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CIEN DIAS DE AMOR FORZADO:LA ESPOSA DEL MANGNATE

CIEN DIAS DE AMOR FORZADO:LA ESPOSA DEL MANGNATE

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Amor prohibido / Romance
Popularitas:4.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

¿Puede un amor nacido del engaño sobrevivir a la verdad? ¿Podrá la esposa sustituta reclamar el corazón de un hombre que juró nunca volver a amar?

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capitulo 2

El trayecto hacia la mansión Volkov fue un desierto de palabras. El interior del Maybach olía a cuero nuevo y al perfume cítrico y amargo de Dante, una combinación que se me instalaba en los pulmones y me recordaba, con cada inhalación, que ya no era dueña de mi destino. Él no despegó la vista de su tableta. Sus dedos largos y pálidos se movían sobre la pantalla con una precisión mecánica, ignorando mi presencia como si yo fuera apenas un bulto de seda blanca ocupando el asiento contiguo.

Observé su perfil por el rabillo del ojo. Tenía una mandíbula tan afilada que parecía capaz de cortar el aire. Era guapo, de una forma hiriente y distante, como una estatua de mármol que ha sido pulida para ser admirada pero nunca tocada. Me pregunté qué clase de traumas habitaban bajo ese traje de tres piezas. Nadie se apodaba "El Glaciar" solo por una buena estrategia de negocios; ese tipo de frío nacía de una quemadura profunda.

—Si sigues mirándome así, Elena, voy a empezar a cobrarte por el espectáculo —soltó sin girar la cabeza. Su voz era un roce de terciopelo sobre grava—. Guarda ese entusiasmo para las cámaras. Aquí no hay nadie a quien impresionar.

Sentí el calor subir por mi cuello. La arrogancia de este hombre era proporcional a su cuenta bancaria.

—No te estaba mirando con entusiasmo, Dante —respondí, forzando la voz a sonar tan aburrida como la de mi hermana—. Intentaba descifrar si debajo de esa fachada de robot hay algo de sangre o simplemente cables y algoritmos.

Él apagó la tableta de golpe y se giró hacia mí. El espacio en el coche pareció reducirse a la mitad. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos, buscando una debilidad que yo no podía permitirle encontrar.

—Hay lo que necesitas que haya para que tu padre no termine en la cárcel y tu madre siga recibiendo su tratamiento —dijo, bajando el tono hasta convertirlo en una amenaza susurrada—. No te confundas. Esto no es un romance de los que lees en las revistas. Eres una transacción. Y por lo que sé de tu historial, las transacciones son lo único que entiendes.

Me dolió. Me dolió porque él estaba juzgando a Elena, pero las palabras me golpeaban a mí, a Zoe, la chica que nunca había pedido nada más que un lienzo y un poco de paz. Tuve que apretar los dientes para no gritarle que yo no era la mujer que él creía. Pero el contrato era claro: cien días. Cien días siendo la villana para salvar a la única persona que me importaba.

—Perfecto —dije, retirándole la mirada—. Entonces dejemos de fingir que nos interesamos por lo que el otro piensa. Solo llévame a esa jaula que llamas casa.

Cuando el coche finalmente se detuvo, el corazón me dio un vuelco. La mansión de Dante no era una casa; era una fortaleza de cristal y acero negro situada en la cima de una colina, rodeada de pinos que parecían guardias silenciosos. Todo en ella gritaba poder y aislamiento.

Un mayordomo de pelo canoso y expresión imperturbable nos esperaba en la entrada. Se inclinó levemente cuando Dante bajó del coche, pero cuando sus ojos se posaron en mí, noté un destello de algo que no supe identificar. ¿Lástima? ¿Desprecio? Elena ya había estado aquí un par de veces durante el corto y turbulento compromiso, y por lo que había escuchado, se había encargado de dejar una estela de insultos y exigencias ridículas.

—Bienvenida a casa, señora Volkov —dijo el hombre.

—Gracias, Arthur. Lleva sus maletas a la habitación de invitados de la suite principal —ordenó Dante mientras entraba en el vestíbulo sin esperarme—. Y prepárame un whisky en el despacho. Tengo conferencias con Londres en diez minutos.

Caminé detrás de él, tratando de procesar la magnitud del lugar. El suelo era de un mármol tan oscuro que reflejaba las luces del techo como si caminara sobre agua profunda. No había fotos, ni plantas, ni una sola mancha de color que sugiriera que allí vivía un ser humano. Era un museo dedicado a la soledad.

Dante se detuvo frente a una gran escalera de caracol y se giró hacia mí.

—Tus cosas ya están arriba. He hecho limpiar el vestidor para que quepan todas tus... necesidades superficiales. Mi despacho está en el ala oeste; está estrictamente prohibido que entres allí sin mi permiso. Mi habitación y la tuya están conectadas por el vestidor, pero la puerta del medio permanecerá cerrada con llave. No quiero sorpresas nocturnas, Elena. No me interesa lo que vendes.

—Créeme, Dante, no tengo ninguna intención de entrar en una habitación donde el aire está a bajo cero —respondí con una sonrisa gélida—. Solo dame la clave del Wi-Fi y dime a qué hora sirven la comida. No pienso molestarte más de lo necesario.

Él arqueó una ceja, claramente sorprendido por mi falta de insistencia. Según el expediente de mi hermana, ella siempre estaba intentando llamar su atención, ya fuera con berrinches o con ropa provocativa. Mi indiferencia parecía descolocarlo.

