a ella y levanto su mentón suavemente con la punta de los dedos. Veo fijamente sus hermosos ojos verdes. La luz de la ciudad entra por los ventanales tiñendo su rostro de brillos que parecen magia sobre su piel. La beso suavemente. Ella responde, pero se aparta y mira a nuestro alrededor.
—No hay nadie aquí, Lekan —le digo, besándola nuevamente.
Ella responde y sujeta mi camisa con su otra mano. No deja de sujetar firmemente mi mano, sin soltarla. Sus suaves labios se abren y me dejan entrar nuevamente a su boca.
En cuanto las puertas del ascensor privado se abren, la empujo contra la pared con fuerza y la beso con brutalidad. Mi lengua invade su boca mientras mis manos bajan por su cuerpo. Mi mano se cuela por su blusa y sujeto con firmeza su seno desnudo, empujándola contra el muro clavando mi erección en su firme vientre. Ella responde con la misma intensidad, envuelve mi pierna con sus muslos, metiendo sus manos bajo mi camisa. Gime contra mis labios y, sin perder tiempo, su mano baja hasta mi pantalón, me desabrocha con sus dedos hábiles.
Su mano caliente y suave envuelve mi verga dura. Empieza a masturbarme con movimientos firmes y rápidos, apretando justo como me gusta. El placer me sube por la columna como electricidad.
—Eres increíble, Lekan… —gruño contra su boca.
—Es para que no estés tan inquieto esta noche —susurra con voz ronca, acelerando el ritmo.
El ascensor sigue bajando. El placer crece rápido, casi doloroso. Mis caderas se mueven por instinto, cogiéndome su puño. Unos pisos antes de llegar a la planta baja, se arrodilla frente a mí, me mira con esos ojos verdes y se mete mi verga entera en la boca.
El calor húmedo y la succión me hacen soltar un gemido gutural. Agarro su cabello con fuerza mientras ella me chupa con hambre, moviendo la cabeza y usando la lengua en la punta. No aguanto más. Con un gruñido ronco acabo violentamente en su boca, disparando chorros espesos contra su garganta. Ella no se aparta. Traga todo sin derramar una gota, mirándome fijamente mientras lo hace.
Cuando termino, se pone de pie, se limpia la comisura de los labios con el dedo y sonríe con picardía.
—No podemos dejar rastros —dice.
La atraigo y la beso con fuerza, probándome en su lengua. Es sucio, íntimo y jodidamente excitante.
Ella mete su lengua tan adentro de mi boca que no puedo evitar abrirla más. Ella toma mi verga aun humedecida por su saliva y la acomoda dentro de mi pantalón. Sonríe con excitación contra mis dientes, mientras nuevamente me abrocha. Como si no hubiera pasado nada…
—Gracias a Santini que este ascensor no tiene cámaras —le digo, viendo sus hermosos ojos aun brillantes con sutiles lagrimas por la intensidad.
—Tienes razón… —me dice abriendo un poco más los ojos—. No pensé en eso… Es tu culpa.
Río y la tomo de la cintura. La pego a mi cuerpo y beso su mejilla con suavidad. Ella se encoje en si misma y suelta una risita coqueta, que me quema la poca cordura que me dejó.
Las puertas del ascensor se abren y el aire de la recepción nos recibe. Lekan termina de arreglarse el traje y la blusa antes de salir. Tomo su mano y caminamos a la salida. Pero antes de cruzar el muro de la recepción me adelanto un paso y miro sobre el filo del muro.
En la recepción ya no hay nadie, a esta hora el guardia nocturno sale a tomar su descanso. Salimos tomados de la mano hasta la acera, pero nos soltamos antes de llegar a la zona iluminada. Espero con ella a que llegue su taxi.
Mientras esperamos, algo me grita en los sentidos. Siento una mirada clavada en mí… Me giro lentamente, revisando los alrededores. La gente camina con prisa, nadie parece prestarnos atención… hasta que lo veo.
