Una actriz de Hollywood convertida en estrella de villanas, Lobelia Sánchez, muere de cáncer terminal pero renace en el cuerpo de su homónima de la novela Trono de la Perdición – una joven ilegítima y débil destinada a un final cruel. Con su inteligencia, astucia y conocimientos del arte de la seducción y manipulación, la nueva Lobelia decide cambiar su destino: destruir a quienes la condenaron en la historia original, especialmente su hermana Rosa y el príncipe Taylor, mientras se alza hacia el poder supremo.
Mediante la creación de un imperio en las sombras – con una tienda de fachada, un gremio de información y un burdel – va eliminando obstáculos, sembrando desconfianza y seduciendo al emperador Teodore Drakon para alcanzar su objetivo final: convertirse en emperatriz viuda. Una historia de intriga palaciega, poder y venganza, donde la protagonista abraza su naturaleza de villana para conquistar el trono sin piedad.
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2JUEGO DE SOMBRAS Y SEDUCCIÓN
El palanquín de madera roja y oro se detuvo ante los enormes portones del recinto imperial. Los muros de piedra blanca brillaban bajo el sol de la mañana, como si el propio cielo quisiera alabar la grandeza del príncipe Taylor Drakon. Yo bajé con paso lento y encorvado, la túnica de seda verde agua rozando el suelo – una pieza sencilla, diseñada para parecer humilde, pero con hilos de plata que resaltaban mis curvas cuando la luz los tocaba.
"En el mundo de los fuertes, la debilidad es un disfraz más peligroso que cualquier arma afilada. Eso me enseñó la industria del cine – los enemigos solo bajan la guardia cuando creen tenerte pisoteada."
No había dado más de tres pasos cuando una mano de huesos finos pero fuertes se cerró alrededor de mi cuello, apretando justo lo suficiente para hacerme escupir un pequeño grito. Rosa Seceet se encontraba frente a mí, vestida con telas de color azul que le daban un aire de soberanía irrefutable. Sus ojos azules brillaban con odio y superioridad.
"¡Llegaste, perra!" – escupió, presionando más fuerte mi tráquea – "Recuerda una cosa: estás aquí solo para dar un hijo. Nada más. Eres solo una puta que será usada y luego olvidada. Si te atreves a seducir a mi hombre, te desfiguraré el rostro hasta que ni tu propia madre te reconozca. ¡Entendiste?"
Rosa:
Mis ojos se llenaron de lágrimas falsas, mi cuerpo tembló como si fuera un helecho en la tormenta. Puse mi mano sobre la suya con ternura fingida.
"Como usted ordene, mi señora..." – murmuré con voz quebrada – "Solo soy una pobre ilegítima sin valor. No codicio nada más que cumplir con mi deber para con la casa Seceet. El príncipe es suyo, siempre lo será."
Rosa me soltó con un empujón, arrugando la nariz en desdén. "Limpia esa cara y ve a llevarle el té al príncipe en su cuarto de descanso. Y ojo con lo que tocas."
El aroma de incienso blanco y madera de cedro llenaba el espacio. Taylor Drakon estaba de pie frente a un espejo, ajustando la coraza de cuero negro que usaba para sus entrenamientos matutinos. Era alto, con cabello castaño y ojos del color del ámbar – un hombre cuya fuerza física se combinaba con una ternura que solo reservaba para una persona.
Taylor Drakon:
"Un corazón dividido es un corazón débil. Y los débiles son juguetes perfectos para quienes sabemos cómo tirar de sus cuerdas."
Yo entré con la bandeja de té en las manos, dejándola sobre una mesita de mármol. Luego me acerqué sigilosamente a su espalda, sacando del dobladillo de mi túnica un pequeño frasco con perfume de jazmín y ámbar – una mezcla que había preparado con hierbas que estimulan el deseo, aprendido de la cortesana que me enseñó todo sobre el arte de manipular los sentidos.
"Permítame, mi señor..." – susurré, rociando el perfume en mis manos antes de acercarlas a su cuello – "Su cuero está un poco ajustado. Déjeme ayudarlo a desabrocharlo."
Mis dedos deslizaron suavemente por su piel caliente, siguiendo la línea de sus hombros anchos. Sentí cómo su músculos se tensaban, cómo un ligero temblor recorría su cuerpo y una erección comenzaba a formarce bajo su pantalones de lino. En un instante, él se giró y me apartó con firmeza, sin tocarme más que el necesario.
"¡Basta!" – exclamó, con la voz entrecortada pero su rostro serio – "Yo solo amo a Rosa. Nunca te tocaré, Lobelia. Eso debes entenderlo de una vez por todas."
Mis lágrimas empezaron a desbordarse, cayendo como perlas sobre mi pecho. Me cubrí la cara con las manos, dejando que mis dedos revelaran solo la mitad de mi rostro – un truco para parecer más vulnerable.
