Renace en el cuerpo de Sigrid, una hermosa mujer, que sufre por un mal amor.. Pero ella lo cambiará todo..
* Esta novela pertenece a un gran mundo mágico *
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Ángel
Cuando Wyatt Palmer regresó a su mansión, no lo hizo como el guerrero imperturbable que todos conocían. No. Volvió como un hombre que acababa de ser elegantemente desarmado por una pelirroja con sonrisa de ángel y puntería emocional de francotirador.
Entró, dejó los guantes sobre la mesa, suspiró una sola vez (porque a un hombre como él no se le permite suspirar dos) y llamó a uno de sus hombres de confianza. Ese que sabía exactamente qué hacer cuando el jefe decía con voz grave..
-Investiga a… Sigrid.
Y el mensajero entendió que no era una sugerencia.
Pasaron dos días y llegó el informe. Una carpeta gruesa. Muy completa. Con demasiados detalles para el gusto de Wyatt, que prefería enemigos simples y mujeres aún más simples. Pero no. La vida le había mandado una pelirroja estratega.
Leyó en silencio.
Hija de duque… carismática… conocida por su carácter sumiso… sufre de amnesia…
Hasta ahí, bien. Normal. Cosas razonables.
Hasta que vio el nombre.. Wilder Palmer.
Su sobrino.
Wyatt parpadeó. Dos veces. Eso ya era casi un escándalo.
El informe detallaba que Sigrid había estado enamorada de Wilder, lo había perseguido, suspirado por él, hecho dramas interiores..
[Y ahora, mágicamente, ha perdido la memoria. Y mágicamente, ahora esta sonriendo e inclinando la cabeza con inocencia ante mi]
Wyatt cerró la carpeta muy despacio.
-Así que… -murmuró- podría estar jugando conmigo.
La idea no le molestó. Le intrigó. Lo cual era más peligroso.
Luego vino el pensamiento lógico, práctico y frío que siempre lo acompañaba..
[¿Y si recupera la memoria? ¿Y si vuelve a correr detrás de Wilder como un cachorro enamorado?]
La mandíbula se le tensó. No por celos… Bueno, quizás un poco.
Porque la imagen de esa mujer mirándolo como si él fuera el único hombre del reino… y luego reemplazarlo por su sobrino, no le parecía graciosa en absoluto.
Asi que recostó en su sillón de cuero, mirando al techo..
[O me está utilizando… o está jugando con fuego]
-En cualquier caso… yo también sé jugar.
Aunque había cerrado la carpeta con toda la apariencia de un hombre calmado, Wyatt Palmer no era de los que dejaban las cosas al azar. Menos aún cuando ese “azar” tenía el cabello rojo, una sonrisa celestial y la sutileza de un torbellino con tacones.
Así que llamó a Henry, uno de sus hombres de absoluta confianza. El tipo era silencioso, discreto y tenía la maravillosa habilidad de aparecer y desaparecer sin hacer ruido… como una cortina bien aceitada.
-Quiero que vigiles a Lady Sigrid Richardson -dijo Wyatt con voz serena, casi aburrida-. No la pierdas de vista. Quiero saber qué hace, con quién habla, a dónde va y qué intenta conseguir.
Henry asintió sin hacer preguntas. Porque preguntar cosas a Wyatt era básicamente un deporte extremo.
Y así empezó la Operación.. Vigilar a la Pelirroja Angelical.
Henry la siguió desde la distancia, y pronto se dio cuenta de que Sigrid no era una dama común. No. Era un torbellino educado. Un caos organizado. Una santa impostora.
La veía salir de la mansión con vestidos impecables, sonreír como si la vida fuera perfecta, y luego susurrarle cosas a Vera que claramente NO eran propias de una dama angelical. A veces Sigrid caminaba dramáticamente por los jardines, como si estuviera actuando para una audiencia invisible. Otras veces, fingía debilidad… y al segundo siguiente estaba riéndose a carcajadas con Vera al recordar algo.
Henry informaba. Wyatt escuchaba en silencio.
-Hoy fue al pueblo otra vez, mi lord -decía Henry-. Repartió comida. Jugó con unos niños. Y… enseñó a una anciana a regañar mejor a su marido.
