Siete años después de graduarse de la Clase 3-E, Nagisa Shiota ha construido una vida estable como profesor, ocultando tras su calma el dolor del abandono de Karma Akabane. Karma, ahora un exitoso burócrata, regresa a la vida de Nagisa dándose cuenta de que el poder y el dinero no llenan el vacío de haber huido por miedo a sus propios sentimientos y al trauma del pasado.
Lo que comienza como un asedio de persistencia por parte de Karma choca con el muro de frialdad de un Nagisa que ya no está dispuesto a ser el pilar de nadie más. En un reencuentro cargado de reclamos honestos y cicatrices abiertas, ambos deberán decidir si son capaces de perdonar las ausencias del pasado para permitirse, finalmente, un futuro juntos.
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19_La Cama del Invitado
El suave clic de la cerradura al cerrarse resonó en la habitación de invitados, marcando el fin de la noche. Karma y Nagisa habían logrado esquivar hábilmente las inquisitivas preguntas de Kayano durante la cena, respondiendo solo lo necesario con una sincronización casi telepática. Kayano, con su aguda intuición, parecía entender que había límites que no debían cruzarse, al menos no todavía, y había disfrutado del sutil juego de ingenio. La cena había sido deliciosa y la conversación, aunque superficial, había sido relajada, un preludio tranquilo a la intensidad que se cernía entre ellos.
La habitación de invitados de Kayano era un oasis de lujo discreto. Las paredes de tonos neutros, una cama king-size impecablemente hecha con sábanas de seda, y una ventana que ofrecía una vista parcial de las luces de la ciudad. El ambiente era sereno, pero la atmósfera entre Karma y Nagisa era cualquier cosa menos eso. Estaba cargada de una expectación palpable, el eco de los besos de esa mañana y la adrenalina de la gala aún vibrando en sus venas.
Karma se desabrochó la corbata con un movimiento fluido, su mirada fija en Nagisa.
—Ha sido una noche interesante —comentó Karma, la voz baja, el sonido de la seda liberándose del cuello era el único ruido en la habitación.
Nagisa se acercó al espejo, comenzando a deshacer el nudo de su propia corbata. Su reflejo mostraba un leve rubor en sus mejillas, el brillo de sus ojos azules aún más intenso.
—Interesante es una forma de decirlo —respondió Nagisa, sus dedos temblaban ligeramente mientras intentaba desatar el nudo, el nudo que Karma había hecho para él. Era un pequeño detalle, pero ahora, en la quietud de la habitación, se sentía inmenso.
Karma, al notar la pequeña lucha de Nagisa, se acercó por detrás, sus manos cubriendo las de Nagisa. El contacto fue suave, pero la electricidad que corrió por la espalda de Nagisa fue innegable. Los dedos largos y hábiles de Karma se movieron con facilidad, deshaciendo el nudo en cuestión de segundos, la tela sedosa liberándose del cuello de Nagisa. La corbata cayó al suelo con un suave susurro.
El aliento cálido de Karma rozó la nuca de Nagisa, enviando escalofríos por su cuerpo.
—¿Problemas para desatarte, mi cazador? —preguntó Karma, su voz era un murmullo grave que vibró a través del cuerpo de Nagisa.
Nagisa cerró los ojos por un instante, sintiendo la cercanía de Karma, el aroma a menta y a su propio perfume amaderado que ahora lo envolvía.
—Tal vez me gusta que me aten de vez en cuando —respondió Nagisa, su voz era apenas un susurro, una admisión de vulnerabilidad que lo sorprendió incluso a él mismo.
Karma rio suavemente, el sonido retumbando en el pecho de Nagisa. Luego, sus manos se posaron en los hombros de Nagisa, haciéndolo girar para que lo enfrentara. La distancia entre ellos era casi nula. Los ojos dorados de Karma lo escudriñaron, buscando algo, pidiendo permiso.
Nagisa levantó la vista, sus ojos azules fijos en los de Karma. La tensión en la habitación se volvió casi insoportable, una cuerda estirada hasta el punto de romperse.
—¿Qué fue lo que le dijiste a Tanaka? —preguntó Karma, pero su tono no era de reproche, sino de asombro, de admiración.
Nagisa sonrió, una sonrisa pequeña y peligrosa.
—Lo que tenía que oír. Le hice saber que no eres una presa fácil, y que yo tampoco. Que te tengo bien sujeto.
Karma negó con la cabeza, una expresión de puro deleite en su rostro.
—"No a menos que... esté muerta" —citó Karma, su voz cargada de una fascinación oscura—. Eres aterrador, Nagisa. En el mejor de los sentidos.
—Tú eres más aterrador —replicó Nagisa, sus manos subiendo hasta el pecho de Karma, sintiendo el ritmo constante de su corazón.
—Quizás. Pero tú, mi pequeño depredador, eres el único que me hace sentir vivo. Y el único que puede matarme.
La declaración de Karma no fue un juego. Era la verdad brutal y hermosa de su relación. Nagisa lo miró, y en ese momento, las defensas que había mantenido durante años finalmente se derrumbaron. La promesa de la muerte en el corazón del amor. La entrega total, mutua, en la que el riesgo era tan embriagador como la recompensa.
Nagisa subió sus manos al cuello de Karma, sus dedos acariciando la piel.
—Entonces... no esperes que te suelte —murmuró, y luego, sin más preámbulos, lo besó.
El beso fue el final de la espera, el comienzo de una nueva fase. No fue solo deseo, fue una necesidad profunda, la fusión de dos almas que habían estado perdidas y ahora se encontraban. Los trajes formales, los eventos de gala, el mundo exterior... todo se desvaneció. Solo quedaron ellos dos, el uno para el otro, en la intimidad de esa habitación de invitados, listos para explorar las profundidades de su conexión.