"Lo sé, mi señor..." – lloriqueé, entre sollozos falsos – "Yo no deseaba estar con usted... fui forzada por la voluntad del emperador. Yo admiro profundamente su amor por Rosa – ella es bendecida de tener a un hombre que la ama así. A mí nadie me quiere... solo soy una pobre ilegítima, débil y sin rumbo."
Las lágrimas caían a raudales, y yo sabía que en ese momento él veía en mí a la víctima que necesitaba proteger. Los hombres aman ser héroes; es su mayor punto débil.
Taylor se acercó y tocó mi cara con la punta de sus dedos, con ternura. "Ya no llores..."
Aproveché el momento para tomar su mano con la mía, deslizando mis dedos entre los suyos con los movimientos suaves y seductores que la cortesana me había enseñado – toques que hablan directamente al instinto, sin necesidad de palabras. Puse una mirada tierna y penetrante en sus ojos, mezclando dolor y deseo en una combinación irresistible. El príncipe tembló y dio un paso atrás.
"Debo irme a mis entrenamientos..." – murmuró, antes de salir corriendo del cuarto.
Cuando la puerta se cerró, mi expresión cambió en un instante. La tristeza dio paso a una sonrisa fría y calculadora.
"Taylor, eres un idiota..." – susurré, mirando mi reflejo en el cristal de la ventana – "Caerás loco por mí, pero cuando ya estés enamorado hasta los huesos, te desecharé como un trapo sucio. ¡Qué asco! Qué estúpida fue la Lobelia original – se dejó llevar por la ilusión del amor y terminó destrozada. En este mundo solo debemos amarnos a nosotras mismas. Yo me amo a mí misma... y al poder. Taylor es solo una pequeña ficha de mi juego. Mi objetivo es algo mayor."
Lobelia:
Elle, la criada que había cuidado a la Lobelia original, entró con paso sigiloso. Era una mujer hermosa de unos 25 años, con ojos astutos y una lealtad que yo sabía cómo aprovechar.
"Señora..." – dijo, con voz baja – "Ese príncipe ama demasiado a Rosa. Usted no tendrá oportunidad contra ella – la han criado para ser su esposa desde que eran niños."
Yo me senté en el borde de la cama, sacando una hoja de pergamino con información que había memorizado desde el momento en que entré en la novela.
"Mi objetivo no es el príncipe, Elle..." – le respondí, con una sonrisa que hizo temblar a la pobre mujer – "Quiero la cúspide máxima del poder. Mi objetivo es el tío – el emperador Teodoro Drakon. Al final, quiero ser la emperatriz viuda, y lo lograré cueste lo que cueste. Nadie se interpondrá en mi camino – ni él, ni Rosa, ni nadie que se atreva a poner un pie en mi senda."
Le tendí la hoja de pergamino.
"Ahora escucha bien: necesito manipular a uno de los guardias del palacio. Busca al soldado más galardo y protector de los pobres – ese será el más fácil de convencer con historias de injusticia. Luego ve al gremio de información cerca del burdel del distrito sur y vende esta información que te doy – te darán tres mil monedas de oro por ella. El juego está por empezar. Antes de llegar al palacio y separarme de este estúpido príncipe, construiré mi propio poder en las sombras. Los enemigos que no ven venir son los más fáciles de destruir."
Rosa estaba sentada en su trono de madera de roble, bebiendo vino tinto mientras miraba el jardín desde su ventana. Su criada, Mara – una mujer mayor que había estado en el palacio desde hace décadas – se acercó con paso nervioso.
"Señora..." – susurró, temblando – "Yo fui una criada del palacio por veinte años... he visto a muchas mujeres llegar aquí con la esperanza de conquistar al príncipe. Pero esa Lobelia no es lo que parece. La vi usando trucos de seducción de la alcoba con el príncipe – movimientos que solo las cortesanas más experimentadas conocen. Algo en esa mujer me da mucho miedo... no sé qué es, pero su mirada fría trasmite más terror que la emperatriz cuando se enfada. Con solo una mirada me hizo sentir como si estuviera a punto de morir."
Rosa rio con desprecio, dando un sorbo de vino. "Descuida, Mara. Esa bastarda no es rival para mí. Ella es solo una ilegítima sin educación, sin poder, sin nada que ofrecer más que su cuerpo. Yo soy la heredera legítima de la casa Seceet – el príncipe será mío, como siempre fue."
Mientras la luna brillaba en el cielo negro como obsidiana, yo sacaba una pequeña navaja de mi cofre secreto – su hoja de acero pulido reflejaba mi rostro con una sonrisa siniestra.
"La mejor manera de destruir a tu enemigo es cortando sus alas antes de que pueda volar..." – susurré, pasando el dedo por el filo afilado – "Esa criada representa las alas de Rosa – la única que le avisa de los peligros que se acercan. Se las cortaré, una por una, hasta que quede ciega y sola. Jajaja... Pronto descubrirá que no es la única villana en este palacio. Soy la reina de las sombras, y nadie escapa de mi juego cuando he decidido que será mi presa."