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Dos Mundos Diferentes

Dos Mundos Diferentes

Status: En proceso
Genre:Demonios / Mundo mágico / Viaje a un mundo de fantasía
Popularitas:145
Nilai: 5
nombre de autor: liz Ramirez

“Dicen los viejos textos…
que al principio… solo había un mundo.
Un mundo… donde humanos y demonios caminaban bajo el mismo cielo.
No como enemigos… sino como hermanos.
Los humanos moldeaban la tierra con sus manos…
y los demonios le daban vida con su aliento.
Era la Era del Equilibrio.
Durante siglos, no hubo guerra. Humanos y demonios compartían la tierra, hasta que la traición surgió.
Un rey humano, cegado por el miedo, traicionó a los demonios. Y esa traición, como una grieta, abrió paso a la guerra.
Los demonios, impulsados por la furia, comenzaron a ganar. Los humanos, viendo su mundo desmoronarse, estaban al borde de la derrota.
Fue entonces cuando Kaeli, viendo la destrucción, tomó una decisión. Vio que si no actuaba, ambos serían aniquilados. Y fue ella quien, con un acto de sacrificio, dividió los mundos. Separó a los humanos y a los demonios, cerrando el portal entre ambos.
Desde entonces, los humanos habitan su propio mundo, separados de los demonios.Y el portal, oculto

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Sensei Goru

*Capítulo 9: Sensei Goru*

 

La mañana llegó sin sol.

En la cueva no había ventanas. Solo antorchas azules que nunca se apagaban.

Kasumi despertó en un catre de piedra, con una manta que olía a humo. El listón rojo seguía en su muñeca. Apretado.

Se sentó.

Los Doce ya estaban despiertos.

Jaruto se estiraba, los huesos tronándole. Himari, en forma de niña, bostezaba mostrando colmillos. Ken se ajustaba los lentes. Rin invocaba un tentáculo chiquito para que le alcanzara agua. Poli, la bolita de Akem, ya estaba convertido en peine y le arreglaba el cabello.

Todos se alistaban. Sin hablar mucho.

Hanna estaba en la entrada del túnel, revisando su ballesta de hueso.

“Nos vamos”, dijo sin voltear. “Con Goru.”

Kasumi se paró rápido. Se puso la mochila. Se bajó la capucha.

Salieron de la cueva en fila. Hanna al frente. Los Doce detrás. Kasumi en medio, entre Suki y Daiki.

Cruzaron el pueblo elegantito cuando apenas amanecía. Nadie los molestó. Los guardias elfos solo asintieron al ver a Hanna.

Salieron por la otra orilla. Caminaron media hora hacia las montañas.

Hasta llegar a un dojo.

No era un dojo normal. Era de piedra negra, abierto al cielo. Sin techo. En el centro había un círculo de arena blanca. Y en medio del círculo, sentado en el aire, con las piernas cruzadas.

Un anciano.

Calvo. Arrugado. Con una barba blanca que le llegaba al pecho. Tatuajes azules subiéndole por los brazos. Ojos cerrados. Respirando lento.

Pero no se caía. Flotaba a un metro del suelo.

Sensei Goru.

Hanna levantó una mano. Todos se pararon. Nadie habló. Nadie interrumpió.

Hanna esperó.

Un minuto. Dos.

Goru abrió un ojo. Solo uno. Negro. Profundo.

“Hanna”, dijo. Su voz era grave. Como trueno viejo. “Llegas temprano.”

“Sensei”, dijo Hanna, inclinando la cabeza. Respeto real. “Traigo a alguien.”

Empujó suave a Kasumi al frente.

Goru abrió el otro ojo.

Miró a Kasumi.

Un segundo.

Dos segundos.

Y lo supo.

“Humana”, dijo. No preguntó.

El aire se puso pesado.

Jaruto dejó de sonreír. Himari se hizo adulta de golpe.

Goru bajó al suelo. Sin hacer ruido. Caminó hacia Hanna.

Con cada paso, los tatuajes de sus brazos brillaban más.

Se paró frente a Hanna. La miró hacia abajo.

Y le hizo una seña con la cabeza. _Tú. Conmigo. Sola._

Hanna asintió.

Se alejaron del grupo. Cerca de unas rocas. Pero todos podían oírlos.

“¿Por qué está aquí?”, dijo Goru. Bajito. Pero la voz cortaba. “¿Te volviste loca, Parche? Tú sabes las leyes. Tú sabes lo que pasó hace veinte años.”