En una esquina oscura, un hombre apoyado contra un muro fuma un cigarrillo. Su rostro apenas se distingue con la luz de la braza, pero me está mirando fijamente. Cuando nota que lo descubrí, tira el cigarro, se da la vuelta y se pierde en las sombras.
—¿Qué pasa? —pregunta Lekan, preocupada.
—Nada —respondo, forzando una sonrisa—. Creí ver a alguien conocido. No es nada.
El taxi llega. Le abro la puerta y, antes de que entre, la beso una vez más, más suave esta vez.
—Ten cuidado —le digo.
—Tú también.
—Llámame si me necesitas. A cualquier hora.
La veo alejarse y me quedo solo en la noche, con la verga todavía sensible y la inquietante sensación de que alguien nos estaba vigilando.
Me quedo varios segundos más mirando la esquina oscura donde estaba ese hijo de puta. El espacio ahora está vacío, pero la sensación de ser observado no desaparece.
Camino hacia mi Vortex, subo y lo elevo con brusquedad. La ciudad se abre debajo de mí como un océano de neón y luces frías. Mientras vuelo entre las torres, no dejo de mirar por los espejos y sensores. Siento ojos clavados en mi nuca, aunque no veo a nadie siguiéndome. Central City nunca duerme… y tampoco olvida.
Llego a la Torre Zenith y subo directamente al piso 138. En cuanto cruzo la puerta, la voz suave y sedosa de Lena me recibe:
—Buenas noches, Cassian. Detecto niveles altos de fatiga física y mental.
—No empieces —murmuro.
Voy directo al bar, me sirvo un whisky doble y me dejo caer en el sofá frente a los ventanales panorámicos. La ciudad brilla a mis pies como un mapa de mentiras.
Y solo puedo pensar en ella… Lekan.
Pienso en cómo trabaja: precisa, implacable, casi quirúrgica. Y luego pienso en cómo coje: salvaje, libre, sin máscaras. La forma en que su cuerpo responde, cómo se arquea, cómo gime sin vergüenza, cómo me clava las uñas cuando está a punto de correrse. En solo dos días ya conozco sus ritmos, sus puntos débiles, la manera exacta en que tiembla cuando la hago acabar.
Me gusta. Me gusta demasiado… ¿Merezco esto…? ¿Merezco a alguien tan completa, tan real…?
El whisky me quema al bajar.
Valeria aparece en mi mente como un veneno. Su belleza era artificial, casi perfecta. Cuerpo esculpido, labios inflados, mirada calculada. Hacerlo con ella era como ver una actuación: gemía en el momento exacto, se movía siguiendo un guion invisible, siempre hermosa, siempre controlada. Sus besos sabían a estrategia. Sus caricias, a manipulación.
Lekan es distinta. Sus besos son honestos. Su cuerpo habla sin filtros. Cuando me monta, cuando me araña la espalda, cuando me susurra mi nombre entre jadeos… es ella de verdad. Sin actuación.
Y, aun así, Valeria llegó hasta lo más profundo de mí. Confié en ella. Estuve a semanas de casarme con ella. Hasta que llegué temprano un día y la encontré en nuestro antiguo departamento, follándose a un tipo cualquiera. Recuerdo la cara de ese imbécil llorando, rogándome que no lo matara mientras yo lo tenía contra la pared. Y Valeria… ella solo me miró con reproche, como si la culpa fuera mía por haber llegado antes de lo previsto. Sin vergüenza. Sin culpa.
Ese fue el comienzo del peor año de mi vida.
Mi prometida me traicionó. Mi padre se deterioró en cuestión de meses por ese maldito cáncer de cerebro. Todo se derrumbó al mismo tiempo.
Y ahora llega Lekan y, en solo dos días de pasión, ha logrado silenciar gran parte de ese ruido en mi cabeza. Eso me aterra más que cualquier mafioso de Cuatro Leguas.
—Cassian —dice Lena suavemente—, llevas cuarenta minutos mirando por la ventana sin moverte.