—La cena es a las ocho. Arthur te dará lo que necesites. No me esperes despierta.

Lo vi alejarse hacia el ala oeste, sus pasos resonando con una autoridad que hacía que las paredes parecieran encogerse. Suspiré, dejando que mis hombros cayeran por primera vez en todo el día. El peso del vestido de novia se sentía como una condena.

Subí a la que sería mi habitación y me detuve en el umbral. Era enorme, decorada en tonos grises y crema, con un ventanal que ofrecía una vista impresionante de la ciudad a lo lejos. Pero lo que me llamó la atención fue el vestidor. Estaba lleno de ropa que no era mía: vestidos de diseñador, zapatos de tacones imposibles y bolsos que costaban más que mi educación universitaria. Todo era de Elena. Todo era parte de la mentira.

Me acerqué al espejo y empecé a quitarme las joyas de la familia que me habían prestado. Una a una, las piezas de oro y diamantes fueron cayendo sobre el tocador. Me deshice del maquillaje con una toalla, frotando hasta que mi piel quedó rosada y limpia. Allí estaba yo de nuevo. Zoe. La chica de los ojos grandes y el alma llena de colores que ahora estaban prohibidos.

Exploré la habitación buscando algo que me hiciera sentir menos como una intrusa. En una esquina, cerca de la ventana, había un pequeño escritorio de madera que parecía fuera de lugar en esa habitación tan moderna. Abrí el cajón superior y encontré un bloc de notas y un bolígrafo con el logo de la empresa de Dante.

Sin pensarlo, empecé a garabatear. Mis dedos se movían por instinto, trazando líneas que pronto se convirtieron en el perfil de un hombre atrapado en un bloque de hielo. No era un dibujo bonito; era crudo, lleno de sombras y ángulos agudos. Era Dante.

Pasaron las horas y la oscuridad empezó a lamer los cristales del ventanal. Me puse una de las batas de seda de Elena, una prenda tan corta y transparente que me hacía sentir ridículamente expuesta, pero era lo único que había que no pareciera un disfraz de gala.

A las ocho en punto, bajé al comedor. La mesa era lo suficientemente larga como para albergar a veinte personas, pero solo había un servicio puesto en un extremo. Dante ya estaba allí, sentado a la cabecera, leyendo unos documentos mientras comía algo que parecía demasiado saludable para ser apetecible.

Se tensó cuando entré. Sus ojos recorrieron mi cuerpo cubierto apenas por la seda, y por primera vez vi una grieta en su máscara. Sus pupilas se dilataron y su mandíbula se apretó tanto que temí que se le rompiera un diente.

—Te dije que no me interesaba lo que vendes —dijo con la voz ronca, volviendo la vista a sus papeles de inmediato.

—Y yo te dije que esto es lo único que había en el armario —respondí, sentándome en el lugar frente a él, desafiando la distancia—. Si quieres que baje vestida como una monja, tendrás que comprarme ropa que no pertenezca a una mujer que cree que la tela es un recurso escaso.

Dante dejó el tenedor y me miró fijamente. Había algo diferente en mi tono, algo que no encajaba con la Elena que él conocía. Ella habría aprovechado ese momento para coquetear, para sentarse en su regazo o para quejarse de la comida. Yo solo empecé a comer en silencio, ignorando su escrutinio.

—Estás muy callada —observó él después de unos minutos.

—Estoy cansada, Dante. Ha sido un día largo de fingir que me importa este matrimonio —respondí con sinceridad absoluta, olvidando por un segundo mi papel.

—Al menos en eso estamos de acuerdo —murmuró él, y por un instante, el aire entre nosotros no se sintió tan frío. Fue un segundo apenas, una tregua invisible antes de que él volviera a levantar sus muros—. Mañana tenemos un evento en la fundación. Necesito que te comportes. Habrá prensa.

—Haré mi trabajo. No te preocupes.

Terminé mi cena antes que él y me levanté.

—Buenas noches, Dante. Intenta no trabajar hasta que se te congelen las ideas. Sería una lástima que el Glaciar se volviera un témpano inservible.

Él no respondió, pero sentí su mirada quemándome la espalda mientras salía del comedor.

Al volver a mi habitación, la soledad del lugar me golpeó con fuerza. Me acerqué al ventanal y pegué la frente al cristal frío. "Cien días", me repetí como un mantra. Solo tenía que aguantar cien días de este teatro. Pero mientras miraba el reflejo de la luna en el cristal, me di cuenta de algo aterrador: el problema no era que Dante fuera un hombre de hielo. El problema era que, incluso en su frialdad, había una intensidad que me atraía como una polilla a una llama azul. Y en este juego de espejos y mentiras, no estaba segura de quién de los dos acabaría quemándose primero.

Me acosté en la cama enorme, sintiendo el aroma de las sábanas nuevas y extrañas. El silencio de la mansión era absoluto, roto solo por el susurro del viento contra los pinos. Cerré los ojos, tratando de imaginar los colores de mis óleos, el olor de la trementina y la libertad de mi pequeño estudio. Pero lo único que veía tras mis párpados era la mirada oscura de Dante Volkov, un enigma que, muy a mi pesar, empezaba a querer descifrar.

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Rozalia Dragos
Entretenido Muy bueno
ana vasquez
un tira y encoje entretenido, eso sí 🤭
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