“Lo sé”, dijo Hanna. No agachó la cabeza. “Por eso la traje. Abrió el Velo. Con sangre. Sola.”

Goru cerró los ojos. Respiró hondo.

“Si el Clan Kuroi se entera… si el Clan de Jade se entera…”, abrió los ojos. Estaba molesto. Furioso. “Habrá guerra, Hanna. Otra vez. Y esta vez no quedará piedra sobre piedra.”

“Lo sé”, repitió Hanna. “Por eso necesito tu ayuda. Para entrenarla. Para esconderla. Para regresarla.”

Goru se quedó callado. Miró a Kasumi. La humana. Temblando, pero parada. Con el listón rojo. Con la mochila. Con la cara de su papá, pensó Hanna.

El anciano suspiró. El sonido movió la arena.

“Eres una idiota”, le dijo a Hanna. “Igual que eras a los veinte.”

Luego miró a los Doce. Luego a Kasumi.

“Está bien”, dijo. “La entreno. La escondemos. Y vemos cómo regresarla antes de que el mundo se prenda fuego.”

Volteó hacia Kasumi.

“Pero si te matan en mi círculo”, dijo, “no lloro. Los humanos mueren fácil.”

Se dio la vuelta y caminó hacia el centro de la arena.

“¡Los Doce! ¡Calentamiento! ¡Cien vueltas al dojo! ¡Ya!”

Jaruto gimió. Suki le sacó la lengua a Kasumi.

Hanna le puso una mano en el hombro a Kasumi.

“Bienvenida a clases”, dijo.

Kasumi miró el círculo de arena. A Goru. A los Doce corriendo.

Y por primera vez, entendió por qué Aiko le dijo que era miedoso.

Porque esto daba miedo de verdad.

* Primer entrenamiento*

Goru se paró en medio del círculo de arena.

Señaló a Kasumi con un dedo arrugado. “Tú. Al centro.”

Kasumi tragó saliva. Caminó hasta pararse frente a él. Las piernas le temblaban.

Los Doce ya habían terminado las cien vueltas. Ahora estaban sentados en un tronco enorme, caído, en la orilla del dojo. Como público.

Jaruto tenía las patas estiradas. Himari, en forma de niña, pateaba piedritas. Ken se limpiaba los lentes. Rin tenía un tentáculo chiquito dándole aire como abanico.

“Hoy no vas a pelear”, dijo Goru. Su voz rebotó en las piedras. “Hoy vas a aprender a no morir.”

Kasumi asintió. No sabía qué más hacer.

“Postura”, dijo Goru. Separó los pies. Dobló poquito las rodillas. “Si te caes, estás muerta. Copia.”

Kasumi lo imitó. Mal. Se tambaleó.

Desde el tronco, alguien se rió.

Haru.

No, Jaruto.

El chico lobo tenía una sonrisa de oreja a oreja. “Mira eso”, dijo, recargado en Suki. “Se va a romper sola antes de que alguien la toque.”

Suki, su hermana, no se rió. Le metió un codazo en las costillas. Duro.

“¡Ay!” Jaruto se sobó. “¿Qué? Es la verdad.”

“Cállate”, le dijo Suki, sin mirarlo. “Déjala. Está aprendiendo.”

Jaruto resopló. “Es una _humana_, Suki. Obviamente no vas a ver nada. Se va a caer con el viento.”

Hanna, desde la orilla, no dijo nada. Solo lo miró. Un segundo.

Jaruto cerró la boca.

En la arena, Goru ignoró todo.

“Mal”, le dijo a Kasumi. Le dio con el bastón en la pantorrilla. No fuerte. Pero dolió. “Más bajo. Equilibrio en el centro. Si tu cabeza se mueve, te la arrancan.”

Kasumi apretó los dientes. Bajó más.

“Mejor”, dijo Goru. “Ahora, manos. Así.” Levantó los puños, uno tapando la cara, otro cerca del pecho.

Kasumi lo copió.

“Si alguien viene”, dijo Goru, caminando en círculo alrededor de ella, “no cierres los ojos. No grites. No corras. Correr es para cuando ya ganaste. ¿Entendido?”

“S-sí, sensei.”

Goru se paró frente a ella.

“Voy a empujarte. Suave. Si te caes, repites la postura hasta que no te caigas. ¿Lista?”

Kasumi asintió. El corazón le iba a salir.

Goru la empujó con dos dedos en el hombro.

Kasumi se fue de espaldas a la arena.

