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Imperio De Apariencias

Imperio De Apariencias

Status: En proceso
Genre:Amor tras matrimonio
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Anónimo Y.V.

Camila Luna tiene una vida soñada, un marido perfecto y una familia envidiable. Pero dentro de las cuatro paredes de su hogar nada es lo que parece. Ella deberá decidir si seguir sosteniendo ese matrimonio y aprender a amar a su esposo, o tomar una decisión que implique un escándalo ante su entorno.

NovelToon tiene autorización de Anónimo Y.V. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo | 13

Camila

El día avanzó con una normalidad aparente.

La empresa seguía siendo la misma: los pasillos pulidos, las miradas calculadas, los silencios estratégicos. Y yo también había vuelto a ser la de siempre. O, al menos, eso creían.

La reunión de directorio comenzó a media mañana. Nada extraordinario en la agenda, salvo un punto que venía generando resistencia desde hacía semanas: una reestructuración interna que yo había propuesto y que el sector más conservador seguía viendo con recelo.

Nicolás estaba allí, sentado a mi derecha, con esa expresión serena que siempre usaba en las reuniones importantes. Atento, serio, midiendo cada palabra. El Nicolás de siempre.

O eso pensé.

Cuando llegó el momento de debatir la propuesta, uno de los socios volvió a cuestionarla. Habló de riesgos, de tradición, de “no alterar lo que funciona”. Yo respondí con argumentos claros, precisos, como tantas otras veces. Sin elevar la voz. Sin titubear.

Y entonces ocurrió.

—Coincido con Camila —dijo Nicolás, rompiendo el murmullo de la sala.

Levanté la vista de inmediato.

No era habitual. Nicolás solía mantenerse en una postura más cauta, incluso distante, cuando se trataba de decisiones que podían generar fricción. Aquello sorprendió a todos. A mí, la primera.

—El planteamiento es sólido —continuó—. Y además, necesario. Si queremos que la empresa siga creciendo, no podemos quedarnos anclados en la vieja estructura.

Algunos intercambiaron miradas. Otros asintieron lentamente.

Yo lo observé en silencio.

No había duda en su tono. No había reservas. Me estaba respaldando de manera abierta. Rotunda.

Sentí una mezcla extraña en el pecho. Orgullo. Agradecimiento. Y casi de inmediato, esa punzada incómoda que ya reconocía demasiado bien.

La reunión avanzó y, finalmente, la propuesta fue aprobada.

Cuando salimos de la sala, varios se acercaron a felicitarme.

Comentarios medidos, sonrisas profesionales. Nicolás permanecía a mi lado, discreto, pero presente.

—Gracias —le dije en voz baja, cuando por fin quedamos solos unos segundos—. No lo esperaba.

Me miró con suavidad.

—Lo merecías —respondió—. Y lo creo de verdad.

—El abuelo no lo habría aprobado — dije.

—Don Ernesto me dejó a cargo de sus intereses, pero también me permite expresar mis propias ideas.

Sonrió.

Asentí, sin saber muy bien qué decir.

Lo vi alejarse por el pasillo, rodeado de gente, y me quedé ahí unos instantes, intentando ordenar lo que sentía. Porque sí, su apoyo me había conmovido. Me había hecho sentir acompañada. Elegida.

Y al mismo tiempo, culpable.

A media mañana, cuando ya estaba concentrada en unos informes, tocaron suavemente la puerta de mi oficina.

—¿Puedo? —preguntó Nicolás, asomándose.

Levanté la vista, sorprendida.

—Claro.

Entró y cerró la puerta detrás de él. No se sentó. Se quedó de pie, apoyado ligeramente contra el respaldo de una de las sillas.

—Solo venía a ver cómo estabas —dijo—. La reunión fue intensa.

—Estoy bien —respondí—. Gracias.

Asintió, como si necesitara confirmarlo con sus propios ojos.

—Voy a salir un momento —añadió—. Tengo que pasar por un par de lugares. ¿Necesitas algo? ¿Un café, algo para comer?

Negué con la cabeza.

—No, gracias. Estoy bien así.

Sonrió.

—Si cambias de opinión, llámame.

Se acercó un poco más, lo justo para apoyar una mano breve sobre el borde de mi escritorio. Un gesto mínimo. Íntimo. Casi doméstico, fuera de lugar en ese contexto.

—No te sobrecargues —dijo—. A veces te exiges demasiado.

