Sol ha sobrevivido diez años sin nombre, sin recuerdos y sin más compañía que el dolor. Desde que despertó a los dieciocho sin saber quién era, su vida se convirtió en golpes y tortura. Pero todo cambia cuando llega al castillo del rey demonio... Y él, sin explicación alguna, le pide matrimonio.
¿Acaso ya se conocen? Quizás, el secreto de su recuerdos sean la respuesta porque él la ama tanto.
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Capitulo 1
Sol tiene veintiocho años, pero ese era prácticamente el único dato certero que conservaba de su pasado.
Hacía diez años había perdido la memoria y, desde entonces, su vida se había convertido en una sucesión de abusos y maltratos. Había sido comprada por un hombre que se autoproclamaba su dueño, quien la transformó en sirvienta y esclava. Tanto él como su esposa descargaban sobre ella torturas que parecían provenir del mismo infierno. Su cuerpo era un mapa de cicatrices; solo su rostro había permanecido intacto… hasta que un día, la esposa, cegada por los celos, tomó un cuchillo y le abrió la piel de un tajo, justo en medio de la cara.
Desde entonces, el dueño la miraba con asco.
“La belleza de una mujer está en su apariencia. Ahora mírate. No vales nada. Me repugnas”, le había dicho días antes.
Ahora, Sol viajaba en un carruaje, atada de las manos, acompañando a un niño pequeño. Su antiguo amo la había vendido a otro hombre, uno del que se decía que era aún peor: quemaba a las sirvientas por aburrimiento y amputaba los dedos a quienes desobedecían.
El niño a su lado sollozaba sin parar. Sol, pese a sus ataduras, lo reconfortaba como podía, inclinando la cabeza para acariciarle el hombro.
— ¿Cuál es tu nombre? —preguntó ella con voz suave.
— Noel… Tengo miedo. No quiero ir allí. Dicen que hacen cosas crueles con los niños…
Sol le dirigió una mirada llena de ternura.
— Noel, te prometo que te cuidaré. No llores más. Entiendo tu miedo, pero debes demostrarle al destino que eres más fuerte que él. Puede que seas un niño, pero dentro de ti late el corazón de un hombre valiente.
Noel dejó de llorar un poco.
— ¿Usted lucha contra el destino, señorita?
— Siempre… desde que perdí mi origen —respondió Sol.
El carruaje se detuvo bruscamente. Noel se aferró a ella.
— ¿Qué pasó? —preguntó temblando.
— Quédate cerca de mí…
Gritos y golpes resonaron afuera.
— ¡Solo es uno! ¡Somos tres, podemos acabarlo! —vociferó el conductor.
Los ruidos de la confrontación se intensificaron… y después, silencio. Pasos se acercaron lentamente al carruaje. Sol sintió cómo el niño temblaba.
La puerta se abrió. Un hombre encapuchado y enmascarado apareció ante ellos. Extendió la mano.
— Síganme. Los llevaré al Reino de los Demonios. Si se quedan aquí, el patrón que los compró los encontrará en cualquier rincón de este reino.
Sol miró a Noel con determinación.
— Te lo prometí. Te protegeré, sea aquí o allá.
El niño asintió. El encapuchado los ayudó a bajar. Los cuerpos de los tres hombres que custodiaban el carruaje estaban apaleados en el suelo.
Según sabía Sol, la frontera entre humanos y demonios estaba tan próxima que casi se tocaban, pero ningún humano podía cruzar sin el permiso de un demonio. Al parecer, aquel hombre lo tenía. Los guardias lo reconocieron y lo dejaron pasar sin preguntas.
Era de noche. El Reino de los Demonios estaba vivo: algunos caminaban, otros bebían o reían. No eran tan distintos a los humanos. Sol alzó la mirada hacia la luna llena y, en silencio, rogó por la seguridad de Noel.
El encapuchado la observó rezar.
— Ya llegamos —dijo finalmente.
Sol abrió los ojos. Frente a ella se alzaba un inmenso castillo.
— ¿Por qué nos trajiste aquí? —preguntó.
— Serán sirvientes de este lugar. La Gran Casa Dominic.
Noel y Sol quedaron maravillados. El hombre los condujo al interior, y si por fuera el castillo era majestuoso, por dentro superaba cualquier expectativa.
A Sol le encantó ver la expresión del niño, pero su paz se quebró cuando una mujer de semblante severo apareció frente a ellos. Sin decir palabra, ordenó que se llevaran a Noel. El niño, al verse separado, empezó a forcejear. Sol reaccionó instintivamente y lo tomó del brazo.
— ¡Por favor! —suplicó a la mujer— ¡Déjelo quedarse conmigo! Él no tiene a nadie más…
La mujer respondió con frialdad. Tiró de Noel con fuerza, apartándolo.
— Vaya sirvienta te has traído, Gael —dijo, mirando al hombre encapuchado.
Noel lloraba y pataleaba mientras era arrastrado por el pasillo.
— ¡Espere! ¡Haré lo que sea! —gritó Sol, desesperada.
Gael la sujetó del brazo para impedirle correr tras el niño. Noel seguía llamándola entre lágrimas cuando una voz profunda resonó en el corredor.
— ¿Qué sucede aquí?
Gael y la mujer cayeron de inmediato de rodillas. Gael empujó a Sol para que hiciera lo mismo, pero ella ignoró la orden y corrió hacia Noel. El pequeño corrió a su vez hacia ella.
— Noel… —Sol lo abrazó con fuerza.
La mujer no soportó su insolencia. Los tomó de la cabeza y los obligó a inclinarse.
— Mis disculpas, mi señor —dijo— Son nuevos y no conocen su lugar. Los castigaré ahora mismo.
Un hombre se aproximó. Su presencia imponía.
— Mírame a los ojos. —ordenó, dirigiéndose a Sol.
Ella lo hizo, aun temblando. Aprovechó el contacto para hablar.
— Se lo suplico… déjeme quedarme con Noel. Le daré lo que sea…
La mujer, con rudeza, volvió a bajarle la cabeza.
— Mi señor, no se preocupe por esta mujer. No puede servirle de ninguna forma. Mire sus cicatrices… incluso su rostro. Es repugnante. La llevaré lejos de usted.
Tomó a Sol y a Noel del cabello para alejarlos, pero la voz del hombre volvió a retumbar.
— Detente, Mirabel.— La mujer se inmovilizó.— Esto ya no es tu asunto. Suéltalos.
Mirabel obedeció.
El hombre volvió a acercarse a Sol. Una presencia imposible de ignorar. Era alto, de hombros amplios y porte elegante, con una postura que imponía autoridad sin esfuerzo. Su piel era pálida, casi luminosa bajo luces. Dos cuernos sobre su cabeza es lo primero que nota Sol. El cabello negro le caía hasta los hombros, lacio y perfectamente cuidado, contrastando con el verde intenso de sus ojos demoníacos. Sus rasgos eran finos, simétricos, demasiado perfectos para ser un ser oscuro; mandíbula marcada, nariz recta y labios delgados que raramente demuestra emoción.
— Dijiste que me darías lo que fuera… Entonces dame tu mano en matrimonio.
Sol se quedó paralizada. Sus labios tardaron en moverse.
— ¿Ma… matrimonio?