Mientras sus labios se unían con una urgencia renovada, Karma bajó sus manos por la espalda de Nagisa, deteniéndose en la estrecha cintura. Sus dedos se abrieron, palpando esa curvatura tan deliciosa que poseía Nagisa, sintiendo cómo su cintura cabía perfectamente entre sus palmas. Era un ajuste natural, una conexión que parecía escrita en el destino.
Con una delicadeza sorprendente para su porte habitual, Karma comenzó a desabrochar los pequeños botones de la camisa de Nagisa, uno a uno, el roce de sus pulgares contra la tela fina enviando escalofríos por la piel de Nagisa.
Nagisa, sintiendo el avance, el calor de las manos de Karma, y el significado inconfundible de sus acciones, frenó el beso suavemente.
—Karma, no aquí —murmuró Nagisa, su voz era un hilo, apenas audible, pero firme. Se separó ligeramente de él, sus ojos azules fijos en los dorados de Karma—. Esta es la casa de Kayano.
Karma detuvo sus movimientos, su sonrisa se volvió astuta, una chispa de picardía encendida en sus ojos. Se inclinó, su aliento cálido rozando la oreja de Nagisa.
—¿Aquí no, dices? —su voz era un susurro grave, cargado de sugerencia—. Entonces... ¿en la tuya sí?
Karma retrocedió un paso, observando a Nagisa con una sonrisa amplia y pícara. La luz tenue de la habitación acentuaba la expresión en el rostro de Nagisa.
Nagisa, sorprendido por la pregunta directa y el tono burlón de Karma, se sonrojó hasta las orejas. El color carmesí se extendió por su cuello, subiendo hasta la raíz de su cabello, haciéndolo parecer aún más adorable. Las palabras de Karma habían dado en el blanco, exponiendo sus propios deseos apenas contenidos. Su mente, usualmente tan ágil, ahora estaba en blanco, incapaz de formular una respuesta coherente.
Karma disfrutó visiblemente de la vergüenza de Nagisa, saboreando el silencio que llenó la habitación. Era una victoria pequeña, pero significativa. Había derribado sus barreras, había expuesto sus deseos. Y sabía que, a pesar del sonrojo, Nagisa no estaba en desacuerdo.
—Lo tomaré como un sí —dijo Karma, su sonrisa ampliándose, antes de volver a besar a Nagisa, esta vez con una promesa tácita de que el verdadero final de la noche les esperaba en otro lugar.
La noche aún era joven, y las posibilidades eran infinitas.
Después de ese momento cargado de tensión y promesas no verbales, Karma y Nagisa se separaron para prepararse para dormir. No sin antes que los solícitos empleados de Kayano, siguiendo sus instrucciones, les trajeran dos conjuntos de pijamas idénticos, de suave algodón gris perla, que encajaban perfectamente con su imagen de "cazador y presa" en un escenario más relajado.
Karma y Nagisa se encontraban ya en la cama king-size, la oscuridad de la habitación de invitados solo rota por la tenue luz de la luna que se filtraba por la ventana. A pesar de la amplitud de la cama, se habían acostado a una distancia considerable el uno del otro, una separación que parecía mantener un último vestigio de las barreras que habían estado derribando a lo largo del día.
Karma, con su indiscutible humor, rompió el silencio que había comenzado a tornarse incómodo.
—Nagisa —dijo Karma, su voz resonando ligeramente en la quietud—. ¿No crees que podríamos caernos de la cama estando tan lejos? Es una cama muy grande.
Nagisa, que estaba mirando hacia el techo, se giró para mirar a Karma. En la penumbra, apenas podía distinguir la sonrisa en el rostro de Karma, pero sabía que estaba allí.
—No seas ridículo, Karma —respondió Nagisa, aunque una ligera sonrisa tiraba de las comisuras de sus labios. La verdad era que también se sentía extraño con tanta distancia, pero la inercia de los viejos hábitos era difícil de romper.
—¿Ridículo? —Karma bufó, y en un movimiento rápido y fluido, que apenas dio tiempo a Nagisa a reaccionar, tendió su brazo por encima de Nagisa, lo agarró por la cintura y lo jaló hacia él.
Nagisa soltó un pequeño sobresalto mientras su cuerpo era tirado sin esfuerzo hacia el de Karma. Se encontró apretado contra el pecho de Karma, su espalda contra el torso cálido y fuerte. El brazo de Karma se cerró alrededor de él, sosteniéndolo con firmeza. El aroma a menta y el calor de su cuerpo lo envolvieron por completo.
—Mucho mejor —murmuró Karma, su barbilla apoyada suavemente sobre la coronilla de Nagisa. El ritmo constante de su corazón latiendo contra la espalda de Nagisa era reconfortante, tranquilizador.
Nagisa, a pesar del repentino movimiento, se encontró acurrucándose instintivamente contra Karma. La tensión de la noche, las emociones, la vergüenza, todo se disipó en el abrazo cálido y protector. Se permitió cerrar los ojos, sintiendo la seguridad de estar en los brazos de Karma.
—Buenas noches, mi cazador —susurró Karma, su voz suave, casi inaudible.
—Buenas noches, Karma —respondió Nagisa, con un suspiro de satisfacción.
Y así, finalmente, en la quietud de la habitación de invitados de Kayano, después de una noche de gala, confrontaciones y promesas tácitas, Karma y Nagisa encontraron su lugar. Uno al lado del otro, el cazador y su presa, listos para enfrentar lo que el mañana trajera, juntos.