El amor entra por el estómago y los ojos
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10
Sergei se quedó de pie en medio del pasillo, mirando sus manos vacías y luego la espalda de su mejor amigo que desaparecía escaleras arriba. El "Demonio Ruso", el hombre cuyo nombre hacía que los gobernadores temblaran y que los rivales prefirieran el suicidio antes que enfrentarlo, soltó un bufido de pura indignación.
—El Demonio Ruso... ja, qué chiste —masculló para sí mismo, ajustándose el saco de tres mil dólares—. Aquí parezco un payaso. Nadie me respeta en mi propia casa.
—¡Cállate, ridículo! ¡La princesa tiene prioridad! —se escuchó la voz potente del doctor Alfonso desde el piso superior, resonando por todo el vestíbulo de mármol.
Sergei cerró la boca de golpe. En cualquier otro lugar, esa respuesta le habría costado la lengua a alguien, pero allí no. En la mansión Románov, el orden jerárquico era distinto al de las calles. Si bien Sergei era el dueño absoluto del mundo oscuro y sus avenidas bañadas en sangre, la reina indiscutible de esa casa era Inna. Con apenas cuatro años, su cabello oscuro como el ala de un cuervo y esos ojos azules heredados de su padre que lanzaban chispas de voluntad, la pequeña manejaba a todos —desde los guardaespaldas de dos metros hasta el mismísimo Pakhan— con un solo movimiento de su dedito meñique.
Cuando Sergei finalmente entró en la recámara, se encontró con una escena que nadie en el mundo exterior creería. El cuarto, decorado con estrellas brillantes y nubes de algodón, estaba lleno de una tensión protectora. Alfonso ya estaba haciendo su magia, moviéndose con la precisión de un artesano mientras revisaba la garganta y los oídos de la niña.
Igor, mientras tanto, estaba sentado al borde de la cama, ignorando por completo que sus pantalones de marca se estaban arrugando. Estaba totalmente entregado a la tarea de entretener a la pequeña.
—Escúchame, bombón —le decía Igor con una seriedad que usaba normalmente para negociar cargamentos de armas—. Si cooperas con el doctor y dejas que te revise sin llorar, mañana mismo te compro un poni. El que tú quieras. Y te llevaré de compras, vaciaremos la juguetería entera para ti. ¿Trato hecho?
Inna, con los ojos todavía empañados por las lágrimas, asintió levemente, hipnotizada por la promesa del poni. Sergei se acercó a la cama, sintiendo cómo el aire regresaba a sus pulmones al ver que su hija ya no gritaba de dolor.
—Alfonso... —la voz de Sergei salió tensa, casi un ruego—. ¿Cómo está? ¿Qué tiene?
El doctor terminó de guardar su termómetro y suspiró, mirando al gigante frente a él con una mezcla de cansancio y afecto.
—Es una pequeña infección en la garganta y una temperatura leve, Sergei. Nada que no cure un tratamiento a tiempo —sentenció el médico, extendiendo una receta escrita con letra rápida—. Aquí están los medicamentos. Manda a traerlos ahora mismo. Necesito que tome caldos de pollo, mucha fruta y agua. Hay que mantenerla hidratada cueste lo que cueste.
En ese instante, el mundo pareció volver a respirar. El peso invisible que oprimía el pecho de todos los presentes se disipó como el humo. Sergei tomó la receta y se la entregó a uno de los hombres que esperaba en la puerta, quien salió disparado como si su vida dependiera de llegar a la farmacia en tiempo récord.
Igor se relajó, soltando un suspiro que pareció un rugido sordo de alivio, y le acarició la frente a Inna. La "Reina" de los Románov finalmente cerró los ojos, agotada por el berrinche y la fiebre, segura en medio de sus dos guardianes más feroces. El Código Rosa había terminado, y aunque Sergei seguía sintiéndose un "payaso" sin autoridad doméstica, ver a Inna respirando con calma era el único poder que realmente le importaba mantener.