Alelí juró vengar la muerte de sus padres infiltrándose en la mafia, pero jamás planeó enamorarse del hijo de su peor enemigo.
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Plan: Conquista.
Alelí no creía en las coincidencias.
Cada cosa que ocurría tenía un motivo, una causa, una consecuencia. Por eso, desde el momento en que supo el nombre de Maykol Zurita, su mente dejó de descansar. No era miedo lo que sentía, era precaución. La misma que la había mantenido viva durante tantos años.
Esa noche no fue al club.
Se quedó en su departamento, rodeada de papeles, notas, fotografías impresas y una computadora encendida. El rostro de Maykol aparecía en la pantalla junto a los pocos datos que había logrado conseguir. Demasiado pocos para alguien con tanto dinero y poder.
Eso ya decía mucho.
—Te escondes bien… —murmuró.
Investigó empresas, sociedades, fundaciones, negocios legales e ilegales. Todo estaba cuidadosamente fragmentado, protegido por nombres falsos y testaferros. La familia Zurita no era una mafia cualquiera; era una estructura sólida, silenciosa, peligrosa.
Y Maykol no era solo “el hijo”.
Era una pieza clave.
Eso lo hacía doblemente peligroso.
Alelí se recostó en la silla y cerró los ojos. Pensó en sus padres. En la sangre. En la promesa que se había hecho a sí misma siendo apenas una niña. No podía fallar. No ahora.
Pero el problema era evidente.
Maykol ya la había visto.
Ya sabía su nombre.
Ya la reconocería.
Y en el mundo en el que ella se movía, un error significaba la muerte.
—Piensa —se dijo—. Siempre hay una forma.
Y entonces, como un susurro incómodo, la idea apareció.
—Tengo que seducirlo—. Se dijo a sí misma.
No por deseo.
No por curiosidad.
Sino como arma.
Si lograba que Maykol se enamorara de ella, si conseguía que bajara la guardia, la puerta se abriría sola. Él la introduciría a su mundo. A su familia. A la mafia.
Y desde dentro… todo sería más fácil.
O eso quería creer.
Los días siguientes, Alelí observó más de lo que actuó. Analizó cada gesto de Maykol en el club. Su forma de sentarse. De mirar. De hablar con el personal. No era impulsivo. No era arrogante como muchos hombres con poder. Era controlado. Medía cada movimiento. Siempre cuidada su forma de actuar.
Eso lo hacía aún más peligroso.
—No eres como los demás —pensó.
Pero también notó algo más.
Él la buscaba.
No con insistencia vulgar, sino con presencia constante. Como si quisiera que ella se acostumbrara a verlo ahí. Como si quisiera que fuera inevitable.
Eso le dio ventaja.
Si él ya estaba interesado, el camino sería más fácil.
Pero también más riesgoso.
Anita fue la primera en notarlo.
—¿Te pasa algo Melisa? —le preguntó una tarde, sentadas en la biblioteca de la universidad—. Te noto diferente.
Alelí levantó la vista del libro.
—¿Diferente cómo?
—No sé… distraída. Pensativa. Y últimamente llegas más tarde al club, te arreglas más, te vistes diferente.
Alelí contuvo una sonrisa irónica.
—¿Eso es malo?
Anita la observó con atención. Luego sonrió.
—Creo que es la primera vez que te interesa alguien. Verdad.
La frase cayó como una piedra en el estómago de Alelí.
—No es eso —respondió rápido.
—Claro que sí —insistió Anita—. Nunca te fijaste en nadie. Jamás. Y ahora… ese tipo.
Alelí dudó un segundo. No podía decir la verdad. Nunca podía hacerlo.
—Hay un motivo —dijo finalmente—. Uno importante.
Anita interpretó esas palabras de la única forma posible.
—Entonces… ¿te gusta?
Alelí no respondió.
Y ese silencio fue suficiente.
Anita sonrió con una mezcla de sorpresa y alivio.
—Me alegra —dijo—. Pensé que nunca dejarías entrar a nadie. A tu vida.
Alelí bajó la mirada.
Si supieras —pensó— lo que realmente estoy haciendo…
Esa noche, Alelí decidió actuar.
Eligió con cuidado su ropa. Nada provocador. Nada vulgar. Algo sencillo, elegante. Natural. Sabía que con hombres como Maykol, lo obvio aburría. Lo inaccesible atraía.
Entró al club con la misma calma de siempre.
Maykol estaba sentado en una de lasesas, estaba solo, bebiendo un whisky.
Como si supiera que ella aparecería.
Alelí sintió su mirada incluso antes de verlo. Caminó sin apuro, atendió mesas, se movió con normalidad. No lo buscó.
Lo dejó esperar.
Cuando finalmente se acercó a su mesa, Maykol levantó la vista y sonrió apenas.
—Pensé que hoy no vendrías —dijo.
—No acostumbro avisar —respondió ella, neutra.
—Eso me gusta.
Alelí levantó una ceja.
—¿Qué cosa?
—Que no seas predecible.
Hubo un silencio incómodo por un momento.
—¿Va a ordenar algo más? —preguntó ella, de forma profesional.
Maykol la observó unos segundos más.
—otro whisky. Sin hielo.
Alelí asintió y se dio la vuelta.
Sabía que lo había atrapado un poco más.
Las noches siguientes, el juego se repitió. Conversaciones cortas. Miradas medidas. Ninguno cruzaba del todo la línea. Era un ajedrez silencioso, peligroso.
Y Alelí, pese a todo, era consciente de algo que no le gustaba admitir:
Maykol no la trataba como una conquista.
La escuchaba.
La observaba.
La respetaba.
Eso no estaba en el plan.
Una noche, él habló primero.
—No eres como este lugar —dijo—. No perteneces aquí.
Alelí sostuvo su mirada.
—No todo es lo que parece.
—Lo sé —respondió él—. Por eso me interesas.
Esa palabra se le quedó en la mente
Interesas.
No deseabas.
No querías.
Interesabas.
Alelí sonrió, por primera vez de forma genuina.
Y eso la asustó.
En su departamento, más tarde, se miró al espejo.
—Recuerda quién eres —se dijo—. Recuerda por qué haces esto.
El rostro de sus padres apareció en su mente. La sangre. El miedo. La promesa.
Maykol Zurita era un medio.
No un fin.
No podía permitirse sentir nada.
Pero mientras apagaba la luz, una idea incómoda se instaló en su mente:
Si él descubría quién era realmente…
si llegaba a saber qué había hecho…
si comprendía lo que ella planeaba…
¿Seguiría mirándola de la misma forma?
Y por primera vez desde que empezó su venganza, Alelí no tuvo una respuesta clara.