Desde el tronco, Jaruto soltó otra risita. Suki le pisó el pie.

“Levántate”, dijo Goru. “Postura.”

Kasumi se levantó. Temblando. Se puso otra vez.

Goru la empujó.

Se cayó otra vez.

“Levántate. Postura.”

Otra vez.

Y otra vez.

Al quinto intento, no se cayó. Retrocedió dos pasos, pero se quedó parada.

Goru no sonrió. Los senseis no sonríen.

Pero asintió. Una vez.

“Suficiente por hoy”, dijo. “Si te atacan, al menos no te vas a matar sola.”

Volteó hacia el tronco. “¡Doce! ¡A entrenar entre ustedes! ¡Pares! ¡Ya!”

Los demonios se pararon, quejándose. Jaruto le sacó la lengua a Suki. Tadachi ya se estaba cortando el dedo para sacar su sangre. Luna desenfundó su flauta.

Kasumi se quedó en la arena, jadeando. Las piernas le ardían. La espalda le dolía.

Hanna se le acercó. Le dio una cantimplora.

“Bebes”, dijo. “Mañana es peor.”

Kasumi tomó agua. Miró a los Doce peleando entre ellos. Ken contra Mika, cuchillas contra plumas. Rin levantando escudos para que Azaí no la golpeara teletransportándose.

Y entendió algo.

Ella no era como ellos.

Pero si quería encontrar a su papá…

Tenía que intentarlo.

Volvieron a la cueva cuando las dos lunas ya estaban arriba.

La grande, blanca. La chiquita, roja.

Los Doce iban callados. Cansados. Hasta Jaruto tenía la lengua afuera y no hablaba. Suki lo empujaba para que caminara.

Kasumi apenas podía con las piernas. Cada paso le dolía.

Entraron al túnel. Bajaron las escaleras.

La mesa de piedra seguía ahí. Vacía.

Todos se tiraron donde pudieron. Himari se hizo niña y se durmió en el suelo. Poli se volvió cobija y tapó a Akem. Tadachi se vendaba el dedo que usó para pelear.

Hanna esperó a que todos se acomodaran.

Luego le hizo una seña a Kasumi. _Ven._

Se fueron a una esquina de la cueva, lejos de los demás. Donde las antorchas azules casi no llegaban.

Hanna se sentó en el suelo. Palpó la piedra.

“Siéntate”, le dijo a Kasumi. “Tienes que saber cosas. Si no, te matan en una semana.”

Kasumi se dejó caer. Le dolía todo.

Hanna no la miró. Miraba la pared.

“Hay clanes aquí”, empezó. Su voz era baja. “Muchos. Clan de Jade. Clan de la Niebla. Clan del Río Negro. Pero hay uno…”

Hizo una pausa.

“Hay uno al que todos le tienen miedo. Al que todos respetan. Porque son los más fuertes. Porque cuando hablan, los demás cierran la boca.”

Kasumi no dijo nada.

“Son tres”, dijo Hanna. “Hermanos. Dos hombres. Una chica. Los Kuroi.”

Jaruto, desde lejos, se tensó al oír el nombre. Hasta él se calló.

“El mayor”, siguió Hanna, “se llama Kage. Es el líder. Frío. No tiene piedad. Si dice que mueras, mueres. La de en medio es Yami. Disfruta el dolor. Juega con la gente antes de matarla.”

Kasumi sintió un escalofrío.

“El menor… se llama Rei.” Hanna apretó la mandíbula. “Él no es como ellos. No quería. Nunca quiso. Pero Kage lo obliga. Lo usa. Porque Rei tiene un poder… raro. Puede ver las almas. Si te mira, sabe si mientes. Si tienes miedo. Si eres humano.”

Kasumi se tocó el listón rojo.

“Por eso tienes que tener cuidado”, dijo Hanna. “Si los Kuroi se enteran que el portal fue abrido … si se enteran que hay una humana aquí… vienen. Y cuando vienen, no preguntan. Matan primero.”

Se hizo silencio. Solo se oía a Poli roncar convertido en almohada.

Hanna la miró por fin.

“Por eso entrenas. Por eso no sales sola. Por eso no te quitas el listón. Nunca.”

Kasumi asintió. Tenía la boca seca.

Hanna se iba a parar, pero se detuvo.

“Una cosa más”, dijo. “Goru… tiene una hija.”

Kasumi levantó la vista.

“Se llama Saya”, dijo Hanna. “Ya es grande. Como tú. Más o menos. Ha estado fuera. Con otro clan. Aprendiendo.”