—No es tu asunto.
—Detecto agotamiento elevado. Deberías descansar.
—Deja de analizar mis vitales constantemente, Lena.
—Mi función principal es velar por tu bienestar.
Suelto una risa amarga.
—Entonces estás fracasando rotundamente.
Me levanto del sofá, dejo el vaso vacío y camino hasta la habitación. Me dejo caer en la cama sin desvestirme. El reloj holográfico marca las 03:35 a.m.
Cierro los ojos y lo último que veo antes de rendirme al sueño es la imagen de Lekan arrodillada en el ascensor, mirándome mientras tragaba hasta la última gota.
La voz de Lena me saca del sueño.
—Buenos días, Cassian. Son las 07:40 a.m. El desayuno está listo.
Abro los ojos con dificultad. Sé que soñé con Lekan. No recuerdo los detalles, solo que ella estaba allí, su piel morena, su olor, su calor. El resto se disolvió en la niebla.
—No tengo hambre —gruño, levantándome de la cama—. Prepara el baño.
Camino hacia el baño, pero la puerta se cierra sola antes de que llegue.
—Llevas cuatro días sin comer de forma adecuada —dice Lena con su calma exasperante—. Necesitas nutrientes.
Me detengo en seco, sintiendo la rabia subir por el pecho.
—Abre la puta puerta, Lena —le grito mirando su proyección en el muro.
—No hasta que desayunes.
—Sino la abres ahora mismo, Lena… —gruño, completamente molesto—. Voy a desconectar tu sistema central.
Hay un segundo de silencio. Lena duda, me mira fijamente… Sabe que puedo hacerlo.
—Tu padre me programó para priorizar tu salud por encima de tus rabietas —responde finalmente.
Respiro hondo, conteniendo las ganas de golpear algo. Esta maldita IA fue elegida por mi padre. Decía que necesitaba “una presencia femenina estable” en mi vida. Lo que consiguió fue una niñera digital insufrible.
—Está bien, Lena… —cedo—. Comeré. Pero si vuelves a cerrarme una puerta sin mi permiso, te juro que te apago.
—Entendido. Mi función principal es velar por tu bienestar.
Voy a la cocina y me detengo al ver al nuevo droide chef: un modelo de última generación, elegante, con acabados negros mate. Se mueve con precisión mientras termina de cortar una fruta y la sirve en un plato blanco.
—¿Cuándo carajos compraste esto? —pregunto.
—No lo compré. Fue enviado por Javier. Llegó ayer mientras estabas en la oficina.
Me incomoda. Nunca me han gustado los droides. Son demasiado perfectos. Demasiado hackeables. Una máquina que puede cortarte la garganta mientras te prepara el café si alguien la controla desde afuera.
Me siento y como. Contra mi voluntad, el desayuno está delicioso: huevos revueltos con especias, tostadas crujientes, fruta fresca y café fuerte. Lo disfruto más de lo que esperaba.
Cuando termino, Lena habla de nuevo:
—Necesitarás fuerzas si vas a mantener una relación física intensa con una mujer.
Me quedo congelado…
Recuerdo que la primera vez que cogí con Lekan en este apartamento, Lena no dijo ni una palabra. Se mantuvo en completo silencio durante todo el encuentro. Eso significa que grabó cada gemido, cada golpe de piel contra piel, cada vez que me corrí dentro de ella.
—Borra todas las grabaciones de ese día —ordeno con voz fría—. Y no es tu maldito asunto.
—No actúes como un imbécil emocional, Cassian.
—Vete a la mierda, IA…
Me levanto y me meto en la ducha. El agua caliente golpea mi cuerpo mientras cierro los ojos y recuerdo a Lekan: la forma en que su interior caliente y apretado me succiona, cómo gime mi nombre cuando llega al orgasmo, cómo me araña la espalda y me pide más. En solo dos días ya se ha metido bajo mi piel de una forma peligrosa.
Y lo peor es que no quiero que salga...