A los quince años, Ian, un omega con sueños de grandeza, descubrió que su destinado era Eliah, el imperturbable delta y mejor amigo de su hermano. Tras años de rechazo, Eliah finalmente cede al cumplir Ian la mayoría de edad, iniciando un romance entre la estrella en ascenso y el arquitecto.
Sin embargo, a los diecinueve, una traición desgarradora empuja a Ian a huir sin mirar atrás. Cuatro años después, convertido en un ídolo musical de fama mundial, Ian regresa a casa. Eliah, atrapado entre el remordimiento y una obsesión que llama "destino", intentará recuperar lo que el tiempo y el dolor rompieron.
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Capitulo 2 acordes en la habitacion 402
La luz de la tarde se filtraba por la ventana, bañando de un tono ambarino los pósteres de ópera y los cables que serpenteaban por el suelo de la habitación de Ian. No era el escenario de un estadio, sino un rincón lleno de sueños a medio terminar. Sobre el escritorio, un micrófono con filtro antipop y una tarjeta de sonido barata eran sus herramientas de guerra. Ian, a sus diecisiete años, ya no era el niño de rostro redondo; sus facciones se habían afilado, y esa presencia que confundía a los sentidos —esa mezcla de fuerza de alfa y alma de omega— se volvía más evidente cada día.
— ¡Hola a todos! —dijo Ian a la cámara de su teléfono, ajustando los auriculares sobre su cabello negro—. Bienvenidos a otro directo de viernes. Hoy vamos a probar una composición nueva. Todavía no tiene nombre, pero tiene mucho de... bueno, de lo que guardo aquí.
Se señaló el pecho con una sonrisa tímida que hizo que el chat de la plataforma explotara en corazones y mensajes de apoyo. En ese entonces, "IanV" era solo un chico que subía covers y fragmentos de su alma a internet, un secreto compartido por unos pocos miles de seguidores que sentían que habían descubierto un diamante en bruto.
Empezó a tocar. Sus dedos largos se deslizaban por las teclas del piano eléctrico con una delicadeza técnica que contrastaba con la potencia de sus hombros. Mientras cantaba sobre esperas eternas y arquitecturas imposibles, Ian no veía la pantalla. Veía unos ojos oscuros que lo habían rechazado años atrás, pero que seguían siendo el norte de su brújula interna.
Justo cuando alcanzaba la nota más alta del estribillo, la puerta se abrió de par en par.
— ¡El postre ha llegado, pequeña estrella! —exclamó Marc, entrando con una bandeja que contenía dos porciones generosas de tarta de chocolate y un vaso de leche fría.
Ian cortó la música abruptamente, poniéndose rojo como un tomate.
— ¡Marc! ¡Estoy en vivo! —susurró, aunque ya era tarde. El chat se llenaba de risas y comentarios sobre el "hermano mayor sobreprotector".
Marc, lejos de intimidarse, se asomó a la cámara y saludó con la mano.
— Hola, fans de mi hermano. Asegúrense de decirle que coma, porque si por él fuera, se alimentaría solo de música y suspiros. ¡Adiós!
Tras cerrar la sesión entre risas y promesas de volver pronto, Ian se desplomó en su silla giratoria, aceptando la tarta que Marc le ponía delante. El ambiente en la casa de los Vargas siempre había sido así: un refugio. A pesar de que el mundo exterior a veces era duro con los omegas que no encajaban en el molde tradicional, su familia lo trataba como un tesoro que debía ser pulido, no escondido.
— Cantas cada vez mejor, enano —dijo Marc, sentándose en el borde de la cama y observando a su hermano con orgullo—. Pero esa canción... esa no era para tus seguidores. Esa tenía nombre y apellido.
Ian bajó la vista, hundiendo la cuchara en el bizcocho.
— No sé de qué hablas.
— Oh, vamos. Soy tu hermano, compartimos genes y casi el mismo código de ética. Además —Marc hizo una pausa, su tono volviéndose más suave—, Eliah me preguntó por ti el otro día en la facultad.
Ian levantó la cabeza tan rápido que casi se muerde la lengua.
— ¿Qué te preguntó? ¿Exactamente qué palabras usó?
Marc soltó una carcajada y le revolvió el pelo, ignorando las quejas de Ian.
— Solo quería saber si seguías con la música. Pero Ian... tengo que preguntártelo en serio. ¿Todavía te gusta? Ha pasado mucho tiempo desde que te dio aquel desplante en la sala. Es mi amigo, lo quiero, pero es un Delta, Ian. Son complicados, territoriales y, honestamente, Eliah tiene el corazón hecho de concreto armado.
Ian se quedó en silencio un momento, mirando cómo el sol terminaba de esconderse.
— No es que me "guste", Marc. Es que no puedo evitarlo. Es como si mi aroma lo reconociera como el lugar al que pertenezco. Sé que parece una locura porque soy un omega que parece que puede romperle un brazo a cualquiera, y él es un Delta que no cree en el destino... pero cuando lo veo, todo el ruido de mis canciones por fin tiene sentido.
Marc suspiró, su instinto protector luchando con la realidad.
— Sabes que siempre voy a estar de tu lado, ¿verdad? Si ese idiota te hace llorar, me da igual que sea mi mejor socio, lo lanzaré por el puente que estemos diseñando. Pero si de verdad es él... solo ten cuidado. Estás creciendo, Ian. Te estás volviendo alguien importante, alguien que el mundo va a querer mirar. No dejes que él sea el único que defina tu valor.
— No lo hará —respondió Ian con una firmeza que sorprendió a Marc—. Voy a ser tan grande que no podrá ignorarme. Algún día, Eliah no me verá como el "hermano pequeño". Me verá como el hombre que el destino le puso enfrente y tendrá miedo de no ser suficiente para mí.
Marc sonrió, dándole un último apretón en el hombro antes de salir de la habitación. Ian se quedó solo con su tarta a medio comer y su piano. Se puso los auriculares de nuevo y empezó a grabar una nueva pista. El título del archivo fue simple: Cimiento 01.
Esa noche, Ian no solo compuso música. Empezó a diseñar el plan para conquistar el corazón del arquitecto, sin saber que el precio de esa conquista sería, años más tarde, tener que abandonarlo todo para no romperse en mil pedazos.