un caos en tacones
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Cap 23
La Conciencia: ¡Oh, no! ¡Damas y caballeros, preparen los extintores porque el incendio cerebral que va a tener Renata se va a ver desde el espacio! Ese momento en el que abres un ojo, la luz te martillea las sienes y te das cuenta de que el techo no es el tuyo... y que la ropa que llevabas anoche ha desaparecido mágicamente.
Renata despertó con la sensación de que una banda de guerra estaba practicando dentro de su cabeza. El silencio era absoluto, interrumpido solo por el suave zumbido del aire acondicionado de alta gama. Se movió un poco y sintió la suavidad de unas sábanas de seda negra.
Espera. Seda negra. Yo no tengo sábanas de seda negra.
Abrió los ojos de golpe y el pánico la golpeó más fuerte que el tequila. Estaba en una cama tamaño King, en una habitación que gritaba "masculinidad peligrosa y cara". Pero lo peor fue cuando intentó sentarse: el roce de la tela le confirmó que, efectivamente, no traía absolutamente nada puesto debajo de esa sábana.
—¡Dios, soy yo de nuevo! —susurró, cerrando los ojos con fuerza—. Por favor, dime que no pasó. Dime que mi dignidad de maestra no se quedó en un charco de vodka ruso.
La Conciencia: ¡Mírenla! Está revisando debajo de la sábana como si buscara pruebas de un crimen. Su cara de horror es un poema. Está tratando de recordar, pero su cerebro solo le devuelve flashes: ella bailando sobre una mesa, ella mordiéndole la oreja a Alek y ella... ¡oh no, ella pidiéndole una "estrella dorada" en todo el cuerpo!
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió con un clic casi imperceptible. Alek entró cargando una bandeja con café negro, jugo verde y una aspirina. Se había quitado el saco y llevaba la camisa blanca ligeramente desabotonada, luciendo una sombra de barba que lo hacía ver ilegalmente atractivo.
—Buenos días, Maestra —dijo él, con una voz tan suave que hizo que Renata se hundiera más en la cama hasta que solo se le veían los ojos—. Veo que el "Pequeño Tornado" ha despertado con un poco de resaca.
Renata se aferró a la sábana como si su vida dependiera de ello.
—¡Alek Volkov! —exclamó, aunque su voz sonó más como un graznido—. ¿Por qué... por qué no tengo ropa? ¿Qué hiciste? ¡Juro por mi título de pedagogía que si me tocaste te voy a...!
Alek dejó la bandeja en la mesa de noche y se sentó en la orilla de la cama, mirándola con una diversión contenida que le iluminaba los ojos azules.
—Tranquila, Renata —dijo él, acercándose un poco—. Anoche estabas muy decidida a... "explorar mis fronteras", por así decirlo. Pero antes de que pasara algo de lo que pudieras arrepentirte, decidiste que el jugo de uva era un excelente tinte para tu vestido y te lo quitaste tú misma antes de caerte dormida.
La Conciencia: ¡MENTIRA! Bueno, a medias. Se quitó el vestido porque tenía calor, pero Alek se está guardando los detalles más jugosos solo para verla sufrir un poquito más. Es un sádico encantador.
—¿Me... me lo quité yo? —balbuceó ella, roja de la vergüenza—. ¿Y tú dónde estabas?
—Cuidando que no te cayeras de la cama mientras me decías que mis ojos eran "ventanas al infierno con descuento" —Alek soltó una risita ronca—. No pasó nada, Renata. Soy un hombre de honor, y no tomo lo que no se me da con plena conciencia. Aunque debo admitir que fue la noche más interesante de mi vida.
Renata se tapó la cara con las manos, gimiendo de pura mortificación.
—Mátame. Por favor, saca una de tus pistolas rusas y mátame ahora mismo.
En ese momento, se escuchó un grito desde el pasillo:
—¡RENATA! ¡ESTE RUSO TIENE UN JACUZZI CON LUCES LED! ¡HERMANA, NO REGRESAMOS A MÉXICO NUNCA!
La Conciencia: ¡Es Sofía! Parece que la hermana menor no tiene tantas crisis existenciales. Pero el drama apenas empieza, porque Alek se ha inclinado hacia Renata, a solo centímetros de su rostro.
—Tómate el café —susurró Alek, su tono volviéndose serio y profundo—. Tenemos que hablar de lo que pasó en el auto. Eso de que "te tengo loco"... no era el vino hablando por mí.
besos xxx