Cuando la envidia habla
En un mundo donde las emociones no solo se sienten… también pueden escucharse.
Los sentimientos son capaces de transformarse en ondas de sonido que revelan lo que el corazón intenta ocultar. La felicidad puede iluminar, la tristeza puede quebrar, pero existe una voz mucho más peligrosa: la envidia.
Nacida de los pensamientos más oscuros, la envidia puede convertirse en un arma capaz de destruir sueños, romper vínculos y convertir la confianza en una traición inesperada.
Porque cuanto más cerca dejas a alguien, más profundo puede llegar la herida.
Pero… ¿qué ocurre cuando la envidia deja de ser solo una emoción y comienza a hablar por sí misma?
En un mundo donde los sentimientos tienen voz, descubrirás que el peor enemigo no siempre está frente a ti. A veces vive dentro de aquellos que dicen quererte… y otras veces, dentro de tu propio corazón.
Una historia sobre la ambición, los secretos, las heridas invisibles y la emoción más peligrosa de todas:
la envidia
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Capitulo 7 — Observando desde la grieta
"Las grietas no aparecen de un día para otro... solo llega el momento en que dejan de esconderse."
La envidia nunca buscaba corazones perfectos.
No existían.
Todos tenían alguna grieta.
Algunos la ocultaban detrás de una sonrisa.
Otros detrás del silencio.
Y unos cuantos aprendían a vivir fingiendo que jamás había estado allí.
La envidia observaba.
Siempre desde la distancia.
No irrumpía.
Esperaba.
Porque sabía que una grieta ignorada terminaba haciéndose más grande por sí sola.
Aquella noche, el mundo parecía tranquilo.
Miles de personas dormían.
Pero las emociones jamás descansaban.
La Esperanza recorría los corazones más cansados,
recordándoles que un mal día no era una mala vida.
La Alegría intentaba conservar los recuerdos felices.
La Tristeza abrazaba a quienes necesitaban llorar.
Solo la Envidia permanecía inmóvil.
No buscaba el corazón más fuerte.
Buscaba el más frágil.
Entonces lo encontró.
No era alguien lleno de odio.
Ni de rencor.
Solo alguien que llevaba demasiado tiempo sintiéndose insuficiente.
La Envidia sonrió.
—Por fin...
No se acercó.
Se quedó observando desde la grieta.
Los pensamientos comenzaron a repetirse.
"Nunca soy suficiente."
"Siempre hay alguien mejor que yo."
"Da igual cuánto me esfuerce."
Aquellas frases no pertenecían a la Envidia.
Ya estaban allí.
Ella únicamente las escuchó.
Y comprendió que no necesitaba inventar nada.
Solo debía hacerlas un poco más fuertes.
—Tal vez tengan razón... —susurró.
El corazón tembló.
La voz era tan parecida a sus propios pensamientos que resultaba imposible distinguir la diferencia.
La Esperanza apareció de inmediato.
—No le creas.
Has recorrido un largo camino.
La Envidia no discutió.
Simplemente caminó alrededor de aquella grieta.
—¿Un largo camino?
Entonces...
¿Por qué sigues sintiéndote tan vacío?
El silencio respondió.
La baja autoestima era una puerta que casi nunca se abría de golpe.
Se desgastaba lentamente.
Con comparaciones.
Con críticas.
Con palabras que permanecían años después de haber sido pronunciadas.
Y una vez abierta...
La Envidia entraba sin pedir permiso.
—No necesito convencerte de que los demás son mejores.
Eso ya lo haces tú.
Solo voy a preguntarte algo...
¿Por qué seguir intentándolo?
Aquellas palabras fueron diferentes.
Más profundas.
Más frías.
Por primera vez, la Esperanza retrocedió un paso.
No porque fuera débil.
Sino porque comprendió que estaba luchando contra una voz
que ya se parecía demasiado a la del propio corazón.
La Envidia cerró los ojos.
Podía escuchar miles de pensamientos iguales.
En distintos lugares.
En diferentes edades.
Con historias completamente distintas.
Pero todos repetían la misma idea.
"No soy suficiente."
Aquella frase era su refugio favorito.
Porque quien deja de creer en sí mismo...
Comienza a mirar únicamente la vida de los demás.
Y cuando eso ocurre...
Las comparaciones dejan de ser ocasionales.
Se convierten en una forma de vivir.
—¿Sabes por qué nunca corro? —preguntó la Envidia.
Las demás emociones guardaron silencio.
—Porque las grietas trabajan por mí.
Cada inseguridad.
Cada rechazo.
Cada fracaso.
Cada palabra hiriente.
Todos ellos preparan el camino antes de mi llegada.
Yo solo entro...
Cuando la puerta ya está abierta.
El corazón intentó resistirse.
Recordó momentos felices.
Personas que habían creído en él.
Sueños que alguna vez parecían posibles.
Pero las dudas comenzaron a cubrir esos recuerdos como una niebla.
La Envidia apenas tuvo que susurrar.
—Ellos avanzan.
Tú sigues aquí.
La comparación hizo el resto.
Y la grieta volvió a crecer.
La Esperanza levantó la mirada por última vez.
—Mientras exista una pequeña luz...
Todavía no has ganado.
La Envidia sonrió con una calma inquietante.
No parecía preocupada.
Ni siquiera respondió de inmediato.
Observó aquella diminuta luz resistiendo en medio de la oscuridad.
Después habló.
—No vine a apagarla.
Eso sería demasiado fácil.
Prefiero algo mucho más interesante.
Haré que dude de sí misma.
Porque cuando una luz comienza a preguntarse si realmente merece brillar...
La oscuridad ya no necesita vencerla.
Ella sola empieza a desaparecer.
Y desde la grieta...
La Envidia continuó observando.
Esperando el instante perfecto para dar el siguiente paso.
Porque las heridas más peligrosas no siempre sangran.
A veces...
Solo aprenden a creer que nunca podrán sanar.