Sinopsis: Enamorado de la mejor amiga de mi mamá
Kaleth Giraldo nunca imaginó que terminaría enamorándose de Estefanía Holguín, la mejor amiga de su mamá. Desde que era pequeño, la conocía como tía Estefanía, una mujer especial que siempre había estado presente en su vida. Sin embargo, los años pasaron y sus sentimientos comenzaron a cambiar, convirtiéndose en un amor que jamás pensó experimentar. Ahora, Kaleth tendrá que encontrar el valor para confesarle lo que siente, arriesgándose a cambiar la relación entre sus familias. Estefanía nunca imaginó que aquel niño que la llamaba tía crecería y la miraría con otros ojos. ¿Podrá el amor superar los prejuicios, las dudas y los secretos que amenazan con separarlos para siempre?
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Capítulo 9: ¿Y esta peladita por qué se le acerca tanto?
Estefanía Holguín — Cali, Colombia
Yo siempre había pensado que era una mujer bastante tranquila, de esas que no se complican la vida por cualquier bobada. Pero últimamente Kaleth me estaba haciendo sentir cosas que ni yo misma sabía cómo manejar.
Desde que me confesó que estaba enamorado de mí, todo había cambiado un poquito. Yo intentaba comportarme como siempre, hablarle con naturalidad y no darle falsas esperanzas, porque todavía necesitaba entender mis propios sentimientos.
Pero, ve, ese martes descubrí que había algo que definitivamente me sacaba de quicio: verlo demasiado cerquita de otra pelada.
Todo comenzó por la tarde. Yo estaba en la cocina preparando algo para tomar cuando escuché que Kaleth gritó desde la sala:
—¡Estefi, voy a abrir la puerta! ¡Debe ser mi compañera del colegio!
—¡Bueno, mijo! —le respondí.
Al principio no le presté mucha atención. Kaleth tenía un trabajo grupal del colegio y me había contado que una compañera iba a ir a la casa para que pudieran adelantarlo juntos. Me pareció normal. Eran compañeros, tenían que estudiar y yo no iba a ponerme a desconfiar de una muchachita que venía a hacer deberes.
O eso creía.
—¡Hola! ¿Vos sos Kaleth? —escuché que preguntó una voz femenina.
—El mismo que viste y calza. Pasá, pues.
Me asomé discretamente desde la cocina y vi a la peladita entrando con su mochila y varios cuadernos. Kaleth la recibió con una sonrisa enorme.
Bueno, Estefanía, tampoco es que el muchacho tenga que recibir a todo el mundo con cara de funeral, pensé.
Seguí con mis cosas hasta que decidí llevarles unos jugos a la sala.
—Hola, ¿vos debés ser la compañera de Kaleth? —pregunté amablemente.
—Sí, señora. Mucho gusto. Soy Valentina.
—Mucho gusto, mija. Si necesitan algo, me avisan, ¿bueno?
La muchacha me sonrió y se sentó al lado de Kaleth. Hasta ahí todo bien. El problema comenzó cuando se pusieron a trabajar.
Yo iba y venía de la cocina, y cada vez que pasaba por la sala, Valentina estaba más cerca de él. Que le señalaba algo en el cuaderno, que le mostraba una respuesta en el celular, que se inclinaba para explicarle una parte del trabajo.
¡Ave María, pues!
¿Acaso no había suficiente espacio en ese sofá?
En una de esas, la muchacha apoyó la mano en el brazo de Kaleth mientras le explicaba algo. Yo, que venía con una bandeja, me quedé quieta por un segundo.
Sentí una incomodidad horrible en el pecho.
¿Y a mí qué me pasa? ¿Por qué me estoy poniendo celosa?
Dejé los jugos sobre la mesa y traté de disimular.
—Aquí tienen, muchachos. Para que no se me deshidraten haciendo tanta tarea.
—Gracias, Estefi —dijo Kaleth, mirándome con esa sonrisa suya.
Yo lo miré de vuelta, pero enseguida dirigí la atención hacia Valentina.
—¿Y cómo les va con el trabajo?
—Bien, señora. Kaleth es muy divertido —respondió ella—. Además, explica chévere.
—Ah, sí, él es muy conversador —contesté, intentando sonar indiferente.
Kaleth soltó una risita.
—¿Conversador? Mi reina, usted sabe que yo soy un hombre de pocas palabras.
Casi me atraganto con el aire.
—¡Ay, Kaleth, no me hagás reír! Vos hablás hasta por los codos.
Valentina se rio y él también. Yo me di media vuelta y regresé a la cocina antes de que se me notara demasiado la cara.
No podía creerlo. ¡Estaba celosa de una compañera que había venido a hacer un trabajo grupal! La pobre pelada no estaba haciendo nada malo. Era amable, estaba estudiando y seguramente ni siquiera sabía lo que Kaleth sentía por mí.
La única que tenía un enredo en la cabeza era yo.
Después de un rato, escuché que Valentina se despidió. Kaleth la acompañó hasta la puerta y, cuando regresó, apareció en la cocina con una sonrisa sospechosa.
—¿Qué pasó, mi reina? ¿Por qué está tan seria?
—No estoy seria.
—Ajá. ¿Y entonces por qué tiene esa cara?
—¿Cuál cara, Kaleth? Dejá de molestar y andá a guardar tus cuadernos.
Él se apoyó en el marco de la puerta.
—¿Será que está celosa?
Lo miré inmediatamente.
—¡¿Celosa yo?! ¡No seas ridículo, muchacho!
—Bueno, pues, tranquila. Yo solamente preguntaba.
—Entonces dejá de preguntar bobadas.
Kaleth se rio bajito.
—Está bien, mi reina. Pero para que sepa, la que me gusta es usted.
Y se fue antes de que pudiera responderle.
Me quedé sola en la cocina, con el corazón acelerado y una rabia conmigo misma que no sabía dónde meter.
Porque lo peor no era que Valentina se hubiera acercado a Kaleth.
Lo peor era que, por primera vez, me estaba preguntando si de verdad quería que él dejara de mirarme como la mujer de sus sueños… o si una parte de mí ya se estaba acostumbrando demasiado a serlo.