Un contrato por deber. Un secreto por proteger. Un amor nacido de la amargura.
NovelToon tiene autorización de Genesis Paz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 8: El Primer Asalto
La mañana siguiente, Benerice se prepara con una mezcla de pánico y determinación. El traje de chaqueta, que ayer parecía un escudo, hoy se siente como una armadura demasiado grande. El chofer la espera en la entrada de la mansión, una rutina a la que aún no se acostumbra. Mientras el coche avanza por las calles de Manhattan, mira por la ventana los rascacielos que se elevan hacia el cielo, sintiendo que su propia existencia es diminuta en comparación.
El edificio de Blackwood Global es un coloso de cristal y acero. Al entrar, el vestíbulo pulcro y moderno, con el logotipo de la empresa brillando en titanio, la intimida. Se dirige a la recepción, sintiéndose observada por cada mirada.
—Buenos días. Soy Benerice Blackwood. Vengo por el puesto de bienestar corporativo —dice con la voz apenas audible.
La recepcionista la mira con una mezcla de curiosidad y desdén, una expresión que Benerice ya conoce muy bien.
—Ah, sí. La señora Blackwood. El señor Julian le ha preparado un despacho en el piso 32. Al lado del suyo.
El ascensor sube con una velocidad vertiginosa. El hecho de que su despacho esté justo al lado del de Julian la asusta y, al mismo tiempo, le da una pequeña dosis de confianza. Al llegar al piso, el ambiente es de una eficiencia implacable. Gente joven, inteligente y ambiciosa camina por los pasillos con tabletas y teléfonos en mano.
Su despacho es amplio, minimalista y con una vista impresionante de la ciudad. Una asistente de Julian, una mujer de expresión seria llamada Clara, entra con una pila de documentos.
—Señora Blackwood, el señor Julian me ha indicado que le entregue el informe de clima laboral del último trimestre. Su tarea es identificar los puntos débiles y proponer soluciones. Y… —Clara duda un segundo, y su mirada se suaviza apenas— me ha dicho que cualquier cosa que necesite, no dude en consultarle a él directamente.
Benerice asiente, agradeciendo la inesperada amabilidad. Se sienta en el escritorio y comienza a leer. Los números, las gráficas, los datos… la abruman. Siente que no está a la altura. Pero mientras lee los comentarios de los empleados sobre el estrés y la falta de motivación, una idea empieza a germinar en su mente.
Pasan las horas. Benerice se sumerge en los informes, su timidez enmascarada por la concentración. A la hora del almuerzo, decide ir a la cafetería del personal. Necesita aire.
Mientras espera en la fila para pedir una ensalada, una voz familiar la sobresalta.
—Pero mira a quién tenemos aquí. La pequeña Benerice. ¿Ahora jugando a ser ejecutiva, eh?
Benerice se gira lentamente. Es Marcus Thorne, un antiguo socio de Isabella en una de las fundaciones de beneficencia. Un hombre de unos cuarenta, con una sonrisa demasiado amplia y unos ojos que siempre la habían hecho sentir incómoda. Él era el tipo de hombre que Isabella habría manejado con facilidad, pero que a Benerice le provocaba escalofríos.
—Hola, Marcus —murmura, con la voz apenas audible.
—¿Qué haces aquí, Benerice? —pregunta él, ignorando a la gente a su alrededor—. Pensé que seguirías en casa, cuidando del legado de Isabella. O, ¿es que el gran Julian Blackwood te ha sacado de tu cocina para darte un puesto simbólico? Isabella solía decir que siempre fuiste demasiado… frágil para el mundo real.
El comentario la golpea. La comparación con Isabella, la mención de su fragilidad, la deja sin palabras. Siente las miradas curiosas de la gente en la cafetería. Su rostro se enciende de vergüenza.
—Estoy… estoy trabajando aquí —consigue decir, su voz apenas un hilo.
—Trabajando —Marcus suelta una carcajada, una burla cruel—. ¿En qué, en organizar los horarios de la merienda? Isabella era una fuerza imparable. Tú, en cambio, siempre fuiste la sombra, la dulce y asustadiza Benerice que Julian solo tiene por… obligación.
Las palabras de Marcus la atraviesan. Se siente pequeña, humillada, expuesta. Las lágrimas pican en sus ojos y el mundo empieza a volverse borroso.
—Thorne.
La voz de Julian, fría y dominante, corta la tensión como una cuchilla de hielo. Se ha acercado a ellos, su presencia varonil y su mirada gélida haciendo que Marcus se tense al instante. Julian no está furioso, pero su amargura controlada es más intimidante que cualquier grito.
—Julian. Qué sorpresa. Estaba poniéndome al día con… tu esposa —dice Marcus, intentando recuperar la compostura, pero su voz ya no tiene la misma seguridad.
Julian ignora a Marcus y posa su mirada en Benerice. La observa con esa inteligencia penetrante, notando su palidez y el rastro de las lágrimas en sus ojos.
—Benerice, mi querida —dice él, y el tono de "mi querida" suena tan posesivo que la sorprende. Él le ofrece un pañuelo de seda de su bolsillo—. Ve a mi despacho. Clara te llevará un té. Y no salgas de allí hasta que yo te lo diga.
Benerice asiente, tomando el pañuelo con manos temblorosas y huye de la cafetería, sintiendo el peso de las miradas en su espalda.
Cuando ella desaparece, Julian se gira hacia Marcus. Su expresión es impasible, pero hay un destello pícaro y amargado en sus ojos azules.
—Thorne, mi esposa es una Blackwood. Y aunque es cierto que tiene sus… peculiaridades, no permito que nadie, y menos tú, la humille en mi empresa. ¿Entendido?
Marcus asiente, visiblemente incómodo.
—Solo intentaba…
—Solo intentabas demostrar una superioridad que no tienes. Isabella era una mujer admirable, pero Benerice es mi responsabilidad ahora —Julian se inclina ligeramente, y su voz baja, cargada de una amenaza contenida—. Y a diferencia de ella, Benerice no necesita que nadie la defienda con palabras vacías. Ella tiene a la empresa Blackwood detrás de ella. Y a mí.
Julian le da la espalda a Marcus y camina hacia el ascensor, con esa arrogancia varonil que siempre lo acompaña. Benerice está en su despacho, sorbiendo el té que Clara le ha traído. Las palabras de Marcus aún resuenan en ella, pero también las de Julian. Él la ha defendido, una vez más, no por amor, sino por una extraña mezcla de deber y posesividad.
Se levanta y mira por la ventana. La ciudad parece menos hostil desde allí. Sabe que no puede seguir siendo la sombra asustada. Mira el informe sobre el bienestar corporativo, y una idea, dulce y atrevida, empieza a formarse en su mente. La gente necesita un incentivo, algo que les recuerde que son valorados. Y Benerice sabe exactamente qué ofrecerles.