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MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UN CORAZÓN SESGADO

MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UN CORAZÓN SESGADO

Status: En proceso
Genre:Autosuperación / Amor eterno / Romance
Popularitas:137
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

"Soy psicóloga, sé exactamente por qué el amor es una ilusión neuroquímica… y aun así estoy a punto de perder una apuesta por culpa del publicista con la sonrisa más estadísticamente significativa del mundo."

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 2: El Efecto Nueva York

En psicología transcultural hay un fenómeno que explica por qué algunas personas se sienten abrumadas al cambiar de entorno: el Choque Cultural. Es esa sensación de desorientación, de extrañeza, de no pertenencia que experimentamos cuando nos sumergimos en un contexto que no es el nuestro. Los sonidos son distintos. Los olores son distintos. Las normas sociales no escritas que en casa manejamos sin pensar, aquí requieren un esfuerzo consciente.

Nueva York olía a pretzel caliente, a vapor de alcantarilla y a ambición.

Yo, Valeria Núñez, doctora en Psicología Social, autora de novelas románticas y ahora también fenómeno editorial internacional, llevaba exactamente cuarenta y siete horas en Manhattan. Y mi cerebro, saturado de estímulos, había entrado en modo supervivencia.

—Estás haciendo otra vez esa cosa con la ceja —dijo Andrés, apareciendo a mi lado con dos vasos de café humeantes. Starbucks. No era El Psicoanálisis, pero a esas horas de la mañana, con el jet lag aún haciendo estragos, cualquier cafeína era bienvenida.

—¿Qué cosa?

—Esa. La ceja izquierda. La elevas tres milímetros y la mantienes ahí. Es tu gesto de "estoy analizando todo y no me gusta lo que veo".

—No sabía que tuvieras catalogados mis gestos.

—Llevo un año y medio viéndote desayunar. Tengo una base de datos.

—Eso es...

—¿Romántico?

—Iba a decir "inquietante". Pero romántico también.

Estábamos en la terraza del hotel, un edificio art déco en pleno Midtown. Desde allí, la ciudad se desplegaba como un organismo vivo. Taxis amarillos. Sirenas lejanas. Rascacielos que arañaban un cielo de un azul imposiblemente nítido para ser enero.

Al día siguiente empezaba la gira. Entrevista en el Today Show. Firma en la Barnes & Noble de Union Square. Cóctel con la editorial en un loft de Chelsea. Y el plato fuerte: la presentación oficial en la Feria del Libro de Nueva York, donde Andrés y yo daríamos nuestra primera entrevista conjunta como "la pareja que inspiró la novela del año".

—¿Nerviosa? —preguntó Andrés, dándome uno de los cafés.

—No. Estoy aterrorizada. Que es un estado distinto.

—¿Quieres que te recite el capítulo nueve? El de "el amor no es ausencia de miedo, es actuar a pesar de él".

—Si me recitas mis propios libros, juro que te tiro el café por encima.

—Es Starbucks. No sería una gran pérdida.

Reí. Una risa corta, nerviosa, pero real. Andrés tenía ese don. El de hacerme reír incluso cuando mi cerebro estaba a punto de colapsar por sobrecarga de ansiedad.

—¿Qué es lo que más te asusta? —preguntó, apoyándose en la barandilla de la terraza.

—Que me pregunten cosas que no sé responder.

—Como qué.

—Como "¿qué se siente al ser la voz de una generación de lectoras?" o "¿cree que el amor romántico está sobrevalorado en la literatura actual?" o "¿es cierto que su novio corrige las inexactitudes anatómicas de sus besos?"

—Esa última ya la respondiste en la gala.

—Era un público reducido. Trescientas personas. Esto es... el Today Show. Lo ven millones.

—Millones que ya han leído tus libros. Que ya te quieren. Que ya saben quién eres.

—No saben quién soy. Saben quién es V. Núñez.

