Soy Seraphina El principe y yo Crecimos juntos y con nosotros la obsesión de el Era tanta Que me dijo que si no era suya no sería de nadie más y me lo demostró con hechos y clavando una espada en mi pecho
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Capitulo 4
Cyran caminaba calle abajo con las manos en los bolsillos y una sonrisa que no podía borrar de su cara.
Le dije "hasta mañana" y ella sonrió.
Ella. Sonrió.
Por mi culpa.
Apretó los labios para no reírse solo como un idiota. No quería llamar la atención. Pero por dentro, su corazón latía a un ritmo que ni en sus mejores días como príncipe había alcanzado.
Cuando dobló la esquina y se aseguró de que nadie lo viera, se detuvo un momento. Apoyó la espalda contra la pared y cerró los ojos.
Respiró hondo.
Y entonces, en la tranquilidad de la calle vacía, se permitió ser quien realmente era.
—Seraphina —susurró, y su voz ya no era la del chico popular del instituto. Era más profunda. Más antigua. Más peligrosa—. En esta vida serás mía.
Abrió los ojos. La tormenta había vuelto a ellos. Esa tormenta que ella conocía tan bien. Esa que había visto la noche en que murió.
—Lo siento, mi amor —dijo, y había algo roto en su tono, algo que dolía incluso a él—. No voy a dejarte ir. No voy a cometer los mismos errores que en el otro mundo.
Recordó aquella vida. Recordó su soberbia. Su impaciencia. Cómo la había encerrado en el palacio, cómo había intentado poseerla a la fuerza, cómo la había empujado directamente a los brazos de Adriel.
Idiota, se maldijo a sí mismo. Fui un idiota. El príncipe heredero, el futuro rey, y no supe retener a la única mujer que amé.
—En aquella vida creí que podía tenerte con cadenas y muros —continuó, hablando solo en la calle vacía—. Creí que mi título bastaría. Que ser princesa sería suficiente para ti. Y lo único que conseguí fue que huyeras. Que lo eligieras a él.
Apoyó la nuca contra la pared y miró el cielo gris de la ciudad.
—Pero ahora es diferente. Ahora no soy príncipe. No tengo un reino que ofrecerte. Solo soy Cyran. Un chico normal en un mundo que no es el nuestro. Y aún así... aún así vas a elegirme.
La palabra le supo extraña en la boca. ¿Elegir? ¿Él? ¿El príncipe que había mandado ejecutar a cientos? ¿El hombre que la había atravesado con una espada?
Sí. Elegir. Porque era lo único que no había logrado en la otra vida: que ella LO ELIGIERA A ÉL.
—Y si en esta vida no lo consigo —susurró, y sus ojos brillaron con una luz peligrosa—, entonces te llevaré a otro mundo. Y a otro. Y a otro. Las veces que hagan falta. Renunciaré a todos los tronos del universo si es necesario.
Enderezó la espalda. Metió las manos en los bolsillos. Reanudó la marcha.
—Nunca me voy a rendir —dijo en voz baja, para sí mismo, para ella, para el universo entero—. Hasta tener una vida a tu lado. Hasta que me mires como miraste a Adriel. Hasta que digas mi nombre igual que decías el suyo.
Una pausa.
—Eres mía. Y siempre serás mía.
Pero entonces, algo cambió en su expresión. La dureza se suavizó. La tormenta se calmó. Y cuando volvió a hablar, su voz era casi humana.
—Pero debo hacerlo bien esta vez —murmuró—. Debo ser paciente. Debo ser... bueno. O al menos parecerlo. Porque te amo. Te amo tanto, mi amor. Tanto que mataría por ti. Tanto que moriría por ti. Tanto que matarte a ti y traerte a otro mundo me pareció una buena idea.
Se rió solo. Una risa amarga.
—Estoy loco, ¿lo sabes? Completamente loco. Pero es que tú me volviste así. Desde que te vi en ese jardín, con ese vestido blanco y esa sonrisa que no era para mí... supe que no habría otra. Que solo tú. Que siempre tú.
Llegó a su casa. Abrió la puerta. Antes de entrar, miró hacia atrás, hacia la calle por donde habían caminado juntos.
—Hasta mañana, Seraphina —susurró—. Sueña conmigo. Yo soñaré contigo. Como siempre. Como todas las noches de los últimos doscientos años.
Y entró.
Dejando en la calle vacía el eco de una obsesión que cruzaba mundos, vidas y siglos.
Ella no sabe que la espera un amor tan grande que traspasa la muerte.
Ella no sabe que su asesino la ama más que a nada.
Ella no sabe que renunció a un imperio por ella.
Ella no sabe que, en el fondo, Cyran nunca dejó de ser el Príncipe heredero obsesionado.
Ella No sabe que se quitó la vida para estar con ella en este mundo
Solo que esta vez... esta vez va a jugar limpio.
O al menos, tan limpio como puede jugar un loco.