Se burlaron. La humillaron. La destruyeron.
Pero cometieron un error…
Nunca supieron que tenía una gemela.
Y ella no perdona.
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CAPÍTULO 11: INTENTO DE CONTROL
El problema con las personas como Mateo…
es que no saben cuándo detenerse.
Porque cuando pierden el control, no lo aceptan, no lo procesan, no retroceden… intentan recuperarlo, aunque eso signifique cometer un error más grande, aunque eso signifique enfrentarse a algo que ya no pueden manejar.
Y él…ya estaba en ese punto.
Se notaba en su forma de caminar.
En la rigidez de sus movimientos.
En la manera en que hablaba con los demás, más brusca, más cortante, como si estuviera intentando imponer algo que ya no le pertenecía.
El control.
Pero el control…ya no era suyo.
Lo supe antes de que pasara.
Esa sensación clara, directa, casi inevitable de que algo iba a ocurrir, de que ya no podía sostenerlo más, de que necesitaba hacer algo para sentirse otra vez en su lugar.
Porque yo estaba esperando eso.
El momento llegó al final de la jornada, cuando los pasillos empezaban a vaciarse, cuando el ruido bajaba y el ambiente se volvía más manejable, más propicio para que alguien intentara algo sin demasiados testigos.
Pero no lo suficiente para detenerlo.
Salí del salón con calma.
Y él estaba ahí.
Esperando.
Esta vez no ocultó nada.
No fingió normalidad.
Su postura era clara.
Confrontación directa.
—Tenemos que hablar —dijo.
No fue una invitación.
Fue una orden.
Sonreí levemente.
—Habla.
Silencio.
Mateo dio un paso hacia mí.
Luego otro.
Acortando la distancia.
Demasiado.
—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó, bajando la voz.
Lo miré.
Sin cambiar la expresión.
—Lo que ustedes empezaron.
Esa respuesta lo tensó de inmediato.
—Ya basta —añadió, apretando la mandíbula—. Esto se terminó.
Esa frase…no tenía peso.
Porque no venía desde el control.
Venía desde la desesperación.
—No decides eso —respondí.
Silencio.
Mateo dio otro paso.
Más cerca.
Invadiendo el espacio.
Intentando imponer.
Porque esa vez…no iba a ser como antes.
No esperé.
No reaccioné.
Actué.
Su mano se movió primero, intentando sujetarme del brazo con fuerza, intentando controlar el movimiento, intentando marcar una posición dominante que ya no tenía.
Pero no lo logró.
Porque yo ya estaba preparada.
Giré el cuerpo lo suficiente para desviar el agarre, sujetando su muñeca con precisión, usando su propia fuerza en su contra, rompiendo el impulso, obligándolo a perder el equilibrio en un segundo.
El golpe contra la pared fue fuerte.
Seco.
Real.
Pero no me detuve ahí.
Lo mantuve contra la superficie, sujetándolo con firmeza, sin permitirle recuperar el control, sin darle espacio para reaccionar, acercándome lo suficiente para que entendiera que esto no era una discusión, que no era un momento de tensión…era una diferencia clara.
—No vuelvas a tocarme —murmuré.
Sentí su respiración acelerarse.
No por el golpe.
Por la situación.
Porque ahora sí lo entendía.
No estaba lidiando con la misma persona.
Intentó soltarse.
Pero no pudo.
Y eso…lo quebró.
—¿Qué te pasa? —dijo, pero su voz ya no tenía firmeza.
Lo miré.
Fijamente.
—Te lo dije —respondí—. Ya no soy la misma.
Silencio.
Esa frase volvió a caer.
Pero esta vez…pesó más.
Mucho más.
Lo solté de golpe.
Sin suavizar.
Sin ayudar.
Mateo dio un paso atrás.
Luego otro.
Y eso fue todo.
No atacó.
No respondió.
No hizo nada.
Porque no podía.
Porque en ese momento…ya no tenía cómo.
—Esto no se queda así —dijo finalmente, pero su voz ya no convencía ni a él mismo.
Sonreí.
Leve.
Fría.
—Eso espero.
Silencio.
Me di la vuelta sin decir nada más, dejando que se quedara ahí, con la tensión, con la frustración, con la certeza de que había perdido algo que no sabía cómo recuperar.
El control.
Mientras caminaba, sentí la mirada otra vez.
La misma.
Constante.
Precisa.
Adrián.
De pie al otro lado del pasillo.
Observando.
Pero esta vez…no estaba igual.
No era solo análisis.
Era decisión.
Y eso…cambiaba todo.
Porque ahora ya no era un espectador.
Estaba entrando.
Y cuando alguien entra en un juego como este…no hay salida fácil.
Sostuve su mirada un segundo.
Y sonreí apenas.
Porque si quería involucrarse…entonces iba a entenderlo todo.
Sin filtros.
Sin límites.
Y cuando el que mandaba deja de poder tocar… ya perdió.