—Valeria. —Andrés me tomó de la barbilla, girando mi rostro hacia el suyo—. V. Núñez y Valeria son la misma persona. Lo hemos hablado. Lo has aceptado. Incluso lo escribiste en el epílogo de tu último libro.

—Escribir algo y creerlo son cosas distintas.

—Entonces, ¿qué necesitas para creerlo?

Suspiré. Miré la ciudad. Allá abajo, la vida seguía su curso. Gente que iba a trabajar. Gente que paseaba perros. Gente que se enamoraba, que se desenamoraba, que escribía sus propias historias sin saber que algún día podrían acabar en un libro.

—Necesito que esto no me cambie —dije finalmente—. Necesito seguir siendo yo. La que se preocupa por la tapa de la mantequilla. La que analiza los mensajes de WhatsApp. La que le habla a su gato como si entendiera cada palabra.

—Schrödinger entiende cada palabra.

—Eso es lo que me temo.

Andrés sonrió. Esa sonrisa. La suya. La que llevaba un año y medio iluminando mis días, incluso a cinco mil kilómetros de casa.

—Vamos a hacer una cosa —dijo—. Cada vez que sientas que esto te supera, me aprietas la mano. Yo te apretaré de vuelta. Será nuestro código. Nuestro "aquí estoy". Nuestro "esto es real".

—¿Como un ancla emocional?

—Como un ancla. A secas. Sin terminología psicológica.

—Trato hecho.

Nos quedamos en silencio, contemplando la ciudad. El sol empezaba a ponerse, tiñendo los rascacielos de un naranja que recordaba a los atardeceres de Barcelona. Por un momento, casi podía oler el mar. Casi podía oír el maullido de Schrödinger reclamando su cena. Casi podía sentir que todo aquello era solo un sueño del que despertaría en nuestro apartamento, con las sábanas revueltas y el aroma del café de Andrés flotando en el aire.

Pero era real. Todo era real.

Y al día siguiente, millones de personas conocerían nuestra historia.

---

La noche antes del Today Show soñé con Schrödinger.

En el sueño, el gato estaba sentado en el sillón del presentador, con una corbata minúscula y un micrófono en la pata. Me miraba con su desprecio habitual y decía, con voz de Morgan Freeman: "Humana, el amor es como una nevera abierta. Solo encuentras lo que buscas si te atreves a meter la pata."

Desperté a las cuatro de la madrugada, hora de Nueva York. Andrés dormía a mi lado, ajeno a mis crisis existenciales gatunas. La ciudad seguía iluminada al otro lado de la ventana, como si nunca durmiera, como si el sueño fuera una debilidad que Manhattan no se podía permitir.

Encendí el móvil. Tenía un mensaje de Clara.

"Schrödinger ha intentado abrir la nevera tres veces. He puesto la silla delante, como me dijiste. Ha encontrado la manera de mover la silla. Estoy aterrorizada. ¿Seguro que este gato no es un demonio?"

Sonreí. Le respondí:

"No es un demonio. Es peor. Es un gato con motivación. Dale salmón y se calmará. Besos."

Luego, sin saber muy bien por qué, abrí Noveltoom. El borrador de mi nueva novela seguía allí, esperando. El capítulo siete, a medio escribir. El de las crisis. El de los puntos de inflexión.

Escribí una sola línea:

"A veces, el amor no es una nevera cerrada. Es una puerta entreabierta. Y lo que importa no es lo que encuentras dentro. Es con quién compartes el salmón."

Cerré la aplicación. Apagué el móvil. Me acurruqué contra Andrés, que murmuró algo ininteligible en sueños y me rodeó con su brazo.

Al día siguiente, el mundo conocería nuestra historia.

Pero aquella noche, en la intimidad de una habitación de hotel a cinco mil kilómetros de casa, nuestra historia era solo nuestra.

Y eso, pensé antes de quedarme dormida, era lo único que importaba.

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