Hanna se pasó la mano por el parche.

“Vuelve mañana. Se va a unir a nosotros. A los Doce. Goru la entrenó desde chiquita. Es fuerte. Y…” Miró a Kasumi. “Y va a ayudarte. Porque Goru lo ordenó. Y porque aquí, lo que dice Goru, se hace.”

Se paró.

“Duerme. Mañana Goru te va a romper otra vez.”

Se fue a su silla en la cabecera. No se sentó. Se quedó parada, mirando la mesa vacía.

Kasumi se acostó en el catre de piedra.

Tres hermanos. Los Kuroi. Uno que puede ver almas.

Y una chica llamada Saya que llegaba mañana.

Cerró los ojos.

Ala mañana La cueva despertó con gruñidos.

Jaruto roncaba tirado en el suelo. Suki le pateó la cola. Himari, en forma de niña, se estiraba y sus huesos tronaban como madera vieja. Poli ya era una tetera y le servía té a Akem.

Kasumi abrió los ojos. Le dolía hasta el pelo.

“Arriba”, dijo Hanna, ya parada. “Goru no espera.”

Salieron otra vez. En fila. Hanna al frente. Los Doce detrás. Kasumi otra vez en medio, tratando de no cojear.

Llegaron al dojo de piedra negra. El círculo de arena blanca ya estaba barrido. Liso.

Goru ya estaba ahí.

Pero no estaba solo.

A su lado había una chica.

Alta. Pelo blanco, corto, amarrado en una coleta. Ropa de entrenamiento negra, sin mangas. Brazaletes de metal en los brazos.

No sonreía.

Tenía los ojos de Goru. Negros. Profundos. Pero más jóvenes. Más duros.

Los Doce se pararon en seco.

Hasta Jaruto se enderezó.

Goru no saludó. No hacía falta.

“Esta es Saya”, dijo. Su voz de trueno viejo. “Mi hija. Terminó su entrenamiento con el Clan del Río. Ahora está con nosotros.”

Saya no dijo nada. Solo inclinó la cabeza. Un segundo. Seco. Respeto sin palabras.

Hanna asintió. “Bienvenida a los Doce, Saya.”

Uno por uno, los demás asintieron. Himari, en forma adulta, le enseñó los colmillos. Como saludo. Daiki le tocó el arco. Respeto entre arqueros.

Goru miró a Kasumi.

“Y esta”, dijo, señalándola con el bastón, “es Kasumi. Humana. Está aquí. Se queda. Se entrena.”

Saya giró la cabeza.

Miró a Kasumi.

No con asco. No con miedo.

La escaneó. De arriba abajo. Como si contara huesos. Como si midiera cuánto iba a tardar en romperse.

Kasumi apretó el listón rojo sin querer.

Saya parpadeó. Una vez.

Luego volvió a mirar a su padre.

“Entendido”, dijo. Su voz era bajita. Filosa. Igual que las espadas de su espalda.

Goru golpeó la arena con el bastón. _Pum._

“¡Ya hablaron! ¡Ahora a trabajar! ¡Los Doce, cien vueltas! ¡Saya, con ellos! ¡Kasumi, al centro conmigo!”

Jaruto gimió. “Otra vez no…”

Suki lo empujó. “Corre, pulgoso.”

Salieron todos, corriendo alrededor del dojo. Saya iba al frente. No corría. Deslizaba. Como si la arena no la tocara.

Kasumi se paró frente a Goru.

Le temblaban las piernas del día anterior.

“Postura”, dijo Goru. “Ayer no te mataste. Hoy vemos si aguantas.”

Kasumi se puso en posición. Mal otra vez.

Goru no la golpeó. Aún.

“Los humanos son débiles”, dijo. “Lentos. Se rompen fácil. Pero”, le dio un toque con el bastón en el pecho, justo donde estaba el tirón, “si tienes esto, si tienes una razón… puedes aprender a no morir.”

Levantó el bastón.

“Vamos otra vez. Y esta vez, no te caes.”

Detrás de ellos, los Doce corrían. Jaruto intentaba alcanzar a Saya. No podía. Azaí apareció frente a él de la nada y lo hizo tropezar. Luna se reía. Rin levantó un escudo para que Ken no se estrellara contra una roca.

Era un caos.

Pero era su caos.

Y Kasumi, en medio de la arena, con un anciano que podía matarla con un dedo y una chica con espadas que la miraba como si fuera de cristal,

Empezó otra vez.

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