Lo miré. De verdad lo miré.

Había cuidado en sus palabras. Interés genuino. Esa atención que no pedí, pero que estaba recibiendo.

—Lo tendré en cuenta —respondí.

Se marchó, dejándome sola otra vez.

Apoyé la espalda en la silla y cerré los ojos unos segundos.

Nada de lo que estaba ocurriendo era negativo. Todo lo contrario. Nicolás estaba siendo el esposo que cualquiera desearía tener: presente, atento, orgulloso de mí.

Y eso era justamente lo que más me dolía.

Porque yo no estaba a la altura de esa ilusión. Porque cada gesto suyo era una confirmación de algo que no sabía cómo sostener. Porque había despertado una esperanza que no me pertenecía del todo.

Respiré hondo y volví al trabajo.

Como siempre, me aseguré de que todo funcionara. Aunque por dentro, una parte de mí empezaba a preguntarse cuánto tiempo más podría fingir que ese equilibrio era real.

Esa misma tarde me hice un espacio para ir a ver a Keila. Necesitaba hacerlo.

Esta vez fui a su departamento. Olía a café recién hecho y a ese incienso suave que siempre encendía cuando necesitaba bajar el ritmo.

Me recibió con un abrazo largo, de esos que no hacen preguntas, y nos sentamos en el sofá, una frente a la otra.

No hablamos de inmediato. Nunca lo hacíamos.

—Volví a estar con Nicolás —dije finalmente, casi en un susurro.

Keila no reaccionó con sorpresa. No abrió los ojos ni levantó las cejas. Solo me miró, atenta, dándome el espacio que necesitaba para continuar.

—¿Y? ¿Cómo te sentiste con eso? —preguntó con suavidad.

Me tomé unos segundos antes de responder. Buscaba las palabras correctas. O, al menos, las más honestas.

—No fue como antes —admití—. Pero tampoco fue como pensé que sería.

Fruncí ligeramente el ceño, intentando ordenar la sensación.

—No me sentí plena del todo. Me costó conectar… —continué—. Hubo momentos en los que mi mente se iba a otro lado. Como si estuviera presente físicamente, pero emocionalmente solo a medias.

Keila asintió despacio.

—¿Sentiste rechazo? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—No —respondí con firmeza—. Y eso es lo que más me desconcierta.

Antes… antes me costaba incluso dejar que se acercara. Me tensaba. Me cerraba. Esta vez no. Esta vez estuve ahí. No me incomodó. No quise huir.

Suspiré.

—Pero tampoco fue esa conexión que se supone que debería existir entre dos personas que se eligen.

Keila se inclinó un poco hacia adelante.

—Camila, lo que estás describiendo no es poca cosa —dijo—. No sentir rechazo ya es un paso enorme. Habla de un cambio real.

La miré, expectante.

—Pero —añadió— también es una señal. La intimidad no es solo el cuerpo. Si hay algo que todavía no termina de acomodarse dentro de ti, es lógico que lo sientas así.

Jugueteé con mis dedos, nerviosa.

—¿Y si nunca llega? —pregunté en voz baja—. ¿Y si esto es lo máximo que puedo sentir con él?

Keila sostuvo mi mirada.

—Entonces también es información valiosa —respondió—. Porque un matrimonio puede sostener muchas cosas, pero no puede sostenerse eternamente desde la duda o desde la falta de conexión.

Guardó silencio un instante antes de continuar:

—Puede ser un nuevo comienzo, sí. Pero también puede ser el punto en el que tengas que decidir si este vínculo te alcanza o no. Y ninguna de las dos opciones te convierte en una mala persona.

Sentí un nudo en la garganta.

—No quiero lastimarlo —confesé—. Nicolás está dando todo. Está ilusionado. Y yo…

—Y tú estás siendo honesta con lo que sientes —me interrumpió—. Eso también es una forma de respeto.

Se levantó para servirme café y volvió a sentarse.

—Observa —me dijo—. No te apresures. Fíjate cómo te sientes con él en los pequeños gestos, en la cotidianeidad, en la intimidad. Y cuando tengas claridad, decide desde ahí. No desde la culpa. No desde la obligación.

Asentí lentamente.

Sabía que tenía razón.

No estaba frente a una respuesta inmediata, sino frente a un proceso. Uno que recién comenzaba. Y que, quisiera o no, iba a obligarme a mirar de frente aquello que durante tanto tiempo había evitado.

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