accidente… y despierta en el cuerpo de un personaje dentro de la novela que estaba leyendo.
No es una heroína.
No es alguien importante.
Es alguien destinada a morir.
Y lo peor… es saber exactamente a manos de quién.
El duque.
Frío, implacable y peligroso, el mismo hombre que en la historia original termina con su vida. Decidida a cambiar su destino, ella hará todo lo posible por mantenerse lejos de él.
Pero hay algo que no estaba en la novela.
Una conexión inexplicable.
Una mirada que la reconoce.
Un lazo que no puede romper.
Porque mientras ella intenta huir de su muerte…
él comienza a acercarse como si siempre le hubiera pertenecido.
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Kael
Kael la observaba desde las sombras.
No era la primera vez.
Ni la segunda.
Ya eran varias noches seguidas.
Cada vez que la ciudad caía en silencio…
Su control también se rompía un poco.
Su lobo quería salir.
Respirar.
Moverse.
Buscar.
Y siempre…
Siempre lo llevaba al mismo lugar.
A ese punto exacto del marquesado.
Debajo de la misma ventana.
La de ella.
Elara.
Kael apretó la mandíbula.
No entendía por qué.
No era lógico.
No era orden.
Era instinto.
Su lobo no estaba confundido.
Estaba seguro.
Como si algo dentro de él reconociera ese lugar como “hogar”.
Pero ella…
Ella no pensaba igual.
La última vez…
Su mirada.
Ese miedo.
Ese rechazo.
Lo habían golpeado más de lo que quería admitir.
Kael cerró los ojos un momento.
Respiró hondo.
—No debería estar aquí…
Pero no se iba.
No podía.
Porque aunque intentara alejarse…
Siempre terminaba regresando.
A la misma ventana.
Al mismo silencio.
Al mismo dolor extraño que no sabía explicar.
El viento movió su cabello negro.
Sus ojos rojos brillaron apenas en la oscuridad.
—¿Por qué tú…?
Su voz se perdió en la noche.
Porque ni siquiera él tenía la respuesta.
Y arriba…
En la ventana…
Elara no lo sabía.
Pero ya no estaba sola.
Aunque aún no lo entendiera…
Algo en la oscuridad…
La estaba buscando.
Elara
Elara sintió algo extraño.
Esa sensación incómoda…
Como si alguien la estuviera observando.
Su respiración se volvió más lenta.
Miró alrededor de la habitación.
Silencio.
Demasiado silencio.
Sin pensarlo mucho, caminó hacia el balcón.
El viento nocturno le golpeó el rostro.
Frío.
Levantó la vista hacia el jardín.
Y entonces lo vio.
En la oscuridad.
Dos ojos rojos.
Brillando apenas entre las sombras.
Su cuerpo se tensó al instante.
El corazón le dio un vuelco.
—¿Kael…?
Su mente lo identificó sin permiso.
El duque.
Su imagen apareció en su cabeza como un relámpago.
Pero no era solo eso.
Había algo más.
Algo que no entendía.
Un instinto.
Una presencia.
Un peligro… familiar.
Sintió un leve aleteo en el pecho.
Confusión.
Miedo.
Y algo más que no quería nombrar.
Bajó la mirada por un segundo.
Y cuando volvió a mirar…
Ya no había nadie.
El jardín estaba vacío.
Solo el viento moviendo los árboles.
Elara dio un paso atrás lentamente.
—¿Lo imaginé…?
Pero su cuerpo no estaba tranquilo.
Porque lo que había visto…
Se sentía demasiado real.
Como si no hubiera desaparecido.
Solo… ocultado.
Y en algún lugar de la oscuridad…
alguien seguía allí.
En otra parte del palacio, el príncipe Maximiliano se sentía incómodo.
No era por la guerra.
Ni por el trono.
Sino por la conversación frente a él.
El ministro de guerra y su esposa sonreían con evidente satisfacción.
—Serán unos excelentes reyes algún día —decía el ministro con orgullo.
Maximiliano mantuvo la compostura.
Pero por dentro…
No compartía esa certeza.
A su lado, Marian permanecía en silencio.
Sus mejillas ligeramente sonrojadas.
No por vergüenza.
Sino por la presión de las palabras ajenas.
—Y cuando lleguen los nietos… el reino estará en buenas manos —añadió la esposa del ministro con entusiasmo.
El ambiente se volvió aún más pesado.
Maximiliano apretó ligeramente la mandíbula.
No dijo nada.
Pero su mirada se endureció por un instante.
Marian, por su parte, bajó la vista.
Ella no era una noble que viviera solo en salones.
Entrenaba.
Se esforzaba.
Incluso cuando no estaba en el palacio, seguía con la espada.
Con disciplina.
Con determinación.
Y aun así…
Era tratada como una pieza en un futuro que no había decidido.
—Marian ha progresado mucho en su entrenamiento —comentó el ministro con orgullo—. Será una gran figura para el reino.
Ella sonrió apenas.
Un gesto pequeño.
Educado.
Pero detrás de esa sonrisa…
Había tensión.
Maximiliano la observó de reojo.
Por un instante…
Se dio cuenta de algo.
Ella también estaba siendo empujada hacia un destino.
Uno que aún no había elegido.
El silencio entre ellos creció.
Y el futuro…
se sintió más pesado que la guerra misma.
ya quiero saber que sige ☺️☺️☺️