Wyatt arqueó una ceja.
Eso sí era nuevo.
Otro día..
-Mi lord… Lady Sigrid pasó varios minutos ensayando una sonrisa angelical frente al espejo. Y luego practicó caerse… sin caerse.
Silencio.
-¿Y lo logra? -preguntó Wyatt, intrigado contra su voluntad.
-Con una precisión… admirable, señor.
Wyatt apoyó los dedos en su frente. Estaba tratando con una estratega profesional del caos.
Pero también estaba viendo algo más.
Entre acto y acto, entre coqueteo y plan, Sigrid realmente ayudaba a la gente. Se ensuciaba las manos. Se preocupaba. Reía con ellos. Y, a veces, cuando no creía que nadie la viera, se quedaba mirando al cielo con una expresión suave… como si fuese alguien que había perdido una vida y estaba aprendiendo a vivir otra.
Eso, por supuesto, no lo hacía menos sospechoso.
Sólo lo hacía más interesante.
Wyatt empezó a sospechar que ella jugaba… pero también sentía.
Y esa mezcla era dinamita.
Así que decidió seguir observando. Con calma. Con paciencia.
Como el depredador elegante que era.
Mientras Wyatt Palmer organizaba su propia red de espionaje profesional, Sigrid Richardson estaba ocupada en algo mucho más importante…
Ser una hermosa e inútil heredera.
Y vaya que lo estaba logrando.
Cada mañana, su mesa amanecía rebosante de delicias: panes suaves como nubes, mermeladas brillantes como joyas, frutas exóticas, té aromático… y un tocino que brillaba como si lo hubiera bendecido un santo. Sigrid miró todo aquello y se quedó inmóvil un segundo.
En su “primera vida” nunca tuvo tanto. Ni mesas así. Ni vestidos así. Ni doncellas que le pusieran la taza en la mano como si fuese una reliquia sagrada.
Y ese pensamiento le dio un pellizquito en el corazón.
-Vera -dijo entre bocado y bocado de croissant- creo que necesito… más caridad.
Vera casi se atraganta.
-Mi lady, ya vamos al pueblo de la Rosa todas las semanas.
-¡Exacto! -respondió Sigrid con entusiasmo- Pero mira esta mesa. Este queso tiene más territorio que algunos reinos. ¡Esto hay que compartirlo!
Vera, resignada, tomó una libreta. Había aprendido que cuando Sigrid entraba en “modo ángel misericordioso”, nadie podía detenerla.
-Pero recuerde, mi lady -advirtió-. Esta semana Lord Wyatt no visitará el pueblo. Está de viaje.
Sigrid parpadeó.
-¿Y?
-Pensé que… quizá… usted preferiría ir cuando él…
Sigrid bebió un sorbo de té, muy digna.
-Vera, por favor. Yo voy por los necesitados. Por la bondad. Por el prójimo… y porque todos me llaman ángel. ¿Has escuchado cómo lo dicen? Aaangel. Me alimenta el alma.
[Y, bueno, también el ego. Pero eso no se menciona en voz alta.]
Así que prepararon otro cargamento de donaciones.. ropa, comida, mantas, juguetes. Sigrid insistió en que los paquetes tuvieran moños hermosos, porque la pobreza no estaba peleada con la estética.
Cuando llegó al pueblo de la Rosa, los niños corrieron a abrazarla, las madres la bendijeron, los ancianos le sonrieron sin dientes… y cada “gracias, nuestro angel” la hacía sentir como si flotara.
Y lo mejor era que… le gustaba de verdad.
Ya no era solo un plan. O una estrategia. O una actuación.
Era una especie de felicidad nueva que le llenaba el pecho… aunque claro, eso no quitaba que sonriera con una perfección teatral que ni las actrices de palacio.
[Mi lady puede ser muchas cosas… pero inútil, lo que se dice inútil… ya no tanto.]
[Angel Sigrid… suena tan bien para mi.. solo me faltan las alas y me elevo al cielo]
Aunque en el fondo también se preguntaba cuándo volvería el “vino añejado” de Wyatt.
Pero eso, por ahora, quedaba en pausa.